El regalo de la Diosa…

Han pasado dos años ya de aquella montería en Urbión, una de las más especiales que recuerdo. Viajamos con la Recova a los bellos parajes de la sierra de Soria, en San Pedro Manrique, para participar en las batidas que nos habían tocado en los sorteos de la reserva. Yo iba a ser, esta vez, una mera espectadora acompañando a puesto a mi marido, ya que no conseguí cupo pues, por motivos de trabajo, cuando supe que podía disponer del día, ya tenía que haber sido enviada la documentación. Sin rifle esta vez, pero ilusionada por todas las emociones que prometía la jornada.

 Bellos bosques, hermosas e impresionantes montañas que nos hablan de nuestra pequeñez de simples seres humanos. Sol y frío seco, viento ligero… todo hablaba de magia también, la magia que acompaña a la caza y que sólo es perceptible por las sensibilidades más agudas y despiertas.

Mi esposo cumplía años ese día, debió ser por ello que todos los hados y la diosa de la fortuna se pusieron de su parte…la caza tiene mucho de suerte y de capricho.

Confieso que estuve más habladora y ruidosa que de costumbre y mi marido me amonestaba por ello, aún así y todo no dejamos de ver animales en toda la mañana… Primero casi me atropellan un grupo de un corzo y dos corzas que se pasearon por delante nuestra curiosos, como si tal cosa, como si supiesen que “el asunto” no iba con ellos. Algo más tarde…la primera cierva, hermosa, altiva, imponente, nos sorprendió en una rápida carrera que fue segada por un disparo único y certero. Luego un enorme jabalí que tampoco alcanzó la otra orilla del cortadero. Al poco…un ciervo asomaba y tampoco pudo seguir su camino de huida… Y más ciervas…y otra…y otra cierva…Yo estaba impresionada e incrédula, como en un sueño fantástico, acostumbrada a la frugalidad de piezas de nuestros montes gallegos, aquello no me parecía posible. Estaba tan absorta que ni siquiera fui consciente de haber escuchado más disparos que los de mi esposo…pocos, en relación a las piezas abatidas, pero certeros. La última cierva había atravesado el camino y se había internado en el bosque, le hice una seña a mi compañero indicándole que iba a pistearla y así lo hice, cuchillo en mano y con el corazón acelerado. Me fui internando entre los abetos y los arbustos del monte que se estaba batiendo a nuestra espalda…fue entonces cuando los avisté, o mejor dicho adiviné…a unos doscientos metros, en un claro, un montón de sombras grises y oscuras moviéndose sigilosas e inquietas, más de quince…Se me aceleró el corazón de nuevo, sobrecogida, regresé al puesto a toda velocidad intentado que los latidos de mi pecho no alertarán a los animales. – Ahí abajo hay una piara de jabalíes, muchísimos, enormes, jamás había visto algo así, creo que vienen hacia aquí… de la cierva ni rastro.

Volvimos juntos al lugar que yo había descrito, una vez se dio la señal de recogida de las armadas, esta vez más despacio, nos acercamos más…pude entonces reconocer mi gran error…¡buitres leonados! ¡decenas de ellos! ¡Dándose un verdadero festín con la cierva, de la que no dejaron ni los huesos! Me estremecí completamente, no daba crédito a tanta majestuosidad, la vida y la muerte abriéndose paso en la naturaleza más desnuda.

Hablé con mi marido, – Hoy han caído muchos, la guardería estará contenta con el descaste… Es más que suficiente: un ciervo, tres ciervas y un jabalí…pero…¿cuántos animales han caído hoy? ¡Son demasiados!.

Asintió con la cabeza y sonrió,- Tienes razón ya esta bien por hoy.

Cuando volvíamos de recogida hacia la junta de carnes imaginaba un montón de piezas abatidas…pero lo curioso de todo…es que me equivocaba de lleno, en el resto de puestos de la montería apenas hubo unos veinte disparos…la mayoría de las piezas habían salido por el nuestro, todas por el mismo lugar…un puesto que no tenía porque ser especialmente querencioso, ni mostraba más zonas de paso, ni tenía mejor visibilidad…La diosa Diana te sonrió ese día y te hizo el regalo que sabía que más ilusión podía hacerte…a ti…y a mi también. ¡Feliz cumpleaños!

Angeles Marcos

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