Panorama montero

Ardales, emotivo regreso a una maravillosa montería

Ardales montería
Despierta la mañana en Ardales.

Ardales años 70, siglo XX

Era una mañana como otra cualquiera de diciembre, con la niebla acomodada en la raña del recién nacido Algodor, en lo profundo del valle. Niebla muy espesa.

Se sorteó, porque el libro de probabilidades decía que aquello iba a levantar, era lo suyo. Esta vez le saqué a mi padre un puesto en la armada del Sopié, no recuerdo el número.

Cuando la niebla se escapó, más que levantarse, y había luz suficiente para cazar con seguridad, mi añorado padre, Adolfo ‘Cantoblanco’ Sanz, saldó los lances del puesto con cuatro venados grandes, dos de catorce puntas, uno de trece y otro de doce…

De la época había dos bronces, que uno lo sigue siendo con la fórmula y baremos actuales, aunque mi padre nunca quiso homologarlos oficialmente.

El cronista había cumplido unos días antes diez años, y aún hoy revivo perfectamente las carreras de los dos venados que entraron chorreados y de la collera.

Quizá hoy pudiera ser un magnífico puesto de abierto, ‘sin más’, pero en 1971 fue algo que revolucionó los mentideros de la caza en un coto que posiblemente unos meses antes era terreno libre.

Años más tarde, siendo ya mozo, en un gancho más que montería, saqué el mismo puesto. ¡Cuánta emoción! Y más cuando tuve la fortuna de cobrar un venado con una carrera muy similar al grande que cazó mi padre en el 71.

CRÓNICA

Ardales montería

Raúl Guzmán escoltado por Gonzalo Palomo padre e hijo.

Los Yébenes, el paraíso del cazador

Entienden por qué la mañana del 30 de enero de 2022 llegué con un nudo en la garganta a la casa de Ardales, apenas a un cuarto de hora de Los Yébenes.

Fresca aunque espléndida mañana. Tiene que llover.

Raúl Guzmán me insistió –bendita insistencia– para que fuera, él, como yo, echó los dientes de caza en estas sierras, montes, pedrizas y rañas, y como es muy amigo de los actuales arrendatarios, se prestó para asesorar en lo cinegético en la organización de esta montería cochinera con aroma a gancho.

¡Qué mejor asesor!

«Hay muchos pero que muchos guarros, Adolfo, pero sobre todo sé lo que supone para ti volver a Ardales».

Mis reticencias eran solo por el cansancio acumulado por tanto trajín. Cansancio que suplió la ilusión al levantarme para volver a montear en ‘Los Yébenes, el paraíso del cazador’, que rezaba un antiguo eslogan que tuvo hasta pegatina, y que a mi modo de entender aún está perfectamente vigente.

Un placer saludar a los Gonzalo Palomo, padre e hijo, charla animada mientras dábamos cuenta de unas migas ricas, ricas, ricas… como todo lo que hacen en salones León.

José Luis García, Gonzalo y Raúl durante su fabulosa alocución.

El lucimiento de Raúl Guzmán en Ardales

Previo al sorteo. Además de Raúl, José Luis García asesoraba a los arrendatarios en la logística montera. Los dos en la mesa de sorteo, cada cual con su función.

Se unió al binomio Gonzalo Palomo júnior al que esta vez le tocó rezar la Salve Montera.

Tomó la palabra don César Raúl Guzmán López-Ocón, qué orador, qué expresividad, qué montero cuando lo tenía que ser, qué rotundo cuando trataba sobre seguridad o lo que se podía tirar o no…

No se pierdan esta preciosidad: «queda prohibido disparar a contramano o ‘de venite’ en los puestos de cortadero».

Reincidió el amigo en ello, «no se tira nunca a contramano, bajo ningún concepto, en los cortaderos».

Qué detalle y qué bonita la descripción que hizo de este El Panderón de Ardales, algo menos de la mitad oriental de la parte sierra –casi toda en exposición de umbría– de la finca.

Del barranco de las Victorias a la raya de Santo Tomé.

Por la estrategia a seguir y para los cochinos El Panderón se puede considerar una mancha abierta.

Se sorteó por armadas, y o bien Raúl o bien José Luis, según esos puestos los hubieran armado uno o el otro, daban indicaciones específicas sobre la armada, los tiraderos…

Y sorteó todo el mundo, arrendatarios y propiedad incluidos.

Ardales montería
Una ventana con vistas desde el 4 del Camino del Paredón.

Camino del Panderón

Poco a poco iban saliendo las armadas por orden exacto con el postor presente en la mesa: Las Victorias, Sopié, Santo Tomé, Cuerda, Camino del Panderón y La Pandereta.

Se cerró la mancha con treinta y seis puestos y se monteó con ocho rehalas escogidas.

Por razones obvias, los Gonzalos y yo queríamos ir al Sopié, aunque aquel maravilloso puesto del 71 está en la otra parte de la sierra, en Media Luna, ¡atención a la montería en esta mancha el próximo 17 de febrero!

Pero la suerte no quiso que fuera así, ellos partieron rumbo de la Cuerda, y yo a la siguiente armada, ya de traviesa, al cuatro del Camino del Panderón, en el corazón de la mancha.

José Luis recalcó que en esta traviesa no se podía tirar bajo ningún concepto al camino por seguridad.

«Tenéis que cazar de oído, hay mucha pedriza a los dos lados del camino», añadió Raúl.

El bosque encantado.

Un regalo en el corazón de Ardales

Efectivamente, pedriza a ambos lados del camino, pero más bien cerrada, no la típica abierta y de enormes piedras tan característica de la zona y que también hay en Ardales.

Se podía tirar con total seguridad a ambos lados del camino.

El cuatro estaba en el corazón del Panderón, en el corazón de Ardales, era un bosque encantado, con magia.

Entre las grandes piedras surgían los troncos de arbustos e incluso pies de árboles, en mi zona preferentemente madroños.

El musgo cubría el pedregal, la luz de la mañana de invierno con los rayos del sol colándose por los resquicios de la cubierta vegetal, mucho, mucho encanto.

En lo cinegético era un puesto difícil no, dificilísimo, con mucha dificultad para hacer puntería entre los troncos, aunque hacia arriba había una zona algo más abierta.

Sin embargo, es de esos puestos que tienen ángel, reservados para emociones fuertes.

Me pareció más de cervuno que cochinero, y la montería era de jabalíes, aunque se podían tirar venados según una tasa de abate.

La montería ‘explotó’ nada más soltar, tiros sueltos se combinaban con rachas, según los perros iban avanzando con lentitud, algo muy de los cochinos, ya advirtió Raúl que se iba a montear despacio y como era buena hora se acabaría cuando se tuviera que acabar.

Entonces Ardales me regaló el puesto más intenso de mi vida, desde su corazón el mío se aceleraba de continúo, aquello era estrépito tras estrépito.

Las reses rompían el monte y rompían las piedras, un no parar, no había lugar para la calma.

Apunten, por favor, y no cuento lo que vi ya a cierta distancia o fugazmente, solo lo que pasó a tiro aunque fuera a mil por hora, cinco ciervas, nueve venados (cuatro extraordinarios), un corzo muy bueno, siete corzas, un cochino y un zorro.

Ardales montería
Viendo estas corzas se puede comprobar la dificultad del 4 del Camino del Panderón.

Una montería magnífica, gran trabajo de las rehalas

Lo único que era muy difícil tirar, como ya he dicho.

Al cochino, que me pasó por arriba, cruzando en paralelo, solo le veía el lomo por encima de las piedras, ni me plantee tirar.

El zorro fue el único que asomó sin hacer ruido alguno, era precioso con su pelo de invierno y tan grande que ya era caza mayor no menor, le pude echar la puntería cuando cruzó el camino hacia abajo y no le anduvieron lejos los dos impactos cuando zigzagueaba como un rayo. Algo es algo.

Curiosa coincidencia con 1971 lo de los cuatro venados grandes, lo que pasa que estos eran bastante mejores.

Dos iban con otros dos más chicos, el primero era soberbio, y echaba la cuerna para atrás según volaba por la ‘tupida’ pedriza. Ni me encaré el rifle.

Otro se plantó en el camino, como diciendo «sé que aquí no me puedes tirar».

Muy mala suerte con la última collera, rompieron desde arriba por el lado más limpio de la pedriza, el segundo era medalla con seguridad, pero no el mejor que me entró. Sí, esta vez hubiera tenido posibilidad de tirar, pero saltando y con la velocidad que llevaban, soy sincero y casi seguro que no hubiera acertado, saltaron el camino como si nada pero el grande se quedó literalmente colgado en los madroños que tenía por debajo. Espectacular.

Los arrancaron unos punteros que llevaban la mano de vuelta, y esa fue la razón para no tirar, estaban allí las rehalas.

Por cierto, magnífico trabajo de rehaleros y rehalas. Habiendo bastante cervuno, llevaron muchísimos cochinos a los puestos.

La maravillosa letanía montera proseguía. Tiros sueltos, alguna racha, sobre todo si eran disparos de testero.

Sinfonía celestial, con un ritmo muy cochinero como ya he comentado: carreras, ladras, tiros, algún agarre…

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Confirmación del excelente resultado

La dificultad de esta traviesa quedó patente en que todos tiramos, más o menos, y únicamente David Ruiz cobró en el cinco un venado muy bonito, una cochina grande y otro guarro que se le fue.

Era difícil incluso para la máquina de fotos, solo ‘cacé’ dos corzas y de aquella manera. En mi descargo puedo decir que era imposible en esta ocasión atender caza y fotografía, y resulta que estaba de caza.

Bajando a la casa pudimos comprobar que muchos puestos de Santo Tomé y del Sopié habían cobrado cochinos.

Una alegría inmensa me llevé cuando supe que los Gonzalos habían cobrado un venado también muy bonito y un cochino.

El plantel iba subiendo como la espuma mientras disfrutábamos de los aperitivos y el cocido de salones León.

Ardales montería
Detalle de las defensas del gran cochino cazado.

De tal manera que se fue hasta los cincuenta y siete cochinos y tres venados, ¡ahí es nada!

No se tienen en cuenta los cochinos que se quedaron en el monte y se cobraron al día siguiente.

Se cobraron varios navajeros, pero tres especialmente grandes, los tres arochos.

Uno con unas navajas imponentes, largas y gruesas, que le ponían el cartel de ‘medalla de oro’, algo que confirmó la primera medición del taxidermista.

Ardales montería.
Arriba, el navajero de los tres grandes con menores defensas.
Sobre estas líneas, el navajero ‘mediano’, se puede apreciar perfectamente el gran grosor de las navajas.

Otro podría entrar también en el metal.

El jabalí grande lo cobró Jesús Martín.

El doctor Jiménez Mena se hizo con otro buen navajero.

Miguel Perezagua se quedó con un venado y dos cochinos, mientras que Teodoro Alonso cobró cuatro jabalíes.

Varios monteros cobraron dos cochinos, aunque, lógicamente, también los hubo que no tiraron.

Raúl y Ardales

El sol quiso contribuir en un día tan especial firmando un suave, cálido y maravilloso atardecer.

Raúl estaba pletórico, emocionado, él no había cazado, estuvo controlando para que todo saliera bien. Y se emocionó aún más recordando sus inicios en la caza en Ardales, otro nudo en la garganta para despedir el día.

Fue un regreso muy emotivo, impactante, me alegré de corazón, otra vez el corazón, por Raúl, ahora que el suyo parece que está mejor, que además de ser un magnífico orador y un cazador que sabe de caza, escribe como los ángeles.

Como ya he comentado, ¡lo que puede ser la montería en Media Luna el próximo 17 de febrero con su asesoramiento! Similar de cochinos a El Panderón y con más flexibilidad para un cupo de dos venados.

Al igual que por la mañana, se agradecían las candelas, las mismas candelas que nos calentaban bajo la niebla en 1971. Cincuenta años después eso no ha cambiado. No me quería ir.

Crónica y fotografías: Adolfo Sanz Rueda

Ardales montería.
Rubén Pinilla y Raúl con los tres cochinos grandes cobrados.

DATOS DE LA MONTERÍA

Organización: Arrendatarios con el asesoramiento cinegético de Raúl Guzman y logístico de José Luis García

Fecha: 30 de enero de 2022

Finca: Ardales / Finca semicerrada / Mancha: El Panderón

Término: Los Yébenes, Toledo

Puestos: 36 / Jabalíes sin cupo, venados según tasa de abate / Rehalas: 8

Venados: 3

Jabalíes: 57 (3 navajeros grandes, con 1 oro y otro posible medalla)

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