Reflexiones sobre la caza del corzo

 

A punto ya de comenzar la temporada del corzo, ese trofeo que a todos nos gusta tanto, quisiera hacer unas cuantas reflexiones.

Para empezar, yo creo que nos gusta tanto la caza del corzo porque es una caza muy cómoda y, por lo general, los humanos somos comodones. Han terminado ya los rigores del invierno, el campo empieza a estar apetecible, ha subido la temperatura, ya no pisas nieve, ves los colores de la primavera no el pardo del invierno, y todo ello hace que nos despertemos con más ganas y nos sintamos con más fuerzas. Además, el corzo tiene una mezcla perfecta para el cazador. Puede ser fácil de cazar, con lo que los cazadores que tiene un coto son capaces de cazar en solitario con buenos resultados. Y puede ser muy difícil de cazar y responder a las dificultades que van buscando otros cazadores, a los que los recechos simplones no les llenan nada.

Los cazadores españoles están acostumbrados a salir a cazar el corzo dentro de nuestra geografía y fuera de ella. Y son muchos los que escogen qué tipo de cacería les gusta más. Me refiero a escoger cazar el corzo de montaña y el corzo de llanura.

Corzos de montaña

El primero, cuya caza comienza un poco más tarde, es un corzo poseedor de un trofeo más pequeño. Ojo, pero no por ello más feo. Se cazan infinidad de trofeos altos de cuerna, con buena roseta, con las tres puntas enteras y largas, perlados y simétricos. Recuerdo un corzo que mató Juan Pedro García Lomas en Ponga, un coto que tuvo mi familia en Asturias durante la friolera de 75 años. Era precioso, lo tenía todo. Éste, junto con el corzo que mató mi amigo Pedro Mateache en Guadalajara, y que fue, si no me equivoco, récord de España, son los dos trofeos más bonitos que he visto yo en mi vida, los que cualquier cazador se quedaría encantado de tener en su casa. Luego, a la hora de su medición, los corzos de montaña no llegan tan lejos en la puntuación debido a que no pesan. Naturalmente, y sin que yo sea un experto en dietética, los pastos de la montaña no son tan ricos como los campos de labor.

Por lo general, el corzo de montaña es más difícil de cazar. Para empezar, la densidad es más baja. Se suele cazar vigilando las salidas del corzo a los prados con los prismáticos y, una vez localizado, y visto que su trofeo merece la pena, realizar un rececho, que puede ser largo o corto, según el lugar por donde haya salido y, si llegas a buena distancia, con buen viento y sumo cuidado, realizar el tiro. Otras veces, directamente se espera al corzo en “la seve”, palabra asturiana que significa “la cerca” del prado y, de repente, sin hacer ningún ruido, como si alguien hubiera puesto el corzo en mitad del prado, lo ves comiendo hierba y flores de montaña cuidadosamente por los pétalos. Recuerdo que algunos guardas de Ponga cazaban muy bien andando por los inmensos bosques de hayas. Naturalmente, se conocían perfectamente la montaña, pero es que, además, tenían el instinto de buscar las zonas por donde podía pasar el corzo y, haciendo pequeñas esperas, tenías muchas posibilidades de tirar. Se combinaba, de forma muy atractiva y efectiva, los recechos y las esperas. También recuerdo preciosos recechos por los altos brezales de León y Asturias, donde podías observar al mismo tiempo comiendo al corzo, el rebeco y el venado, e incluso a veces el oso. Era y es una maravilla de caza. Hoy día me pone de los nervios ir a cazar a las buenas reservas de corzos que hay por Castilla y León y, cuando le sugieres al guarda de turno que por qué no intentar cazar el corzo en los bosques de pinos, te contestan que eso es muy difícil y que no se puede, y en lugar de cazar, te llevan en su coche arriba y abajo, carrileando de mala manera, hasta que, si tienes suerte y coincides con el paso de un corzo, le sueltas un tiro desde la ventanilla. Yo siempre me he negado a cazar así, pero he acompañado a algún amigo y no ha habido forma de convencer al guarda que cambie el sistema, ¡es una pena!

Afortunadamente, yo tuve la suerte de empezar a cazar a los nuve años en Ponga, con unos guardas fenomenales, como cazadores y como celadores del coto, con los que aprendí a recechar tanto los corzos, rebecos, ciervos, y hasta urogallos. ¡Qué guardas y qué coto! Hago uso de este articulo para recordar con mucho cariño a Vicente Álvarez, de la Uña, y a Pedrín Alonso de Sobrefoz.

La caza del corzo de llanura

Volviendo al corzo, voy a pasar ahora a reflexionar sobre la caza del corzo de llanura. Antes quisiera diferenciar el corzo de llanura en España y fuera de ella. En España, llanura con muchos corzos, como se ve en Hungría y Serbia, no existe. Afortunadamente, en España casi siempre hay colinas y monte que te hacen el rececho más fácil y entretenido. Buscando los barranquillos, tapándote con carrascas o cualquier tipo de monte, vas acercándote a los campos de labor donde el trofeo te espera comiendo los cereales y gramíneas que están sembradas. En España, además, ocurre que nunca la densidad te permite tirar 10, 15 o más veces en un día, como ocurre en Europa, y eso, queramos o no enriquece, nuestro modo de caza.

Ahora hagamos mención del corzo de llanura en Europa. Son muchísimos los cazadores españoles que gustan de ir a cazar corzos en Hungría, Serbia, Polonia, etc., y que se vuelven con 15 o más corzos en la maleta. La densidad en esos países es grandísima, vas en el coche por los caminos entre las siembras y no paras de ver corzos. Es muy divertido, porque, ¿a quién no le gusta ver caza sin parar? Además, te vas parando para mirar los trofeos, y comentas con tu amigo o te comunicas por señas con tu guía y lo pasas muy bien. Te permite una caza muy sencilla, yo diría más bien que te permite “tirar” sin parar, y eso gusta mucho entre los cazadores españoles. Pero, de rececho, “casi” nada.

De rececho en Vojvodine

¿Por qué he dicho “casi” nada? Porque, a veces, el ingenio del cazador hace que busques el rececho donde no parece que pueda existir. Voy a relatar un viaje a Vojvodine que me permitió experimentar un rececho que no había hecho nunca. Viajamos el cazador-cliente y yo en el mes de abril y nos alojamos en un hotel, cercano a la capital de Vojvodine Novi-Sad, llamado Castle Ekca, muy agradable, con una agradable cocina, gente muy amable y, como hacía muy buen tiempo, con un magnífico jardín y terrazas, que te permitían comer al aire libre. Por cierto, el jardín de dos o tres hectáreas de extensión tenía faisanes salvajes que se levantaban a tus pies volando cuando te metías a pasear en las zonas de hierba alta alejadas de los paseos.

Comenzamos a cazar y pasó lo que ya he relatado anteriormente: corzos y más corzos se veían en esas inmensas llanuras, algunos de muy buen trofeo. Yo había insistido a Milenko Zeremski, director de Lovac Vojvodanski, Asociación de Cazadores y Cotos de Caza de Vojvodine, hombre muy amable, que el cazador quería tirar desde el coche lo menos posible. La primera mañana fuimos a un lugar donde había una zona con árboles que nos permitieron acercarnos a un corzo que ya conocían, de buen trofeo, y que el cazador pudo tirar. Desgraciadamente, falló. Vimos alguno más e, incluso, creo recordar que volvió a tirar y matar uno muy bonito. Al día siguiente ocurrió otro tanto de lo mismo. El cazador insistía en recechar y, aprovechando los canales de irrigación, algún grupo de árboles, o cualquier obstáculo, fue acercándose y pudiendo tirar en cada salida más de una vez. Yo insistía en que mi cliente quería trofeos grandes y al rececho.

El tercer día fuimos a un lugar muy bonito cerca de la frontera con Rumanía, donde un canal de irrigación creaba una elevación que nos permitía ver a distancia. Se veían grupos de corzos en varios lugares, comían en mitad de las siembras, dejando enorme distancia entre los carriles por donde discurría el coche y donde ellos pacían tranquilamente. Incluso, muy habituados a recibir de vez en cuando un tirascazo, cuando el coche se acercaba un poco más a lo que ellos consideraban distancia de seguridad, se ponían a correr al trotecillo y se alejaban a otras siembras. Vimos un corzo que nos pareció grande, ya pasadas las 9 horas de la mañana, que se echó en mitad de la siembra donde se hallaba. Ante la perspectiva de continuar carrileando, le propuse al cazador y al guía que porque no le entrábamos haciendo un rececho. Al cazador le pareció muy bien, no así al guía, que veía que teníamos que dar un rodeo muy largo por culpa del viento. Ante mi insistencia estuvo de acuerdo. Efectivamente, dimos un gran rodeo y comenzamos la aproximación. Tardamos bastante en llegar a la siembra donde estaban echados el grupo de corzos. El trigo levantaba más de 30 cm, con lo que no se veía nada. Seguimos avanzando y, habiendo fijado la posición del macho desde el coche, me di cuenta que ya debíamos estar bastante cerca. No paraba de mirar con los prismáticos a la siembra buscando las puntas de los cuernos, hasta que los encontré. El corzo, seguro de que no le veía nadie, estaba tranquilo. Poco a poco nos íbamos acercando, la distancia no era mayor de 60 metros. El cazador cada poco apuntaba y veía perfectamente la cabeza, pero era delicado el tiro si no querías arriesgar a romperle los cuernos. Seguíamos avanzando poco a poco y ya la distancia no era mayor de 30 metros. La verdad es que era divertido porque el animal, cubierto por el trigo, se encontraba ajeno y seguro del todo. Ya no podíamos avanzar más. Nos mirábamos todos percibiendo que de un momento al otro el corzo saldría de estampida. No parábamos de mirarle la cuerna, muy bonita, moviéndose de un lado a otro, pero sin levantar un centímetro su cabeza o su cuello. Empezamos a hacer un poco de ruido, pero nada, el corzo permanecía impasible. Más ruido, pero nada, no había nada que hacer. Yo me reía para mis adentros por la situación, me imaginaba que estos corzos estaban más que hartos de oír hablar a los agricultores. No es raro que la máquina de cosechar mate de vez en cuando a alguno de ellos, el contacto es permanente. Era extraño, no sabíamos bien qué hacer para evitar el salto y la huida a todo gas. Decidimos tirarle una piedra, pero no había ninguna. Le tiramos bolas de barro. Ya el corzo dio muestras de sentir algo raro. El cazador, nervioso, se preparó para lo peor, es decir, que el corzo pegase un salto y saliese corriendo. Ya era el final del rececho, una bola de barro más y el corzo pegó un salto enorme y salió como alma en pena. El cazador, muy buen tirador, se hizo con él al segundo o tercer tiro. Nos reímos de ese extraño rececho, pero la verdad es que fue muy entretenido.

Quiero resumir estas consideraciones sobre el corzo diciendo que con el corzo casi siempre te diviertes, tanto si es un corzo de montaña como de llanura. Que el rececho cabe siempre, incluso en las grandes llanuras donde parece casi imposible acercarse. Y para todo aquel que le guste más darle al gatillo, estos países que he mencionado como son Polonia, Hungría o Serbia, son ideales para ir a cazar, con buenas instalaciones donde hospedarse, buena comida y gente encantadora, no como a veces nos han querido vender.

El viaje fue un éxito y pasamos un fin de semana muy agradable. Además, para quien quiera hacer un poco de turismo, la capital de Vojvojdina, Novi Sad, es muy bonita y  muy animada, se come muy bien y barato, y tienes un hotel con spa, el Leopoldo I,  en lo alto de la colina que domina el Danubio, que está muy confortable, aunque su decoración es un poco recargada al estilo de Centroeuropa.

Por Antonio Cañedo. ACE Global Hunt Consultant

 

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