Nuestras razas caninas

Muchos no entendemos la caza sin el concurso de los perros, sin ellos nos falta la esencia, el estímulo y la gratificación del fiel compañero. Hace algunas jornadas se celebró en Valladolid el II Curso de Capitán de Montería; dentro de las ponencias tuve el privilegio de desarrollar el apasionante mundo de la Rehala, historia, ética y tradición, en el marco incomparable de la montería española. 

 Ser cazador y amante de la cinofilia es un motivo de triple satisfacción y resulta gratificante comprobar la necesidad  de conocimientos que manifiestan los asistentes con todo lo relacionado con el mundo del perro, lo que a cualquier ponente le obliga a investigar ciertas razas como las nuestras, tan carentes siempre de bibliografía, estudios y falta de datos que nos hablen de siglos pasados, en entornos terribles, donde el hambre, la guerra y las enfermedades diezmaban una y otra vez las poblaciones humanas y sólo los auxiliares caninos más valiosos e imprescindibles tenían opciones de ver amanecer un nuevo día.

 

Todo lo que sabemos del perro y sus razas son creencias basadas en textos antiguos, con pocos documentos gráficos y pequeños dibujos donde no se idealiza ni al hombre ni al perro, tan sólo importaba el cometido del trabajo del hombre con sus canes; por eso ni afirmo que nuestros perros de caza proceden de dos troncos muy diferentes: molosos y podencos.

 

La formación de estos troncos ibéricos taxonómicamente diferentes, pero tan racialmente evolucionados en la exigencia del trabajo, que no hemos sabido valorar mínimamente en sus cometidos en su grandeza de estirpe, dejando en mal lugar la necesaria gratitud debida de un pueblo, más dado a admirar razas foráneas que las propias de troncos más antiguos y puede que más rústicas, pero con una innegable capacidad demostrada en todas las tareas encomendadas. 

 

Molosos, mastines, pero también alanos. Ambos son perros, que proceden de los antiguos grandes canes utilizados en la guerra y en la caza, ya mencionados en amarillentos pergaminos por los biógrafos de Alejandro Magno, porque su tío (también Alejandro), rey de Molosia (actual Albania), tenía los mejores y le regaló la famosa Perdita, perra de presa que caminaba a los pies de su afamado Bucéfalo.  

 

Aunque creo que este tipo de perros proviene de Asia, con las diferentes migraciones de pastores recolectores que, siguiendo rutas de este a oeste, acompañaban al ganado, perros ganaderos, grandes, potentes, capaces de defender el rebaño de lobos y leones. El dogo, que como nombre es un neologismo antiguo (de dog, en inglés), no puede ser más que un alano modificado. 

 

Alanos, mastines, lebreles, podencos, sabuesos con todas sus variedades y diferencias taxonómicas y geográficas, son el verdadero tesoro de la caza; si no sabemos conservarlo habremos fracasado en la conservación de una gran herencia recibida, dilapidada diría yo, como aquellos que no aprecian lo recibido sin costo ni esfuerzo alguno. En este caso, la excesiva desidia y falta de conocimientos en la cría y selección de nuestras razas, el deslumbramiento de razas y modas foráneas, los cruces indiscriminados, causa del bastardeo proclive a la extinción y los beneficios que se le suponen a aquellos animales en primera generación con cruzamientos diferentes, obteniendo ejemplares, como diría el castizo cazallos, nos hace ser cada vez más pesimista en el futuro de nuestras razas. Si alguien en este país hubiera dado con la tecla de la excelencia canina, los cruzados ya estarían en los altares, aunque mucho me temo que los mestizos en esto de las razas ibéricas duran lo que dure el criador acreditado y en boca de acólitos con obligados vasallajes a su señor, siendo éste siempre proclive a «lo  suyo siempre es lo mejor».

Nunca agradeceremos lo suficiente a aquellos extraordinarios y pocos hombres afanados en una titánica lucha contra reloj, para rescatar del olvido y la extinción, en los más recónditos lugares de nuestro suelo, a nuestras más emblemáticas razas, a los últimos de sus estirpes… Alanos, excepcionales en el agarre del ganado y feroces con los enemigos, inteligentes y olvidados frente a los dogos y bóxer,  ¿más eficaces…? A los últimos mesetarios ágiles y resistentes galgos españoles, cansados del bastardeo con los greyhounds ingleses, musculados y rápidos. Nuestros lebreles  alóctonos, que se seleccionaron en la meseta castellana, al lado de los primeros colonos ocupando el desierto del Duero. A los que hoy en día trabajan enamorados de las historias mesteñas, acogiendo a los eficaces, inteligentes, careas castellanos, leoneses o manchegos, olvidados por la desaparición de la ganadería y  sustituidos por perros pastores con acentos dispares.

Del vital y orgulloso podenco, repartido por la cuenca del Mediterráneo en cientos de tipos, grandes, pequeños, manetos, pelo largo, duro… modificados por siglos de aislamiento y caprichos, confundido por tantos como perro del pobre, del furtivo,  eficaz en la caza a diente y en nuestras tradicionales rehalas, ninguno se merece el destino de mezclar su carga genética con lo que se dicte y se tenga más a mano, preocupados por lo diferente y único en las mezclas inverosímiles con perros extranjeros con otras utilidades y diferentes formas de uso… Sabuesos perdidos en la historia, compañeros de los hombres libres, la música del clérigo y la dicha del campesino, del noble y el gentil, un perro a una nariz pegado, con extraordinaria resistencia para forzar a las presas salvajes y esquivas, desde el oso a la liebre a vuelta, venerado en tantos lugares con tradición cinegética. 

De nuestro más fiel guardián, el poderoso mastín, perro ganadero y guerrero con diferentes tipos, pero con la misma utilidad en el trabajo, seleccionado como perro ganadero diversificado en varias razas, todas muy similares y con tan curiosa distribución geográfica como la que sigue a la expansión de los imperios, con actuales y estudiosos criadores expertos en  cambiar el carácter al todopoderoso señor de los puertos de montaña y convertirle en abúlico perro de salón, exhibición y paseo, niñera de caprichos y apetencias de una moderna sociedad que obtiene del perro una sumisa aceptación de tantas frustraciones, personales y sociales y a las cuales ellos no se pueden negar.

Cuánto ganaríamos en este país si en las facultades veterinarias investigaran y difundieran todo el legado que han recibido a lo largo de la historia en tratados de hipiatras o albéitares… y que es de nobleza obligada trasmitir a las nuevas generaciones.

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