Un muflón en difícil época

A pesar de la distancia que nos separaba, el animal se mantenía con la vista fija en nosotros. Quizás, al contrario que los anteriores, se sentía seguro en la lejanía y protegido por el jaral y los lentiscos entre los que se encontraba y por eso no había puesto tierra de por medio o, simplemente, sólo fuese por el hecho de no estar rodeado de las inquietas hembras que hasta ahora siempre habían arrastrado a los machos lejos de nuestro alcance.

 

Conseguimos seguir avanzando por nuestra costera, parapetados por las copas de encinas y alcornoques hasta ponernos frente por frente. Ya no había posibilidad de acercarnos más y el telémetro dictó sentencia: 237 metros.

Había dos machos más que, una vez repasados minuciosamente, descartamos pues nos parecieron menores. No había más tiempo que perder. Nuestro macho seguía alerta. Teníamos que buscar una buena opción de tiro que nos permitiera asegurar el balazo de ladera a ladera.

Desde primera hora de la mañana habíamos visto mucha caza, venados magníficos entregados plenamente al amor y a la guerra, totalmente rendidos tras tantos días de batalla con unos y otras, gamos impresionantes y sobre todo algunos guarros con los que uno siempre sueña en las vísperas…, pero los muflones, que es a lo que estábamos ese día en El Pimpollar invitados por Pepe Recio, se nos venían resistiendo a pesar de la gran cantidad de lances que nos había propiciado el campo.

Por eso tal vez digan que la caza, para ser tal, ha de ser incierta, y a pesar de la buena calidad y densidad existente no estábamos teniendo la suerte de nuestro lado. Seguramente debido en gran parte a que la época –mediados de septiembre– no era la más propicia para la caza del muflón.

No había dejado de llamarme la atención durante todo el día que, al igual que en el venado el oído y en el guarro el olfato, la vista tan envidiable de los muflones. Lo que unido al hecho de que habitualmente se encuentren en piaras numerosas constituye un handicap importantísimo en la caza de este animal, ya que nos enfrentamos fácilmente contra más de veinte ojos vigilantes, que dan aviso al menor indicio de peligro, generando una ordenada espantada general sin descanso, hasta asegurarse de estar bien lejos. Además de la dificultad que suelen entrañar los tiros dentro de piaras numerosas, no sólo a la hora de seleccionar el mejor ejemplar y no perderlo dentro del grupo, ya sea con prismáticos o visor, sino también por evitar que en la trayectoria de la bala se interponga algún otro sujeto. Y todo sin mencionar la agilidad y dureza del carnero.

Llegado el mediodía y sus calores las reses comenzaron a desaparecer y, a pesar de haber tenido vistos varios machos de los que colman las aspiraciones de los trofeístas más exigentes, seguíamos de vacío. Lo que, por otro lado, era una magnífica noticia, ya que así seguiríamos cazando por la tarde también.

Sabíamos que no sería coser y cantar, pues la exigente selección de hembras que había hecho durante el verano la guardería de la finca, así como la berrea tan plena de los venados, tenía muy escondidos a los muflones hasta que les llegara más adelante su momento con el celo.

Aprovechamos la tregua del mediodía para reponer fuerzas, descansar un poco, matar el hambre y sobre todo para observar mudos y asombrados una vez más el fabuloso Museo-Centro Andaluz de la Fauna Salvaje. Desde la colección de insectos y aves, hasta el increíble pabellón que recrea los diferentes ecosistemas mundiales con sus especies más representativas y otras menos conocidas –al ojo del profano al menos– integradas en su entorno real, y envueltos por la cúpula del cielo y horizonte que –salvando las distancias– nada tiene que envidiar a los frescos de la famosa Capilla Sixtina. Tarea difícil, explicarlo sólo con palabras. Cuando uno entra allí se siente más bien en el escenario de una superproducción de cine americano de alto presupuesto.

Tras un paseo por los alrededores de la casa, con asomada incluida en el Mirador, llegadas las 17:30 horas, volvimos a echarnos al monte, pero el panorama, debido al calor que reina por estas épocas en el sur hasta que lleguen las primeras lluvias por San Miguel, seguía siendo el mismo que habíamos dejado unas horas antes. Era cuestión de tiempo.

La tarde avanzaba y con ella el calor sofocante iba dejando paso a cierto frescor contenido. Las reses comenzaban a aparecer de nuevo. Venados, ciervas, gamos, algún que otro guarro…, pero ni rastro de nuestros deseados muflones.

De pronto, mientras nos adentrábamos por la umbría de un canuto embarrancado, pudimos ver en la solana, espesa de jaras y lentiscos, lo que nos pareció un muy buen macho. Quieto. Inmóvil. Como si de una estatua se tratase. Sin duda nos había visto antes que nosotros a él, lo que nos hizo pensar que la huida sería cuestión de segundos. Sin embargo, tras ese momento de suspense inicial, siguió comisqueando tranquilamente, apareciendo a su alrededor, como de la nada, otros dos machos adultos.

Tras observarlos detenidamente, el veredicto fue unánime: el que habíamos visto primero era el mayor de todos. Era el macho que veníamos buscando. Sin embargo, aún nos encontrábamos muy lejos, por lo que teníamos que aprovechar la relajación momentánea para acercarnos bastante más. Y así hicimos con todo el cuidado del mundo, paso a paso, hasta que llegados a un determinado punto y al no tener más alternativas, sólo nos quedaba la opción de buscar el mejor lugar posible para tirarlo de costera a costera.

De repente, los tres machos, como sospechando nuestra presencia de nuevo, volvieron a petrificarse sin quitarnos la vista de encima. Algo habían sentido y ahora si teníamos que ser rápidos y especialmente cuidadosos porque nos jugábamos echarlo todo por tierra.

Busqué el mejor apoyo y, una vez bien entacado, sólo quedaba esperar a que el animal nos ofreciera el costado, ya que el tiro de frente a un animal de unos cuarenta kilos, a esa distancia, con la tensión y las precipitaciones típicas de estos momentos, parecía no ofrecernos todas las garantías.

Los segundos pasaban y el animal inmóvil seguía clavándonos la mirada. Por un momento pareció relajarse para volver a ramonear, pero a medio movimiento debió arrepentirse y aunque no había llegado a cruzarse, ya no estaba totalmente de frente, así que bien anclado con el bípode Harris, apreté suavemente el gatillo y el trallazo del 8x68S nos recordó que podíamos volver a respirar.

Aunque inicialmente, tras el estruendo del balazo, los muflones no reaccionaron bruscamente, ni siquiera sobre el que habíamos tirado, éste cayó a los pocos segundos, provocando que los otros dos, y otra piara cercana que ni siquiera habíamos visto, galoparan ladera arriba perdiéndolos de vista en pocos segundos.

Como dijo alguno de los allí presentes después de las correspondientes felicitaciones: con lo rápido que ha llegado la bala hasta allí, verás el trabajito que nos cuesta llegar a nosotros.

No nos costó tanto llegar con la ilusión por verlo, como sacarlo barranco abajo hasta el carril más cercano. Sudamos tinta y eso que sólo eran unos cuarenta kilos…

Con el trofeo en la mano, se confirmaron nuestras mejores perspectivas. La primera impronta que nos había dejado no era engañosa, pues una vez medido dio 201 puntos CIC (medalla de plata) a tan solo unos puntos del oro. ¿Qué más se le puede pedir a un miércoles laborable?

Por Antonio Díaz Lázaro

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