De caza por el mundo. Mar blanco mar azul

Cuando localizamos los dos machos, uno de ellos con muy buen trofeo, intentamos la aproximación a una distancia aceptable de tiro, pero la falta de resguardo nos hacía muy fácilmente visibles para los avispados  ojos de los animales”
Cuando localizamos los dos machos, uno de ellos con muy buen trofeo, intentamos la aproximación a una distancia aceptable de tiro, pero la falta de resguardo nos hacía muy fácilmente visibles para los avispados
ojos de los animales”

No pude abatir en el Delmirkazik la cabra bezoar que, por segunda vez, perseguía por las montañas de Turquía. Si bien en mi primer intento, hace nueve años, eché abajo un ejemplar representativo, el gran trofeo de esa espectacular especie de íbice se me resistía.

La niebla y las inclemencias del tiempo me impidieron traerme el trofeo. Los montes Taurus, las condiciones meteorológicas que, con frecuencia, los envuelven, pudieron más que mi empeño. Meses después regresé  a Turquía con la intención de conseguir la dichosa cabra y, dada la reapertura de la caza en este país para la gacela de Persia, tratar de hacer el doblete.

Volé hasta Sanliurfa –la antigua Edesa–, en la región de Anatolia Suroriental, la capital de la provincia del mismo nombre. Esta increíble ciudad, cuna de Abraham y de Job –el de la ‘santa’ paciencia–, data del siglo VIII a. de C. Según la tradición turco-musulmana fue –junto con otras poblaciones en la cuenca del Éufrates y el Tigris, donde la leyenda situó el Paraíso–, la cuna de la civilización mesopotámica y la bíblica ciudad de Ur.

El almuerzo que nos hizo recuperar las perdidas fuerzas
El almuerzo que nos hizo recuperar las perdidas fuerzas

La mañana era gélida. La nieve caía a borbotones, densa y grisácea, del color del cielo del que se derramaba. A duras penas pudimos conducir hasta la Reserva Nacional de Ceylan Üretme, pero, tras más del doble del tiempo que habitualmente nos hubiese llevado el traslado, allí llegamos.

Un viento helador barría la estepa, árida y poco hospitalaria. La visión se hacía imposible a más de unos cincuenta metros. Con cierta resignación, desempaqué mi 8×68, agarré un par de balas y me fui, mientras esperábamos al guarda, a probar el rifle.

Como temía, Yusuf, el responsable cinegético de la Reserva, mucho más amable que las tierras que nos rodeaban, se empeñó en invitarnos a tomar un té, «a ver si el tiempo mejoraba un poco». El té, como pasa casi siempre por estos lares de Alá, se convirtió en muchos ‘tés’ y pastelitos y pastas y aceitunas y… Yo, a pesar de lo desapacible de la mañana, moría por andar en busca de mi gacela, pero, a pesar de mis insistentes insinuaciones, me tuve que ‘aguantar’ –para no caer en la mala educación– con el ágape, por otra parte, suculento, que el buen Yusuf nos había preparado.

El rifle estaba a punto, la nevada amainó un poco y el viento, esto fue lo mejor de todo, se tomó un respiro. Así que, salimos a cazar.

Mi gacela persa

El frío era intenso. Al poco tiempo, el viento volvió a soplar con fuerza. La sensación térmica era tremenda, hacía que los -6 ºC pareciesen -16ºC.

Algunos grupos de hembras y dos machos, perdidos en una lejanía imposible, fueron todo lo que pudimos ver durante las más de cuatro horas que estuvimos buscando. Cuando topábamos con alguna, subíamos a lo alto de las suaves colinas que salpicaban la zona. Entonces, ni gorros ni bufandas ni orejeras eran capaces de aislarnos del entorno, hostil y helador. Los oídos dolían como si un martillo estuviese golpeando sobre el tímpano, las mucosas internas de la nariz, chirriaban cuando el aire, cortante, las rozaba camino de unos pulmones constreñidos; los labios se agrietaban por momentos, los ojos reclamaban las encogidas pestañas, para mejor resguardarse del latigazo que los frágiles copos de nieve les propinaban, azuzados por ráfagas insolentes e implacables. Pero, fue en vano, no tuvimos oportunidad alguna.

Gacela de Persia (Gazella subgutturosa subgutturosa) es un curioso, pequeño y ágil animal que mide entre 65 y 75 cm de altura a la cruz y tiene un peso entre 25 y 35 kilos –las hembras son algo más pequeñas–.
Gacela de Persia (Gazella subgutturosa subgutturosa) es un curioso, pequeño y ágil animal que mide entre 65 y 75 cm de altura a la cruz y tiene un peso entre 25 y 35 kilos –las hembras son algo más pequeñas–.

Cuando localizamos los dos machos, uno de ellos con muy buen trofeo, intentamos la aproximación a una distancia aceptable de tiro, pero la falta de resguardo nos hacía muy fácilmente visibles para los avispados ojos de los animales que, primero con un trote suave, después a galope tendido, desparecieron de nuestro alcance en un abrir y cerrar de ojos, ateridos.

De regreso a la casa, un pollo bien asado, ensaladas variadas, pimientos chiles al horno y un riquísimo pan casero, nos hicieron sentir, casi, como nuevos.

El almuerzo también se me hizo demasiado largo. Una vez contentada la gazuza, mi afán era ir a por la gacela, pero la parsimonia y las ganas de confraternizar de nuestro anfitrión, obligaban a disimular el ansia y cumplir con el ‘protocolo’.

Cuando volvimos a la caza, la nevada era ya muy leve y el viento había aminado, aunque la espesa nubosidad y la época del año en la que estábamos, acortaban mucho las horas de luz. No teníamos más de dos horas para tratar de cazar la gacela, pero antes debíamos encontrarla.

La caza es apasionante por muchas razones. Una de las que más me gusta, de las que me atrae, con fuerza e intensidad, es lo que de impredecible tiene. Cuando de caza auténtica hablamos, la incertidumbre es, de modo obligado, una de las condiciones, innegociables, que ésta debe cumplir para que podamos considerarla razonablemente como tal. Lo incierto de toda cacería que se precie, entre otras cosas, hace que la ilusión permanezca intacta hasta que guardamos el rifle para volver a casa. Hasta ese instante, todo es posible, desde lo más plausible a lo absolutamente inesperado. Es esa zozobra, ese ‘todo puede pasar’, lo que mantiene la intensidad en el cazador, lo que nos ayuda a no desmayar en nuestro esfuerzo, a confiar en la posibilidad, oculta tras cualquier peñasco, a la sombra de un árbol cualquiera, detrás de un lentisco en el que no habíamos reparado, o plantado en mitad de la vereda por la que pasamos más de diez veces… –¿verdad, Guillermo?–, y ocurrió, una vez más… ocurrió.

Ni diez minutos llevábamos caminando, cuando se me ocurre pararme para ajustarme el chaquetón y, mientras cerraba la cremallera, de detrás de unas piedras que ocultaban una pequeña depresión de terreno, a escasos cien metros, aparece, andando tranquila, pero cautelosa, una gacela. No me puedo explicar, con lo recelosas que se habían mostrado en la mañana, como ésta que, forzosamente, nos tuvo que ver, no sólo no huyó al asomar de su refugio y saberse muy cercana a seres extraños y, probablemente, peligrosos, sino que continuó su lento caminar, como si no estuviésemos allí.

No había visto nunca, salvo en la mañana, una gacela de Persia al natural, en vivo, así que no sabía si el trofeo de aquella ‘intrépida’ era bueno o no, si era muy bueno o, tan sólo, si encajaba en lo que estábamos buscando. Pregunté al profesional que, muy tranquilo, levantó el dedo pulgar de su mano derecha mientras asentía con rotundidad con la cabeza.

Mar blanco, mar azul...
Mar blanco, mar azul…

El tiro no tenía dificultad aparente, pero siempre que me es posible, procuro disparar con toda la seguridad disponible y las ventajas que me pueda procurar, así que, como no había piedras, ni árboles ni cualquier otro obstáculo o accidente del terreno en el que apoyar el arma, doblé una de mis rodillas, colocando la otra sobre el suelo y utilicé la pierna como sujeción para el codo que aguantaba el rifle. La gacela no se enteró de nada. Cayó en el mismo sitio en el que recibió el disparo.

Ya ven, nunca se sabe, no siempre lo que mal empieza mal acaba. Después de llevar el animal hasta una roca para las fotos, fuimos a las oficinas de la Reserva para hacer los trámites. El último té, esta vez sí, que nos ofreció Yusuf me supo a gloria. Me sorprendió que, al despedirme e ir a darle la propina que se había ganado, rehusó con suma amabilidad, me dio las gracias por el tiempo compartido, me dijo que él era feliz con su trabajo y que era lo único que necesitaba…

Tiempo… del bezoar

No hubo forma de encontrar vuelo que nos llevase hacia Dalaman, nuestro próximo destino a orillas del Egeo. En Turquía hay buenos, abundantes y económicos vuelos comerciales, el único problema es que para ir desde cualquier aeropuerto a cualquier otro, dentro del país, hay que hacer, inevitablemente, escala en Estambul, lo que retarda y complica el viaje.

Tarde, pero a tiempo, poco antes de mediodía, un sol cálido, amable y brillante, nos recibía, muy cerca de las orillas del mar de los dioses, el incomparable Egeo. Condujimos hasta el pueblo marinero de Sultaniye y, a pocos kilómetros siguiendo la línea de costa, llegamos a una aldea perdida entre los montes y la mar: Ekincik, final de trayecto.

Alberto, Susana y Ekó con el gran íbice bezoar recechado en estos escarpados montes turcos.
Alberto, Susana y Ekó con el gran íbice bezoar recechado en estos escarpados montes turcos.

Mi buen amigo Ekó, que nos recogió en el aeropuerto y nos llevó hasta la pensión en la que nos íbamos a quedar, preparó un fantástico almuerzo a base de ensaladas y un pescado bien fresquito. Aquí sí, recién terminado el inevitable té, salimos, de seguido, al monte a probar el rifle. Después de comprobar que seguía estando ‘fino’, partimos en busca de la cabra bezoar.

El paisaje, sobrecogía. Cimas, coronando laderas repletas de pinos y vegetación, y valles se alternaban hasta más allá de donde la vista alcanzaba. El horizonte, desvanecido por la distancia, a un lado, el Egeo, cortando a cuchillo los impresionantes acantilados que detenían la lujuria montuna; al otro, eran los únicos capaces de poner frontera a una naturaleza exuberante, salvaje e imponente, retadora, áspera y hermosa, muy hermosa y tan bella como sólo ella puede alcanzar a ser. Allí, en el silencio austero de las alturas, el corazón late a un ritmo que no se mide en pulsaciones. No cuentan números, cantidades ni porcentajes, sólo ella, la intensidad salvaje de una soledad ansiada; ella, dueña de la llave, única, que abre la vereda por la que se habla con los sentimientos escondidos. Tiempo de caza, tiempo de silencio, soledad… y esfuerzo.

Caminábamos por un carril, parándonos a observar los picos y las laderas que iban apareciendo en nuestro andar. Nos adentramos en la espesura para asomarnos a un barranco de vértigo. Desde allí, apostados en unas rocas, localizamos tres cabras, machos, que pacían tranquilas  en la soleada vertiente que teníamos frente a nosotros. Dos de ellas, me parecieron soberbias; la que mejor veía, una maravilla.

Pregunté su opinión a uno de los dos guardas de la Reserva. No hizo falta que me contestase, su expresión lo decía todo. Estaban a una distancia asequible: 247 metros. Le dije que quería disparar. Comenzaron a hablar entre ellos y, a la vez, con Ekó. Miraban y remiraban la cabra, hablaban y volvían a mirar. Yo, de ratito en ratito, volvía a preguntar…

Después de unos veinte minutos, en un inglés imposible, me explicaron que, aunque era un buen trofeo, teníamos tres días más por delante, había ejemplares mejores –me aseguraban– y pensaban que era precipitado decidirnos en la primera tarde, cuando, según ellos, no se trataba de un ejemplar excepcional.

Bien, no son mis formas, no me gusta tentar a la suerte. Los ejemplares ‘excepcionales’ son, eso, ex-cep-cio-na-les, siempre que veo algo que me gusta y de mí depende, no me lo pienso dos veces. La experiencia me ha enseñado que no se puede tener la pared repleta de medallas de oro, pero, en fin. No quise contradecirlos, acepté su razonamiento y nos retiramos.

Continuamos caminando hasta que la luz se fue. Vimos algunos machos más, pero nada digno de mención. Las hembras abundaban.

Una buena cena a base de riquísimos kebabs, ensalada, cerveza y té con pastelillos, deliciosos, no ayudó a dormir como benditos. Mañana sería otro día. Y lo fue.

Y, entre los riscos…

Llegamos, aún de noche, al mismo lugar en el que comenzamos la caminata el día anterior. Las cabras de ayer, no estaban donde estuvieron. Habíamos supuesto que podrían haber dormido por donde pacían en el atardecer pasado, pero no fue así. Fuimos, entonces, en busca de otro oteadero. Si el primero impuso, éste otro dejaba helada la propia sorpresa. Espectacular belleza, donde las haya: un mar, verde, de pinos, se abría, inmenso, a nuestros pies. Algunos centenares de metros más lejos, laderas agarradas, aún, por la niebla de la mañana, se levantaban, colosales, llenando nuestros ojos de color y de vida, de pasmo y de alegría, una alegría íntima, sin razón aparente y, por ello, reconfortante y cantarina. El olor, fresco, de la tierra humedecida por el rocío, perfumaba, con el más hermoso de los aromas, el aire que nos envolvía. Algún águila, por lejana invisible, rasgó la brisa, fría, cortando rostros y pieles… ¡Ahhh!

Al fondo de este valle sin fin, el reflejo azul, como el Olimpo de los dioses que lo vivieron, de la mar, se erigía en toda su inabarcable majestad: el Egeo, el gran azul. Un azul íntimo y silencioso, como en muy otras escasas ocasiones, la mar nos pueda ofrecer.

Desde allá, entre el verde y ese indefinible azul que enamora, en el viso de un promontorio que separaba dos pequeños valles, estrechos y angostos, dimos con un grupo de íbices, dos de ellos, muy buenos. Los animales estarían a más de ochocientos metros de nuestra posición, después de asegurarnos de que los dos que destacaban merecían la pena, nos pusimos en camino.

Teníamos que subir hasta la cresta de la serranía para descender luego y acercarnos hasta una posición de tiro. Caminamos, bajamos, subimos, trepamos y nos arrastramos, durante casi tres horas. Las enormes peñas que nos íbamos encontrando por el camino nos obligaban, bien a dar incómodos y largos rodeos, bien a salvarlos, con riesgo cierto de nuestra integridad física, como buenamente podíamos. Se ofrecieron, una pesada docena de veces, a llevarme el rifle, pero es algo que no consiento, tengo mis razones. Antes de alcanzar el risco en el que deberían estar las cabras, comenzamos el descenso, cuando un inconveniente añadido, nos obligó a replantearnos la estrategia: el viento cambió, de modo que no podríamos bajar por donde teníamos pensado.

Tuvimos que volver a subir y seguir andando hasta sobrepasar la posición de los íbices. Entonces, volvimos a descender, por la ladera opuesta a la que habíamos planeado hacerlo, para poder así acercarnos a los animales, si seguían allí…

Llegó un punto, en la aproximación, en que la posibilidad de seguir avanzando se volvió peligrosa. Decidimos arriesgarnos, sólo uno de los guías y yo.

Cuando asomamos al barranco que nos separaba, visualmente, de donde estaban nuestras presas, localizamos sin problemas a un par de machos jóvenes, pero no veíamos por ningún lado a ninguno de los dos grandes. De hecho, a uno de ellos no lo volvimos a ver nunca, con el otro tuvimos más suerte.

“Nos adentramos en la espesura para asomarnos a un barranco de vértigo. Desde allí, apostados en unas rocas, localizamos tres cabras, machos, que pacían tranquilas  en la soleada vertiente que teníamos frente a nosotros. Dos de ellas, me parecieron soberbias”
“Nos adentramos en la espesura para asomarnos a un barranco de vértigo. Desde allí, apostados en unas rocas, localizamos tres cabras, machos, que pacían tranquilas en la soleada vertiente que teníamos frente a nosotros. Dos de ellas, me parecieron soberbias”

Recostado al pie de un gran peñasco, bajo la sombre de un arbolillo, el macho dormitaba con placidez. La postura que tenía y la posición del cuerno que no reposaba en tierra hacían imposible un tiro en el codillo. No quise arriesgarme: mientras el bezoar estuviese durmiendo, pensé que todo estaba bajo control mientras no lo perdiese de vista y decidí esperar a que despertase. Y no sé si despertó o sólo trataba de cambiar de posición para su mejor acomodo, el caso es que yo, que no había apartado mi ojo del anillo del visor –salvo para secarme las lágrimas que el esfuerzo de la concentración producían–, cuando lo vi moverse y atisbando ‘línea directa’ con la parte baja del brazuelo del animal, apreté el gatillo que llevaba ‘siglos’ acariciando.

La cabra dio un respingo, saltó a lo alto de una piedra cercana y, mientras el guarda miraba por sus prismáticos y me decía: «¡Herido, está herido!», yo me felicitaba, tranquilo y satisfecho. Sabía que el tiro había sido bueno, pude ver la sangre del animal. Lo siguiente que vi fue al gran macho desplomarse desde lo alto de la peña a la que, un segundo antes, había saltado desde el lecho en el que echó su última siesta. El gran íbice bezoar de Turquía (Capra aegagrus aegagrus) estaba en el zurrón.

Volvimos hasta donde nos esperaban los compañeros. Me las prometía muy felices, cuando me dijeron que debíamos bajar hasta donde estaba el animal para hacernos las fotos, desollarlo y volver a subir para regresar por donde habíamos venido. El nudo que sentí en la garganta sólo se apagó por las mariposas que revoloteaban en mi estómago tras el precioso, emocionante y feliz lance.

Para qué les voy a contar los lugares por los que fui dejando los higadillos, ¡sería de mal gusto! Además del rifle y la asfixia, me tocó cargar con uno de los jamones del íbice, todo fuese por la cabra, el Egeo, los dioses del Olimpo y también por la cerveza helada que me esperaba en la pensión de Ekincik.

Luego, todo fue una fiesta. La llegada al coche, el ‘taco’ amigable, con queso picante y un chorizo casero excelentes, la llegada a ‘casa’, la ducha, la cerveza, el pescado fresco, el té, los pastelillos, las fotos, los comentarios, las risas… ¡una fiesta! CyS

Alberto Núñez Soeoane

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