
Los años siguientes viajé a Groenlandia, después a Alaska, Sudáfrica, Argentina, Idaho, de nuevo a Sudáfrica y, el año pasado, cacé un bonito oso pardo en Rumanía; me encantó esta última experiencia, esperas nocturnas desde torreta. Así que era la «excusa» perfecta para volver a cazar de noche.

En Macedonia existe una de las mayores poblaciones de lobos de Europa
Macedonia era el destino ideal para intentar abatir un lobo. Como sabemos, aquí existe una de las mayores poblaciones de lobos de Europa.
El domingo 15 de febrero, a las 20:00 horas, aterrizaba en la capital, Skopie. Llovía a mares. Me vino a recoger Rada, la organizadora búlgara, y me llevó a un bonito hotel situado a media hora de la capital, en el pueblo de Veles.
Desde la habitación, y bajo la lluvia, se veía lo que parecía la orilla de un río. Durante la cena, Rada me explicó que allí los lobos son muy merodeadores. En esas fechas, que son las mejores para cazarlos –pues han terminado las batidas, hay nieve en las montañas y el ganado todavía permanece estabulado–, los lobos recorren corrales, se acercan a los pueblos y visitan lugares donde anteriormente han encontrado comida.
Desde España había elegido aquella semana de luna nueva (el novilunio se producía el 17 de febrero de 2026, cuando mayor oscuridad hay en el monte). Sabemos que, con luna llena, existe demasiada luz en el cazadero y los lobos suelen recular antes de entrar a los cebos.

Esperanzas: estaban entrando
Rada me daba esperanzas, pues estaban entrando a la carne y disponían de algunas fotografías de las trail cams.
«Se les suele esperar desde las 17:00 hasta las 23:00 o las 24:00 horas, que es cuando están más activos», me comentó. Y añadió: «A mitad de la noche no merece la pena esperar; al amanecer, en ocasiones se mueven, pero es difícil llegar al cebo sin ser visto»
Aquí, como cebo, suelen poner burro en el menú.
La temperatura no era demasiado fría para la fecha en la que estábamos. Solo quedaba que la lluvia nos diera una tregua.
Por experiencia, preferí acudir a la espera con la tripa vacía
Al día siguiente ya no llovía. Lo que parecía un río era, en realidad, un precioso lago donde había gansos, cormoranes, azulones y fochas.
Rada me llevó a conocer la ciudad de Veles. Visité una iglesia ortodoxa y otros lugares de interés. Después quiso invitarme a comer en una preciosa bodega situada en las montañas, rodeada de viñedos, pero yo, recordando mi experiencia de caza nocturna del leopardo en Zimbabue en 2009, rechacé amablemente la invitación.
Preferí acudir a la espera con la tripa vacía para no cagarla, con perdón de la expresión… Del exigente PH de Zimbabue aprendí mucho sobre las esperas nocturnas.
A las 15:00 horas, con los nervios característicos de una cacería, preparé la ropa de abrigo, guantes, mochila, linternas, agua y una botella ancha vacía a modo de bacinilla, además de todo lo necesario para permanecer inmóvil desde las 17:00 hasta las 24:00 horas aproximadamente, haciendo el menor ruido posible.
Oliver, el agradable guía con el que enseguida hubo feeeling
A las 16:00 vino a buscarme un cazador local muy simpático llamado Oliver. Charlamos unos minutos en el hall del hotel. De inglés sabía lo mismo que yo, pero nos entendíamos perfectamente.
Me advirtió de que los lobos son muy inteligentes y sensitivos. Me quedé con aquella palabra.
Hablamos sobre lo que debíamos hacer durante la espera y lo que no. Hubo feeling; nos caímos bien.
Me llevó en coche hasta el puesto, a unos cuarenta minutos del hotel. El monte era bajo, seco y arbustivo, con abundancia de robles.
Durante el trayecto comentamos el rifle que iba a utilizar: un calibre .308 equipado con visor nocturno, permitido en Macedonia, pero era algo completamente nuevo para mí, pues siempre había disparado con ayuda de foco en loa aguardos.
El gusanillo en el estómago no paraba de dar vueltas, pero mejor que apareciera antes de la espera; luego ya se «dormiría».
Me aconsejó utilizar el visor térmico con el entorno en modo claro y el calor del animal en oscuro. También me gusta probar los rifles antes de cazar, porque soy algo maniático con los gatillos duros.
Unos «guardias» muy callados
En una recta de la carretera tomó un camino a la izquierda donde, nada más entrar, nos esperaban dos cazadores macedonios muy callados que nos entregaron el rifle. Oliver los llamaba «los guardias». Quizá no hablaban inglés.
Era un Bergara táctico, todo de metal y bastante pesado. Lo probé en vacío tres veces y el gatillo iba muy fino.
Caminando despacio llegamos a un claro. El guía comprobó que no hubiera ningún lobo en el cebo y, a las 17:15, nos introdujimos en una caseta de chapa muy bien acondicionada, con su ventana, una tabla de apoyo cubierta por una manta y dos buenas sillas mullidas para pasar la noche.

Todo listo para la espera
Preparé los polares, el agua, la «bacinilla», dos pares de guantes y la braga-pasamontañas, dejando todo a mano para no hacer ruido y permanecer tranquilo hasta las 23:00 o 24:00 horas.
Sobre la mesa coloqué los prismáticos dentro de su funda rígida de cuero y un collarín de aeropuerto que me acompaña en muchas cacerías para apoyar el rifle. Está relleno de pequeñas burbujas y resulta muy cómodo para anclar el arma.
La tarde fue cayendo mientras el guía peinaba la zona como un soldado, utilizando unos prismáticos térmicos. La temperatura respetó y apenas descendió hasta los cuatro grados.
El cebo se encontraba a unos 150 metros, ligeramente a la izquierda, aunque yo no lograba distinguirlo.
Dejé el rifle apoyado de forma que pudiera descansar sin tener que sostenerlo continuamente. No estaba perfectamente encarado al cebo, pero bajando dos o tres dedos el pistolete quedaba en la zona. No podía ajustarlo mejor.
Había dos lobos acercándose
Al cabo de un rato oímos, a lo lejos, el ladrido de un corzo. Oliver y yo nos miramos por señas, conscientes de lo que aquello podía significar.
La noche cayó lentamente y el guía continuó peinando todo el valle.
Poco después me indicó que había dos lobos acercándose por nuestra derecha. Me cedió los prismáticos y pude distinguir dos siluetas entre la vegetación: una cruzada y otra de frente.
Desaparecieron.
Oliver me susurró que uno de ellos era muy grande.
Diez minutos más tarde regresaron, ahora más cerca. Casi fuera de la vegetación pude distinguir dos cabezas blancas en el térmico, con las orejas perfectamente marcadas.
Dos enormes cabezas y cuatro ojos redondos observando directamente nuestra posición
Todavía recuerdo aquella imagen: dos enormes cabezas y cuatro ojos redondos observando directamente nuestra posición. Buscaban el peligro en la caseta, no en el cebo. ¡Qué listos!
Volvieron a desaparecer.
Al cabo de otros diez o quince minutos el guía se transformó de repente. Susurraba nervioso indicándome que había uno fuera, a la derecha.
Miré por el visor y no veía nada.
Insistía.
Volví a buscarlo, repasando de derecha a izquierda la zona donde antes habían aparecido.
Seguía insistiendo.
Peiné nuevamente el terreno y entonces lo vi. Allí, a lo lejos, pero a la altura del cebo, a unos 150 metros, apareció una silueta oscura.
«Shoot, shoot!», insistía Oliver
La busqué otra vez y comprobé que estaba allí, como una hiena, con la cabeza levantada, escuchando nuestros susurros.
Le apunté a la paleta.
«Shoot, shoot!», insistía Oliver.
Disparé.
Vi cómo salía corriendo hacia la derecha para refugiarse en el monte.
Tuve la sensación de que el tiro había podido quedarse centrado en el cuerpo en lugar de entrar por la paleta.
Todo ocurrió muy deprisa, en apenas dos o tres segundos.
Recargué.
Oliver se mostró exultante.
–Yes, yes! Jumping, jumping and down!
–You see jumping?
–Yes, jumping and down.
–Come on!
–Wait, wait.
–Why?
–Because jumping, running and down in the forest.
Pensé, «¡coño, eso lo cambia todo!».
Y sí, encontraron sangre
Llamó por teléfono a «los guardias», que acudieron en un todoterreno. Bajaron con una escopeta cargada con postas y dos linternas.
Oliver les señaló el punto exacto del disparo.
Y sí, encontraron sangre
Nos acercamos. Vi gotas y regueros que se introducían claramente por una «gatera» en la vegetación. Miré hacia el interior y la sangre continuaba.
Me recomendaron dejarlo para el día siguiente. Si estaba herido podía atacarnos o salir corriendo.
Oliver me enseñó brevemente el burro utilizado como cebo. No querían que tocáramos nada ni que camináramos por la zona. Se apreciaban dos mordiscos en los cuartos traseros, pero el animal no estaba abierto ni devorado como yo imaginaba.
Oliver se mostraba muy optimista. Me decía que la sangre era oscura, «de la caja de cambios», y que el salto indicaba un impacto adelantado. Sin embargo, yo sabía que el lobo se había movido al apretar el gatillo y sospechaba que, como mucho, lo llevaba en el centro.
Él insistía en que al día siguiente lo encontraríamos muerto allí dentro.
Ya estaba hecho.
No hubo tiempo para apuntar mejor con el térmico, como tantas veces había imaginado.
Eran sensitivos de verdad.
Y el segundo lobo ni siquiera salió al claro. ¡Qué listo!
Ya estaba hecho… lo dejamos y volveríamos al amanecer
La percepción de las distancias y de las formas durante la noche cambia muchísimo, más aún combinando el blanco del térmico con el negro del visor.
Bueno… ya estaba hecho. Lo dejamos y volveríamos al amanecer.
Regresé al hotel con hambre. Cené tranquilo y quedé con Rada en que me llamarían por la mañana.
Ella me tranquilizó diciéndome que los dos guardas vivían allí y que, si no aparecía muerto en el sitio, lo seguiríamos con perros.
Dormí a ratos, pero dormí.
A las seis de la mañana ya estaba despierto. El cielo permanecía nublado.
El lago lucía precioso y solo quedaba esperar.
No me llamaban.
Y, para colmo, comenzó a llover.
Pensé que el agua borraría las manchas de sangre y el olor para los perros.
Ahora sí que empezaba a ponerme nervioso.

«Tranquilo, lo han encontrado»
A las 8:05 me llamó Rada.
–¿Has dormido?
–Más o menos…
–¿Quieres ir al sitio?
–¡Claro!
–Tranquilo, lo han encontrado. ¡Estaba muerto allí!
–¿Me dejas tomarme un café? –añadió ella.
–Por supuesto. Ya no hay prisa… pero vamos –respondí entre risas.
Con la posición GPS en el móvil nos dirigimos al lugar.
Los dos guardias nos esperaban allí, tan serios como la noche anterior, como si asistieran a un velatorio.
«Yo no he matado a nadie… ¿o sí?».

Era un animal muy viejo, con los colmillos desgastados
Me apresuré hacia el cebo preparando la cámara y Rada, riéndose, me dijo: «Te pasas».
Habían trasladado el lobo desde el lugar donde cayó hasta un lateral del camino para no alterar la zona. El burro seguía allí y otro lobo continuaba entrando al cebo. No querían mover absolutamente nada.
Era un animal muy viejo, con los colmillos desgastados.
Hicimos muchas fotografías y regresamos al hotel.
Y entonces sí, Rada me llevó a comer a aquella preciosa bodega, con unas vistas impresionantes sobre los viñedos en mitad de las montañas.
Por la tarde cayó una tromba de agua de camino a la capital, Skopie, que quería visitar.

Una misión perseguida durante años por fin cumplida
A la mañana siguiente amaneció despejado y soleado, y aproveché para hacer algo de turismo por la zona.
El siguiente amanecer fue espectacular, aunque con una fuerte helada. Los termómetros marcaban cinco grados bajo cero y el agua del lago parecía evaporarse.
Era el momento de regresar a España, con una misión perseguida durante años por fin cumplida y con un equipaje lleno de emociones y recuerdos guardados en la maleta.
Texto y fotografías: Jesús Aznar, Alfaro, La Rioja


@artecaza2022
![]()
@Artecaza Jesús Aznar
Ξ




