SCI caza y conservación. ¡Un búfalo por una buena causa!

En un safari uno de los mejores momentos es cuando, tras una buena cena, nos juntamos alrededor del fuego del campamento, para tomar una copa y hablar de caza. ¡Cuántas viejas historias de la selva y de los bichos, de cargas de fieras y de trofeos soñados, pasadas en las sabanas, pantanos, ríos, sierras y montañas del continente negro, se contaron y se cuentan alrededor de esta ‘asamblea de cazadores’!

Aquella noche hablábamos del día que finalizaba… no había sido un día de caza, pero había sido un gran día. Una de las razones de este safari era el apoyo a causas sociales del capítulo portugués del Safari Club Internacional.

Por la mañana habíamos entregado a la población local la carne del búfalo que Guillermo había cazado el día anterior.

La caza es vida

El SCI es el mayor club de cazadores del mundo y más allá de defender los derechos de los cazadores, defiende la conservación de la vida salvaje. Se hace extraordinariamente importante implicar a las poblaciones locales en esa tarea, por eso, ellos deben tener su compensación en el retorno de aquello que la vida salvaje genera, sólo así comprenden la importancia de su conservación. Los beneficios que la caza les reporta son el mejor argumento para evitar el furtivismo, y una de esas formas es entregar a las comunidades locales parte de la carne de los animales cazados en su área, otra es, con el dinero generado por la caza, construir infraestructuras que las apoyen.

“El Gobierno de Mozambique también ha visto la caza sostenible como una herramienta de conservación de la naturaleza. La relación con las empresas de safaris, aun no siendo perfecta, es muy buena, sobre todo en la atribución de cuotas”.

El SCI Lusitania Chapter apoya varios proyectos de conservación de vida salvaje en Portugal, Angola y Mozambique. Uno de ellos apoya la construcción de un puesto de salud para la comunidad local de la Coutada 10. Esa misma mañana habíamos ido hasta las ruinas de uno de los campamentos de la antigua Safrique, para hablar a la población sobre esa obra y para entregarles carne de caza. Para aquellas gentes fue una buena noticia y una gran ayuda.

La población nativa celebra que los cazadores les entreguen la carne conseguida en sus lances, y lo demuestran con cantos y bailes.

Su alegría, manifestada de forma tan simple como en una danza tribal o en la sonrisa de los niños, también nos había hecho felices. El día siguiente sería mi turno para ir hasta los pantanos de Marromeu a cazar un búfalo, ¡por una buena causa!

El sentir de la selva

El amanecer es otro momento mágico en la selva. Cuando el manto negro de las tinieblas se cambia por los rosas, rojos y naranjas de la alborada… Es el momento de beber el primer café, tras volver a atizar la hoguera con las brasas que resistieron al frío de la noche. También es el momento de escuchar el último piar del búho y el primer canto del guardarríos y de las gallinas de Guinea, de oír el último canto de los grillos y la primera sinfonía de las cigarras, es el tiempo en que las criaturas y los tufos de la noche den paso a los animales y a los olores del día. La naturaleza se regenera y eso hace que me sienta vivo, tal vez por eso soy casi siempre el primero en despertar en un campamento de caza.

Pero aquella madrugada mis compañeros tampoco tardaron en aparecer, teníamos que ir hasta el pantano y queríamos llegar temprano. Tendríamos que hacer un viaje en jeep de cerca de una hora, hasta al campamento avanzado de Marromeu Safaris donde estaban los argos, los vehículos anfibios con los que nos desplazaríamos por el pantano.

Cuando cacé mi primero búfalo en Marromeu, diez años antes, no imaginaba que alguna vez en la vida me fuera a encontrar aquellos pantanos casi secos. 2016 quedará en la historia de Mozambique, Sudáfrica y Zimbabue, no sólo como un año de sequía extrema, sino como uno de los más secos de los últimos cien años. En algunos parques nacionales de estos países fue una catástrofe ecológica y una auténtica hecatombe para búfalos e hipopótamos. Felizmente, las condiciones naturales en Marromeu son realmente tan favorables que dicha sequía no tuvo estas consecuencias.

¡20.000 búfalos!

Marromeu ya fue el lugar de África con la mayor densidad de búfalos. Hoy está nuevamente muy próximo a esa realidad y el último censo contabilizó más de 20.000. A esto contribuyeron muy bien las cuatro coutadas de esta área que, después de las atrocidades de la guerra civil, hicieron el milagro de recuperar una población de menos de 3.000 búfalos hasta las manadas actuales.

Espectacular resultado de la temporada de búfalos en Marromeu.

El Gobierno de Mozambique también ha visto la caza sostenible como una herramienta de conservación de la naturaleza. La relación con las empresas de safaris, aun no siendo perfecta, es muy buena, sobre todo en la atribución de cuotas. Sólo la Coutada 10 tiene 55 búfalos por temporada, un caso sin igual en África, pero cuando se tiene una población de más de 10.000 búfalos, eso no afecta en nada a la conservación de la especie, muy al contrario, genera riqueza que también sirve para ese fin.

¡Nyati!

Llegamos al campamento del pantano e intercambiamos el jeep por dos argos. Pedro Vitorino iba en uno con un pisteiro, para filmar la cacería, mientras, Licínia, Quinton, Domingos y yo seguíamos en el otro. Sin agua ni limo, nos desplazábamos bastante deprisa y el cielo cubierto nos ahorraba las inclemencias del sol africano, haciendo el paseo bastante agradable.

Cazar un búfalo en Marromeu es una cacería diferente, ya que se lleva a cabo en los pantanos. Más que seguir un rastro, se caza a la vista. Se buscan las manadas a lo lejos subiendo a un árbol, si aún estás próximo a la floresta, o se buscan ‘rastros en el cielo’. Los bandos de garzas volando en la línea del horizonte, significan, casi siempre, una manada de búfalos. Media hora después, aún junto a la orilla que limita el pantano, Domingos trepó a un árbol y exploró el horizonte buscando búfalos o los citados ‘rastros en el cielo’, pero sin grandes resultados.

Continuamos el viaje, metiéndonos cada vez más en el pantano, o mejor, en un inmenso pastizal verde, con hierba y papiros, que se extiende por muchos kilómetros hasta el mar. Llevábamos poco más de una hora de viaje, y la floresta aún estaba en el horizonte a nuestra izquierda, cuando avisté unas manchas negras próximas a la línea de árboles, cada vez más distante. Seguía en la parte trasera del argo con Domingos y le mostré las manchas. Me dijo que probablemente serían sables, pero a aquellas formas les faltaba algo para ser las siluetas elegantes del antílope más bonito del mundo.

Pedí a Quinton que parase y apunté hacia las manchas. Tres pares de prismáticos y la cámara fotográfica de Licínia podrían desvelar el misterio, pensé yo. Pero no hizo falta tanto, un movimiento ondulante de la mancha negra, muy característico de los búfalos, me hizo pronunciar la palabra mágica, ¡nyati! Tenía la certeza: eran tres o cuatro búfalos, la cacería había comenzado…

Piernas y corazón

Cazar búfalos es una de mis grandes pasiones, no sólo por el peligro y por la adrenalina que provoca, sino por ser caza auténtica. En África se dice que se caza el elefante con las piernas y el león con el corazón. Yo pienso que, cuando se cazan búfalos, con los pies en el suelo, son necesarias las piernas y el corazón. De los cinco grandes, el búfalo es el más peligroso para el cazador.

Con más atención, comprobamos que eran tres búfalos grandes, probablemente tres machos que se habían alejado de una manada, tres dagga boys, como son conocidos en otras partes de África. El viento no podía estar peor, soplaba fuerte hacia los búfalos. Aunque estuviéramos a más de dos kilómetros, como estaban muy próximos de la floresta, sospechamos que entrarían en ella.

Sólo había una solución: dejar allí los argos, continuar a pie, paralelos a la línea de árboles durante un buen trecho, y después, ya más alejados de los búfalos y sin que el viento nos delatase, cambiaríamos la dirección de nuestra caminata para llegar a la orilla de la floresta. Eso fue lo que hicimos y después de tres o cuatro kilómetros de una marcha rápida, ganamos la posición que pretendíamos.

De esta forma, quedamos con el viento a favor y aprovechamos la protección de la selva, para mantenernos escondidos y hacer lo que faltaba de la aproximación. Ahora éramos nosotros quienes teníamos todas las ventajas. Había pasado más de una hora desde que había visto los búfalos por primera vez, pero continuaban juntos, a unos trescientos metros de la floresta, más o menos en el mismo sitio, mirando y olfateando en la dirección de los argos, que eran tan sólo dos puntos pequeños muy a lo lejos, en medio de un mar verde.

Bastante más cerca, confirmamos que los búfalos eran machos adultos, uno muy viejo con los cuernos desgastados y con poca apertura, otro más joven con el boss sin estar completamente formado, y el tercero era un buen trofeo con el boss sólido, un drop razonable, una apertura bastante buena y puntas muy bonitas reviradas hacia atrás, un búfalo típico de Marromeu.

Más que seguir el rastro de los búfalos, en esta zona, al ser pantanosa, hay que cazar de vista, intentando localizar a las manadas y a los machos grandes.

Entre nosotros y los búfalos teníamos una línea de agua, bordeada por hierba alta y papiros muy densos, que sería de gran ayuda para avanzar algunas centenas de metros. El viento se mantenía estable y teníamos la cobertura de los papiros, sólo nos faltaba recechar algunas decenas de metros más para poder tirar.

La mitad del corazón

Antes de esta última parte de la aproximación volvimos a evaluar a los búfalos y después de una pequeña ‘conferencia’ con Quinton, no quedó duda alguna sobre cuál era el mejor trofeo. El búfalo más viejo estaba acostado y los otros estaban de pie, al lado uno del otro, volcados cada uno hacia su lado, con algunas garzas volando alrededor. ¡Otra imagen espectacular que quedará para siempre en mis memorias de caza!

Cuando estábamos a menos de setenta metros nos levantamos lentamente y apoyé el .375 H&H en las varas. ‘Mi búfalo’ no podía estar en mejor posición, medio de lado y dando la parte trasera. Coloqué la retícula tras la mano izquierda y ligeramente debajo de la línea media del cuerpo, para que la bala siguiera en dirección al pecho, pasando por la parte superior del corazón. Un «behind the shoulder!», de Quinton, fue la garantía de que mi opción era buena.

El autor con el búfalo abatido.

Apretaba el gatillo lentamente, esperando que el disparo partiera, cuando vi por el rabillo del ojo que uno de los otros búfalos se había comenzado a mover y que taparía al que yo quería. No perdí ni un segundo más y la Swift A-frame voló certera, confirmado, por la reacción del animal, que se tambaleó enfrente, casi cayendo, y por un «good shot!», de mi compañero sudafricano.

Los búfalos salieron en estampida, pero el macho al que tiré comenzó inmediatamente a quedarse atrás; los otros pararon por un instante, pero creyeron que era mejor buscar protección en la selva y huyeron. Nos aproximamos algunos metros, disparé de nuevo y el búfalo cayó muerto. El primer disparo fue letal, el segundo fue para tener la certeza de que estaba muerto… Aun así, nos aproximamos con cautela a aquel animal extraordinario, un adversario poderoso que merecía nuestro respeto.

Mientras los pisteiros fueron a buscar los argos, el cielo por encima de nuestras cabezas rápidamente se llenó de buitres, a la espera de su parte de los despojos. Hicimos las fotografías y algunas grabaciones antes de descuartizar al animal para llevarnos toda la carne que pudiéramos. Quinton me mostró el corazón del búfalo que, además del disparo, tenía, en la parte superior, una calcificación que parecía un hueso, algo bastante común en los búfalos pero que no todos tienen, y que nadie sabe muy bien cuál es la razón.

Otra curiosidad fue que los pisteiros dejaron la mitad del corazón del búfalo en el sitio de su muerte, una vieja tradición sena para que los dioses de la caza les protejan y les vuelvan a dar… ¡buenas cacerías!

Por João Corceiro / Presidente del SCI Lusitania Chapter 

Fotografías: Licinia Machado

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