Pluma invitada: ‘Érase una vez…’

caparucita y el cazador

Así comienzan los cuentos que durante generaciones se han transmitido de padres o abuelos a los niños, no sólo para entretenerles, sino para transmitirles una serie de valores que, en la mayoría de los casos, finalizaban con las clásicas moralejas. Este verano, en el desempeño de mi nueva función de abuelo, me ha tocado refrescar los cuentos clásicos de mi infancia porque, sorpresivamente, mi nieta en lugar de pedirme los dibujos animados me dijo: “Abuelo, cuéntame un cuento”.De esta forma he pasado las tardes de verano con Caperucita, los tres cerditos, los cabritillos, el patito feo, etc., repetidos hasta la saciedad, porque en cada repetición había que introducir nuevas variantes, aumentando la maldad del lobo feroz y la inocencia de sus víctimas, fuesen caperucitas, cerditos o cabritillos, todo ello hasta que, una tarde, mi nieta en su inocencia me dijo, después de acabásemos de tirar al lobo feroz a un pozo: “Abuelo, menos mal que estaban los cazadores, porque, si no, qué pena tendría la mamá de Caperucita”.

Horrorizado me di cuenta de que los valores que estaba inculcando a mi nieta, los mismos que se han transmitido a los niños durante generaciones, iban a chocar frontalmente con las enseñanzas e información que, a partir de su próxima incorporación al colegio y a la visualización de las películas de dibujos animados, iba a empezar a recibir. Cómo explicarla que los mismos cazadores que salvan a Caperucita, a los tres cerditos y a tantos personajes de nuestros cuentos iban a ser capaces de matar a la madre de Bambi, al padre de Dumbo, al Rey León y a todos los que se pusieran por delante.

Pude explicárselo aprovechándome de la idolatría de los nietos con los abuelos, explicándola que los cuernos que decoran mi casa son de “bichos” que había que cazar para defender a los cerditos y cabritillos; las caperucitas hoy se defienden solas.

Esta situación me hizo reflexionar sobre la circunstancia que tanto comentamos entre nosotros, de que cómo puede ser posible que una de las sociedades de Europa occidental que más ha tardado en abandonar de manera mayoritaria el entorno rural, antes haya abandonado sus costumbres y denoste con mayor virulencia las prácticas ancestrales, abrazando, como si se tratara de una nueva religión, los dogmas y sofismas animalistas, cuyo único fin no es el bienestar animal, sino el imponer su visión de como debería ser la naturaleza.

Creo que parte de esta transformación de la manera de pensar estriba en esa información que, vía dibujos animados y muchos reportajes de la TV2, reciben los niños, y adultos, en los que se atribuyen a los animales sentimientos humanos, se les ponen nombres, las hembras ya no se preñan ni paren, sino que se embarazan y dan a luz, y se censuran las imágenes más crueles, y naturales, para no herir la sensibilidad del espectador.

Sin la contrapartida de los cuentos en los que los cazadores eran los salvadores, absolutamente toda la información que recibe un niño en una ciudad presenta una naturaleza tan idílica que es normal que miren con aversión a unos cazadores que, en su afán de matar, la perturban. Esa idealización de la naturaleza termina haciendo pensar que los animales son unos seres que viven de manera idílica en sitios cuyo fin es salir por las tardes en la televisión. Esto conlleva un grave peligro y es que se hace caso omiso de la señalización en las carreteras avisando de animales sueltos, pero como los animales sólo salen en la TV2, se terminan estrellando contra ellos. Vivo en un pequeño pueblo en zona de pinares con buena señalización y, no obstante, múltiples accidentes con corzos y jabalíes, y la expresión más generalizada después de un accidente suele ser: “Pero, ¡cómo es posible que haya estos animales por aquí!”.

Por Carlos Barrena García

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