Mid eastern red deer… por tierras de Antalya

 

Maral

Siguiendo las pautas que me había indicado Adolfo Sanz, sobre los animales que me quedaban por cazar en Europa y alrededores –y con éstos me estoy refiriendo a aquellos países como Turquía que están entre Europa y Asia–,no me podía quitar de la cabeza un carnero, el último que me quedaba, en Turquía, y que no me había decidido nunca a cazarlo. Me refiero al Konya sheep. 

Por eso, y mientras me decidía por otro destino, me centré en lo que me quedaba de Turquía y apareció otro de esos animales de los que tanto había oído hablar, el Mid eastern red deer o maral, que el SCI había considerado como nueva especie. Quien me proponía esta cacería era Juan Luengo al que conocía desde hace muchos años y que estaba cada vez más introducido en el mundo de la caza. Juan tiene grandes contactos con diferentes outfitters, entre ellos Kaan Karakayan, que también es amigo de Fernando y que domina la caza en diversos países como Turquía.

mapa

Como ya he cometado, en Turquía se encuentra el carnero europeo que me falta, el Konya sheep, que me temo que lo acabaré cazando. Lo que más siento es no aprovechar el mismo viaje para cazar los dos, pero la idea es luchar algo más para obtener un mejor precio del carnero de Konya. Aunque sí pienso en la posibilidad de complementar esta cacería con el abate de un buen lobo y de un buen ‘macareno’, bastante abundantes en esta región de Antalya en la que va a tener lugar la cacería del venado. Su precio en origen no es demasiado alto, aunque existe el riesgo de que suba bastante si abato un gran animal, ya que la suma final se basará en el peso de la cuerna.

Berreas lejanas

El viaje estaba previsto para el miércoles 1 de octubre, vía Estambul, donde haríamos escala hasta Ankara, para luego regresar el domingo, día 5. Lo que menos me podía esperar es que el miércoles por la mañana iba a amanecer algo tocado. Había dormido mal y me sentía febril y sin ganas de desayunar. Además, en ayunas, me tomé un par de Robaxisal para mis dolores de espalda que me dieron la puntilla. Por mi cabeza pasó muy seriamente desistir del viaje, aunque Fernando Blázquez, que me iba a acompañar, ya se encontraba en el aeropuerto esperándome. Me lo pensé unos minutos y finalmente decidí ir.

El viaje –cuatro horas hasta Estambul, más tres de espera para enlazar con el de Ankara, ya que teníamos que aguardar a Juan Luengo, que nos había organizado la cacería y que había cogido el avión de Turkish Airlanes, debido a que en él podía facturar su arma directamente a Ankara, y un par de horas esperando en Ankara a que le despacharan la misma–, aunque largo, fue aceptable.

Lo peor es que todavía nos quedaban otras cuatro horas más para llegar al campamento en el coche que nos había venido a recoger. Por fin, a las 01:00 horas, y sin comer absolutamente nada, llegábamos a nuestro destino.

cazadero

Nos tumbamos en una cama para descansar un rato y salir un par de horas después hacia el cazadero a intentar localizar a nuestro venado. El cuerpo que tenía –tras encontrarme mal y la eternidad del viaje– no era el más adecuado para empezar a cazar a esas horas… Y aunque escuchábamos bastante berrea, no conseguíamos ver ninguno.

Regresamos al humilde campamento, del que no merece la pena ni hablar, y me sumergí de nuevo en mi cama para intentar recuperarme de la paliza que llevaba. Mis acompañantes sí comieron algo, pero yo seguía sin comer… y así permanecí hasta el mediodía siguiente, aunque tengo que confesar que no tenía hambre.

De nuevo, una salida por la tarde con varias berreas muy lejanas y con un grupo de ocho guarros, que casi entran entre nosotros, pero demasiado pequeños para tirarles.

Esa misma noche hicimos un recorrido completo con la intención de encontrar algún buen guarro, pero sin éxito porque aún no habían entrado. Sin embargo, a la mañana siguiente aparecieron todos los comederos sin un solo grano de maíz. Regresamos al campamento para intentar descansar, ya que de nuevo saldríamos a las 02:00 horas con apenas tres horas de sueño… Eso si conseguía conciliarlo.

Primeros venados

La caza de los venados en este país iba a diferir poco de la que solemos realizar en España. Consistiría, simplemente, en trasladarnos a los bosques cercanos donde se encuentran los animales y tratar de oír alguna berrea que nos pareciese la de un gran venado. Aunque en este sentido a veces te llevas muchas sorpresas, ya que te puedes pasar cerca de una hora esperando que salga el gran venado, al que descubriste con el bramido más fuerte y espectacular, y cuando por fin aparece, se trata de un venado joven con poca cuerna.

rececho

Llegamos a un sitio donde la berrea estaba en pleno apogeo. Pudimos  distinguir hasta cinco berreas diferentes en una superficie no muy extensa, pero esperamos cerca de una hora y, cuando ya amanecía y ningún animal había dado la cara, decidimos cambiar de sitio.

La verdad es que Sergan, mi guía, estaba seguro de que podíamos sorprender a algún venado por las llanuras, como así pasó. De pronto, y en este nuestro primer desplazamiento, a nuestra derecha, apareció un bonito animal acompañado de una hembra, pero que en cuanto nos bajamos del coche puso pezuñas en polvorosa.

Nos bajamos lo más rápido que pudimos, preparé el rifle en un momento, ya que Sergan me daba la paliza a propósito de si estaba cargado o descargado y, mientras preparaba la horquilla para apoyarme al disparar, los animales se evaporaron ocultándose en el bosque vecino. No nos quedaba más remedio que volver a empezar. Así estuvimos más de una hora hasta que Sergan decidió que continuaríamos a pie.

Nos adentramos poco a poco en una zona boscosa de donde provenía algún sonido de berrea. Cerca de 40 minutos después me indicó que me agachase y comenzó a mirar hacia la colina de enfrente, de donde provenían un par de berreas. De pronto, distinguimos un venado, a más de 400 metros, que nos daba la espalda y que ascendía colina arriba. No era muy grande y además estaba muy lejos. Como quiera que Fernando se había quedado en el coche durmiendo –habíamos descansado muy poco–, no tenía los prismáticos maravillosos que siempre lleva con él, por lo que no podía saber con exactitud la distancia a la que nos encontrábamos del animal.

Desistí de intentarlo y seguimos buscando el sitio del que provenía una nueva berrea no muy lejana. Al final, cuando localizamos el animal, vimos que se trataba de un venado, pequeño de cuerna, que además estaba muy lejos, y empezó una pequeña discusión entre Sergan y yo sobre la distancia a la que se encontraba, desde luego cercana a los 500 metros, por lo que, por simple curiosidad y después de asegurarnos de que no berreaba ningún otro en la zona, disparé un tiro a esa distancia sin llegar a saber el resultado, ya que el animal desapareció.

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Regresamos al coche para cambiar totalmente de escenario y dirigirnos a un campo de remolachas en el que los venados tenían costumbre de bajar desde los bosques a ponerse ‘morados’, por el color de la remolacha, y ‘verdes’ por el de alfalfa. Vimos bastantes, pero sobre todo hembras y pequeños machos, y tan sólo se nos cruzó un precioso animal que no me dio tiempo a tirar.

Regresamos al campamento ya que nos íbamos a cambiarnos a un hotel de una ciudad cercana, desde donde volveríamos directamente a Estambul en tren de alta velocidad, en lugar de hacerlo por avión el mismo día 5. Nos ahorraríamos cerca de cuatro horas de coche hasta Ankara.

Al segundo día… fue la vencida

Salimos con la idea de dirigirnos a la zona del día anterior por la mañana, en la que habíamos visto el venado al que no pude tirar, y montamos un operativo hasta que alcanzamos la zona.

Sergan y yo pudimos comprobar que la distancia de la mañana, desde donde tiré por curiosidad al venado lejano, superaba los 500 metros. Allí nos instalamos todo el grupo: Fernando, Juan, Sergan y dos de los acompañantes de siempre. Permanecimos en medio de una serenata de berreas que nos rodeaban por todas partes, pero pasaron dos horas sin que apareciese un solo animal.

Se echaba la noche encima y pudimos ver a la primera hembra y, fugazmente, a un venado que desapareció como por encanto, reapareciendo de nuevo en huida hacia nuestra izquierda. Tanto Fernando como yo pudimos verlo, pero sin opción de tirar.

Cuando ya no se veía nada regresamos hacia los coches y de ahí a dejar las maletas al hotel, darnos una ducha espectacular, cenar por primera vez en un restaurante y regresar a nuestro sitio de la tarde, esto es, a los sembrados que frecuentaban con ansia los venados.

Esta vez nos organizamos mejor: pedí que se me escuchara y se me dejara hacer cuando los venados apareciesen. Juan me ayudó mucho coordinando los faros desde el interior del vehículo mientras que yo me preparaba por si aparecían los venados y se dejaban ver por mi derecha. No fue así, por lo que tomamos otro campo de alfalfa a nuestra izquierda.

Si me hubiese cambiado de sitio y me hubiese puesto en el asiento de detrás del conductor, en este caso el de Juan, todo hubiese sido más fácil, ya que localizamos a los venados enseguida.

Mandé parar el coche, salí como un rayo y piqué, yéndome hacia la trasera del vehículo, cuando Sergan me reclamó. Sin embargo, regresé por mis pasos, me dirigí hacia la parte delantera y, apenas sin pensarlo, tras apoyarme ligeramente sobre el capó, localicé a mi venado en la lente y apreté suavemente el gatillo, dando con el monstruoso animal en el suelo. Fue algo espectacular que me dejó perplejo, pero mucho más a todos los que me acompañaban. Juan y Fernando, que sin la menor duda tienen una gran experiencia en caza, se quedaron impresionados y no hacían sino repetírmelo una y mil veces. ¡Para qué hablar de Sergan y los demás…!, no salían de su asombro.

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Quizá, y tengo que reconocerlo, a pesar de la espectacular secuencia que acabábamos de vivir, el menos impresionado era yo, y prometo que no lo digo por falsa modestia, sino que es una escena que he llevado a cabo en muchas ocasiones, con algún que otro cambio y, además, el venado no iba muy deprisa. Lo más impactante es como un venado de más de 300 kilos caía desmadejado y en carrera para no levantarse más.

Todos abandonamos el camino. A través de la alfalfa llegamos al lugar en el que el monstruoso animal yacía inerte en los últimos estertores de la vida. Se trataba, al parecer, para todos aquellos que conocemos tantas especies diferentes de venados, del que tiene más cuerpo. A nuestro entender, más grande que los marales del norte de Europa, asiáticos o americanos y, desde luego, mayor que los venados más grandes centroeuropeos. Respecto a la cuerna decir que es muy larga, más de 110 cm cada lado, aunque se trata de una cuerna clásica de Europa, más parecida a la centroeuropea, con dos palmas de 7 y 5 puntas, 3 puntas inferiores en el cuerno derecho y 2 en el izquierdo, que da un total de 17 puntas.

A partir de ese momento y después de las consiguientes fotos in situ –ya tomaríamos más por la mañana–, procedimos a intentar subir el monstruoso animal al coche. Decir tan sólo que siete hombres tardaron más de media hora en conseguirlo. Ya felices, y algo menos cansados por el éxito obtenido, regresamos al hotel para descansar más de cinco horas seguidas. Al día siguiente sólo habría sesión de fotos e intentos de abatir algún buen guarro… CyS

Por Marcial Gómez Sequeira

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