Tras los gamos (‘Dama dama’) en Chile

El autor del artículo con el gamo que abatió el tierras chilenas
Por Angelo Tavera, Chaku Peru
El sábado temprano salí con rumbo a los Andes junto con el guía Christian, quien me llevaría a un ski resort llamado El Colorado donde pasaría dos días haciendo snowboard en la cumbre, situada a 3.500 metros. En este lugar el nivel de dificultad es de 1 y 2 diamantes negros (muy difícil a profesional). Estuvo bonito, pero no había la cantidad de nieve que debería haber porque recién estaba empezando la temporada.

Después de esto bajé a Santiago, donde tomé un bus-cama que me llevaría a un pueblo llamado Purranque. Esto queda a 950 kilómetros al sur de Santiago. El bus partió a las 9 de la noche y llego a las 9 de la mañana.

Fernando, el operador, me estaba esperando. En cosa de 15 minutos estábamos en el lodge, me instalé en el cuarto y Fernando me dio un tour por el lodge. Hay tres habitaciones dobles con baños, un cuarto con mesa de billar, una sala bien grande con chimenea y una colección de trofeos impresionante. También tiene una sauna y un jacuzzi con vista al monte. El lodge es realmente un lodge de campo, construido totalmente en pino Oregón, madera de cedro y piedras. Es muy acogedor y cuenta con unas vistas espectaculares del campo, ya que este lodge está sobre una colina que mira en todas las direcciones.

Fernando me explicó que después del almuerzo saldría con un guía que me llevaría en busca de mi ciervo gamo. La señora María fue quien preparó el almuerzo: liebre al horno con una salsa de zanahorias agridulce y puré de papas. ¡Estuvo espectacular!

A eso de las dos de la tarde llegó el guía Ricardo, quien me acompañaría durante los tres días que estuviera cazando. Ricardo y Fernando me dieron un mapa y me explicaron dónde tenían puestos y en qué aéreas se movían los ciervos rojos y los ciervos gamo. Con mi GPS marqué el lodge y el punto del puesto más lejano, que estaba a unos cinco kilómetros en línea recta.

Después de esto salimos al patio a probar la mira de mi rifle y ver que esté disparando derecho. Yo estaba disparando un Weatherby M4 en calibre .30-06 con balas recargadas Sierra de 165 grains. Esto es más que suficiente para un ciervo gamo ya que estos animales son de piel delgada, como un cola blanca. Disparé 1.5” alto a 150 metros, lo que quiere decir que a 200 metros estaba en el bull.
 
Primera salida infructuosa
Salimos del lodge a eso de las dos de la tarde con dirección sur-oeste. El clima estaba perfecto, ni muy frío ni muy caliente, en unos 15 grados diría yo. La geografía del lugar en el que estábamos es linda: muchas lomas llenas de pasto y pequeños, medianos y grandes bosques de diferentes tipos de árboles. Unos bosques casi impenetrables por la cantidad de maleza que crecía, y otros casi pelados, pues como estamos en invierno muchos de los árboles no tienen hojas.

Caminamos unas dos horas y vimos nuestra primera manada de ciervos rojos. Había un par de machos, pero eran pequeños, de unas diez puntas (tres años de edad) y como cinco hembras. Yo nunca había visto ciervos rojos, así que me emocioné y empecé a tomar fotos y vídeos, pero Ricardo me dijo: «Eso no es nada, no gastes batería, los machos grandes tiene más de 30 puntas y esos sí son impresionantes! Vamos a seguir avanzando, ya que esos viven en la partes muy densas de los bosques». No lo podía creer. Si el de diez puntas me parecía grande, ¿como serán los de 30?
 
Cuanto más profundamente nos metíamos en el bosque más animales veíamos. Dimos con una manada de ciervos gamo hembra, como unos diez animales en total. Lindos ejemplares de diferentes tonos, unos más claros que otros y unos con manchitas en el lomo.

Alrededor de las cinco de la tarde vimos una manada de ciervos rojos que se movía de derecha a izquierda que parecía que nos iba a flanquear, así que nos escondimos en un matorral detrás de unos árboles y esperamos a ver si pasaban por nuestro lado. El viento nos favorecía, de manera que los animales no se dieron cuenta de nuestra presencia y pasó una manada de unos 30 ó 40 ciervos machos, hembras y crías. A unos 60 metros de donde estábamos pasaron tres machos impresionantes de más de 25 puntas. Fue emocionante estar tan cerca de estos animales y verlos pasar comiendo pasto y haciendo lo suyo sin que ellos nos vieran.

El clima cambió, la temperatura empezó a bajar rápido y el viento soplaba fuerte. A eso de las cinco y media ya no había mucha luz y estábamos a tres grados centrígrados, por lo que decidimos regresar al lodge.

Volvíamos caminando despacio porque habíamos visto una manada pequeña de gamos a unos 100 metros sobre una loma, y con el viento en nuestra cara procedimos a acecharlos para tratar de ver si había uno bueno al que pudiéramos cazar a la mañana siguiente. De repente me di cuenta que en paralelo a nosotros, a unos diez metros, andaba un zorrito caminando muy lento. Este zorrito no se había dado cuenta que veníamos detrás de él y lo empecé a filmar y a seguir muy lentamente. El zorro venía acechando a un ratón y pude filmar un par de minutos de esto, ya que el zorro estaba tan concentrado que no se dio cuenta de que lo veníamos siguiendo. Ricardo pisó una ramita de casualidad y ésta se rompió; en ese momento el zorro nos vio, quedándose inmóvil un instante para luego partir a la carrera y desaparecer en el bosque.

No llegamos a alcanzar a la manada de gamos pero sí le llegué a tomar una foto contra el cielo oscuro a un ciervo rojo de buen tamaño que se apareció en esa misma loma. De regreso en el lodge cenamos lomo de ciervo rojo a la parilla con una salsa de vino y champiñones con hierbas finas y verduras salteadas. Era la primera vez que probaba carne de ciervo rojo y estaba deliciosa.

Llovió muy fuerte toda la noche, me desperté un par de veces para mirar por la ventana pero era una noche muy oscura y nublada.

Una mañana lluviosa y una tarde próspera
Al día siguiente me desperté a eso de las 5:30 am, y después del desayuno partimos con Ricardo, pero esta vez nos dirigimos al sur-este. La lluvia seguía cayendo pero no tan fuerte. Haríamos el mismo recorrido que el día anterior pero en dirección opuesta. La primera manada de ciervos gamo que vimos fue a los 30 minutos de salir del lodge, pero no había un solo macho bueno, y encima nos olieron porque el viento estaba soplando en la dirección opuesta y se escaparon. La lluvia empezó a caer con más fuerza a eso de las nueve y nos refugiamos en un puesto de madera, donde nos quedamos hasta las once, momento en que bajó un poco la lluvia. Esa fue la única manada de ciervos que vimos en toda la mañana; la lluvia había sido muy fuerte y seguía cayendo todavía, por lo que los animales estaban refugiados en el bosque denso al que, además, sería imposible entrar sin hacer ruido.

Caminando de regreso al lodge encontré un ciervo rojo muerto, parece ser que algún cazador furtivo le había disparado en la panza y el animal se perdió en el monte y murió. Estaba medio comido por los zorros pero se notaba el hueco de la bala. Era un ciervo chico de once puntas, Ricardo me dijo que debía tener unos tres años.

Después del almuerzo salimos de inmediato para tratar de aprovechar que el día se había despejado. Empezamos a caminar directo al norte, en esta ocasión haríamos otra ruta para tratar de ver si encontrábamos una manada de ciervos gamo que estén buenos para poder cazar. Caminamos desde la una hasta las dos y media de la tarde, pero no vimos nada más que gamos chicos y hembras.

De repente sonó la radio. Era Daniel, otro de los guías, quién nos dijo que había avistado una manada grande de ciervos gamo a un kilometro al este del lodge. Los vio cuando subió al techo para desatorar la canaleta de agua. Así que rápidamente regresamos caminando al lodge y cuando llegamos alcanzamos a ver con los binoculares y un spotting scope que en esa manada habían por lo menos cuatro machos grandes, por lo que sin perder tiempo nos empezamos a dirigir hacia ellos en diagonal para tratar de cortarles el camino, siempre manteniendo el viento a nuestro favor.

El rececho
Caminamos unos 700 metros y el viento cambió de dirección; a estas alturas ya eran las cuatro de la tarde y yo no quería que se nos perdieran, así que corregimos nuestro rumbo y tuvimos que meternos en un bosque para tratar de flanquear a la manada. Media hora más de caminar y estábamos detrás de los ciervos gamo, pero ellos comían y caminaban rápido. No se paraban y entraban y salían del bosque, haciendo imposible realizar un tiro ético.

Ricardo y yo estuvimos acechando a esta manada en la que había cuatro machos, dos medianos y dos grandes. El que me gustó era de color oscuro, con unas cuantas manchas en el lomo y de paletas bonitas.

Después de unos 45 minutos por fin se presentó una ocasión de tiro. El ciervo que yo quería se salió del bosque y empezó a comer grama al costado de un árbol de encino a unos 150 metros de mí. Yo le di la cámara a Ricardo y empezó a filmar. Cuando el ciervo se volteó de lado le pegué el tiro directo en el corazón. El animal pegó un salto y echó a correr, metiéndose en el bosque y desapareciendo de nuestra vista junto con el resto de animales.

Ricardo me dijo: «Sí le diste, yo lo vi saltar». Yo también sé que le dí, pero también lo vi correr y siempre queda esa sensación de haber perdido el trofeo y los nervios de dejar un animal herido. Le dimos cinco minutos y luego empezamos a rastrear. Llegamos al lugar donde había estado parado y encontramos pelos con sangre en el suelo. ¡Qué alivio!, por lo menos sabemos que sí le di. Seguimos las gotas y cuando llegamos al borde del bosque lo vi echado contra unos troncos a unos diez metros. El gamo solo corrió unos veinte metros desde donde le disparé; el tiro estaba perfectamente colocado en el corazón.

La geografía del lugar en el que estábamos es linda: muchas lomas llenas de pasto y pequeños, medianos y grandes bosques de diferentes tipos de árboles.
Imagen del lodge donde se hospedó el autor. es realmente un lodge de campo, construido totalmente en pino Oregón, madera de cedro y piedras.
Con Ricardo, el guía de la cacería por tierras chilenas.
Poniendo a punto el Weatherby M4, recamarado en calibre .30-06 con balas recargadas Sierra de 165 grains.
Uno de los grandes ciervos rojos que el autor fotografió durante su cacería.
El ciervo que el autor y Ricardo hallaron muerto. Parece ser que algún cazador furtivo le había disparado en la panza y el animal se perdió en el monte y murió.
Instantánea de Ángelo atravesando un río en medio de los densos bosques donde se escondían los gamos.
El autor con el gamo abatido después de un bonito rececho.
Sosteniendo un magnífico desmogue de ciervo rojo.

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