Los ‘ecolobrones’

No es una especie nueva, no. Son los mismos. Rabilargos urbanos, perroflautas, grifotas y marihuaneros de maceta y finde en casa de papá. Los mismos de la hojita de maría tatuada en la oreja, o las mismas de la floritura tatuada en ese lugar mágico donde la espalda empieza a llamarse culo.

Son esa casta especial a la que los politicastros de turno les temen como a una vara verde, porque no son nadie ni representan nada, vociferan contra todo y por sí solos únicamente son una mierda. El problema reside en que toda mierda procede de un culo, y este tipo de gentuza son obra de culos bien asentados en sillones de diseño. Muchos de sus progenitores lucen con orgullo varios títulos y son gente que incluso con Franco vivieron mejor. Son esos hijos de puta madre que no respetan nadan, que arrasan con todo y que se creen con derecho a destrozar hasta los más sagrado porque saben que no sólo no serán perseguidos, sino que si los pescan se reirán de todos porque si no es papá, será el tito y si no el abuelito el que les quitará la multa, cuando no la condena. Ya conocen bien aquello de «Manolo, que han pillado al niño en un control de alcoholemia, ya sabes, culpa de las malas juntas. Él nunca se mete en nada, pero esta vez le han cogido porque los amigos abusan de lo buena gente que es. Y yo si no fuera por Maritina, le arrancaba el pescuezo pero al fin y al cabo es mi hijo. Oye, qué no me preocupo, ¿no?».Y Manolo hará que el informe se olvide, y por la mañana cuando sean las doce, el niño cogerá la moto que le trajeron los Reyes por no aprobar ni una, y se irá con los otros amiguitos que hayan podido superar la resaca a destrozar el monte, a perturbar la paz de los pobres bichos que estén intentando hacer los nidos, y a arroyar con lo que a su paso salga; eso sí, maldiciendo la caza y los cazadores que son los que hacen daño en el monte.

Se seguirán pasando por el arco del triunfo la legislación de incendios forestales, y disfrutarán haciendo nuevas trochas por las que atravesar la sierra, antes de ir a almorzar al cortijo del tito de Maripituchina, que les ha dejado este finde la piscina. Elegirán sin duda un sitio precioso debajo de una milenaria encina para encender la barbacoa, porque tienen una gran receta para hacer chorizos al infierno.

Se sienten un poco legionarios de la imprudencia, porque no temen a nada. Presumen de su valentía para desafiar la ley, y no saben o no quieren saber que lo suyo nada tiene que ver con el valor, sino con la conciencia de impunidad. El Seprona ya ni se preocupa de ellos. ¿Para qué? Cuántas veces han visto en sus labios la sonrisa que anuncia el saberse respaldado por alguien más poderoso que el que está escribiendo. Presumirán de conocer todo lo escrito por Marx, asegurarán la magnificencia del Che y jurarán que el paraíso es Cuba, y que la culpa de todo la tiene la globalización. Abusan del poder conseguido por otros, bien con el esfuerzo o comprado con el dinero fácil de la política, donde en los últimos diez años se ha conseguido más que con el narcotráfico, y con menos riesgo.
Si alguno en un ataque de raciocinio protesta por el fuego hecho en el sitio inadecuado, le contestarán: «¡que lo apague la UME, que para eso la pagamos!». Presumen, por cierto, de pagar cuando nunca han cotizado, y no alcanzan a entender que sólo son mierdas. Eso sí, procedentes de un culo privilegiado, pero al fin y al cabo un culo.

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