Malestudia y el nutro

Ahí va el tío, con sus briches de cuero de pene de alce. Emperifollado. Si entre semana es un corbatillas de la bolsa, los días que toca descanso y caza es igual de corbatillas, pero un poco más bucólico. El muchacho, para que entiendan, es tonto hasta decir basta. Pero elegante, eso sí. Que esa manta no se la quite nadie.

 

Aquella mañana llegó mi hombre con un perrillo aculebrao, cruzado en rata acuática; de marca teckel con fabuloso palmarés y pedigrí. Y se aseguró de que todos los presentes supieran el manojo de duros que había costado el chucho. El día, como los buenos otoños, trajo poco frío de aurora y agua durante la noche. El campo estaba calado y la jornada nubosa. Era un día de esos que los perros laten bien y hasta apetece echar una lumbre en el puesto. Pero nada de esto importa, porque el lamechochos del pijeras iba a dar la nota sí o sí. Con su cascabel y su curiosidad de perro pijo. Como el amo.

El caso es que uno de los asistentes, don Miguel, había traído consigo a un guarda que tiene su finca gaditana al cuidado de los pájaros. Y aquel buen hombre se iba a casar en unos días y, como regalo de boda, quería cumplir la mayor ilusión de su vida, que era ir a una montería con su señorito, ya que los venados y los puercos son para él como hablarle de glaciares a uno de Mazarrón. Total, que allí que se llevó don Miguel a Salustiano Gallego, aunque todos le dicen Malestudia.

Malestudia es como cualquiera se lo pueda imaginar: menudo en talla, delgado, fibroso, mellado de siete dientes, noble, con no mucha picardía para la vida, pero con todas las sabidas y habidas en el campo. Malestudia es uno de esos guardas viejos que tiene treinta y pocos años. Y su sueño es estar en una montería. Y don Miguel, con todo el cariño, le ha convidado a que venga a ésta y, por si procede, le ha dicho que eche la escopeta del 16, que algún portillo puede quedarse libre… Cual niño pequeño, Salus anda nervioso junto al tronco de encina en el que han preparado la enorme candela para hacer las migas… Y sin que nadie le diga nada, de vez en cuando, el guarda suelta un pequeño alarido, que imita a un lobillo que aúlla, y nadie sabe qué carajos balbucea…

Don Miguel va a una ristra de peñones que cierran la mancha. El dueño de la finca le ha dejado esta postura para que su acompañante pueda ocupar un portillo y disparar sobre lo que quiera. Don Miguel tiene amigos hasta en el infierno y una petición suya es un deseo concedido. Y vengan bombas.

Total, que llegan al Peñón del Tejonero y don Miguel indica a Malestudia que se quede ahí con la escopeta preparada y que tire lo que vea, sea cervuno, gorrino o lo que sea. Tienen la venia del dueño de la finca y hoy, por su regalo de boda, Salus puede disparar lo que se le antoje. Y, como colofón, don Miguel le ha traído un puñado de balas de la escopeta para que su guarda y amigo las tire. Qué ilusión llevaba el chaval en lo alto. Don Miguel le advirtió que él se colocaría más adelante, a la vuelta del viso, para su conocimiento. 

—Suerte, Salus. Y no te muevas de aquí hasta que te recoja.

—¡Qué Dios le proteja toa la vía, don Migué! Más felí estoy que un zagal con una plomera y un charco ranas…

Pasa la montería. La cosa no ha estado muy animada. Pero don Miguel ha sentido tirar a su vecino en un par de ocasiones casi seguidas. Total, que cuando aquello estaba finiquitado, don Miguel se llega a la postura de Malestudia y le pregunta por su suerte:

—¿Qué fue?

Pos mire usté, ahí mismo he apiolao un cervatano. –Dijo el joven loco de contento.

Don Miguel pudo ver a un venadete de poca clase a escasos metros del puesto, admirando la paciencia y sangre fría del cazador que lo dejó cumplir. En esas estaba el señor, mirando el venadete, cuando coge Malestudia y, pasando del venado un par de metros, se agacha y, levantándose del suelo, suelta:

—Y tras de él venía este condenao a comerse los solomillos del cervato. Hasta lo bichos estos abundan aquí… La mae que parió a los nutros

Y de la mano agrietada de Salus, alias Malestudia, colgaba el flamante trofeo de un perro teckel que, por el agua y el trapío, nuestro amigo sentenció de un balazo aquella mañana.

Don Miguel, absorto, le miró ojiplático y, antes de que soltara nada, respondió el gaditano:

—¡Si es que en estas tierras los sueltan hasta anillaos! ¡Mire usté la correa! ¡Su puta mare y la del forestal que lo parió!            

No sigo, pero sí termino… A día de hoy, el pijeras sigue pensando que Cuco, de rancio abolengo canino, si no llega a extraviarse en la sierra, habría sido el mejor semental de su estirpe… Ahí lo llevan.

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