La ética y la estética en la caza (I)

Capítulo I. La estética

Toda actividad humana acaba revistiéndose de formas, de una concreta estética y ritos, muchas veces exagerados, hasta el punto de convertirse en elementos de identificación del verdadero miembro del clan o del simple visitante accidental.

En el lenguaje, el uso de términos muy específicos, que sólo significan algo para los practicantes, es algo normal en cualquier actuación u oficio de los hombres, pero su uso artificioso para reivindicar carnet de pertenencia es algo estúpido, por pretencioso y casi siempre cursi. Por desgracia ocurre más de lo deseable y, yo personalmente, he sufrido varias veces el martirio de tener que escuchar una conversación sobre una actividad que me importaba tres bledos, en la que uno de los intervinientes (sobre todo si le conocías de antes y te consta que hasta hace poco esa no era su afición) se esfuerza en sacar de la bolsa todos los tecnicismos que tiene a su alcance, sólo para demostrar que ‘ya está en la pomada’.

Algo parecido ocurre con la estética visual de esas actividades. La utilidad, comodidad o preferencias, ya marcan un estilo natural, tanto en los pastores como en los jugadores de pádel o golf. Si a ello le sumamos el efecto de la dinámica imitadora de las masas, es decir, las modas, llega a ocurrir que en actividades lúdicas se pueda identificar el año aproximado en el que una persona participó por última vez, su continuidad o asiduidad en esa concreta actividad.

Si la práctica de la actividad, además, implica un determinado desembolso económico, ya es el acabose.

No pretendo criticar a quienes gustan de ir “guapos” por la vida, porque lo harán igual para ir a la oficina, que para ir al cine, que a la playa, que de caza. Lo que no soporto es el disfraz, aunque reconozco que yo mismo he podido caer en él, aunque en mi caso más por una obsesión por la tradición que por la ‘guapura’.

Tampoco soporto a los que desde fuera critican toda estética que se separe de la ‘normalidad’, sin comprender que muchos de esos pequeños detalles diferenciadores responden a una utilidad o necesidad, como puede ser la ubicación de un fuelle o apertura en una chaqueta.

Particularmente creo que la actividad no debe cambiar al hombre, y si lo hace, ya entramos en el artificio. Me explico; por lógica tiene que haber personas que vistan peor y mejor. Unos sólo preocupados por la corrección y otros por la elegancia. A otros que las modas les disgusten, o que su moda sea la antimoda (paradojas de la contradicción humana).

¿Y tú qué opinas o aconsejas en estas líneas?, dirá a estas alturas quien lo esté leyendo.

Yo no voy a abogar por una mayor o menor preocupación por la estética, sino por la normalidad y por el orgullo. Orgullo, porque cada uno viste como le sale de las narices. Ahora va a resultar que se puede ir por la calle con una cresta india teñida de verde y va a haber que esconderse por sacar una chaqueta de twed de estética country man; hasta ahí podíamos llegar. Normalidad, porque me parece ridículo que los criterios, las preferencias, las prioridades estéticas, sean unas en la caza y otras muy diferentes en la vida normal. Ojo, que no estoy hablando de vestir parecido en el monte y en la oficina, sino en criterios; me resulta incomprensible ver a quien viste como un Adán en la oficina y va como un príncipe al monte ¡que los hay …..! Porque sólo hay un pecado mayor que ser un cursi; serlo sólo y exclusivamente en una parte de tu vida.

Pido respeto para el cursi y pedante ‘generalista’, que cada uno es como es (aunque a veces haya que hacer un esfuerzo para soportarlos). Pero con los que me niego a perder un minuto de mi vida es con los cursis y pedantes ‘especializados’.

Por Antonio Conde Bajén

 

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