Internacional

Los trece cazadores de los mil elefantes (y V), por Tony Sánchez-Ariño

Título de Antonio Sánchez Ariño como socio de honor de la Asociación Oficial de Caza de la Guinea Continental Española.

Llegamos al final de esta tan magnífica como impresionante historia de la caza. Y no podía finalizar de otra forma que con el último de los trece grandes cazadores de los mil elefantes, el propio Tony Sánchez Ariño, que forma parte de esta historia… y de la historia de la caza.

Finalmente me toca a mí mismo dentro de esta ‘cofradía de los mil elefantes’, aunque de forma mucho más modesta que mis predecesores, si bien, de los trece cazadores, yo fui el que permaneció más tiempo en ‘la senda de los elefantes’, setenta y dos años detrás de ellos por toda África, y los cacé en mayor o menor escala por veintitrés países diferentes africanos, cuando esta actividad aún era posible, siendo el único español que alcanzó esa cifra.

Un sueño de niño

Nací en la hermosa tierra de Valencia el 16 de febrero de 1930, lo que quiere decir que al escribir estas notas (2016) voy ya camino de los 87 años si Dios quiere, que espero sí quiera, pues la verdad no me disgustaría vivir muchos años más si me encuentro tan bien como ahora, con las energías suficientes para cazar otros cien elefantes más, ¡por lo menos…!

Vine al mundo en el seno de una familia de la mediana burguesía y mi padre fue uno de los cirujanos más famosos de su tiempo, por lo que mi infancia fue muy agradable y tranquila.

El problema fue que yo, sin el menor precedente en mi familia, desde muy pequeñito sólo soñaba con cacerías de elefantes, exploraciones y aventuras por África Central, lo que era una sorpresa para todos, especialmente para mi padre que siempre tuvo una especial aversión contra la caza, armas y demás, siendo persona dedicada en cuerpo y alma a su profesión de la forma más pacífica y activa, definiendo a los cazadores como «esos bárbaros», con lo que le salió el tiro por la culata con su hijo mayor, que era yo. Pobrecillo…

Al contrario de otros cazadores que se fueron a África en busca de mejores horizontes para sus vidas, yo lo hice al revés, ya que abandoné una segura y cómoda existencia como médico para cambiarla por lo contrario, una existencia insegura e incómoda detrás de los elefantes soñados desde mi niñez y adolescencia, así por las buenas, con una experiencia previa reducida a la caza de unas liebres y unas perdices…

Por fin, un día me hice un autoexamen de conciencia para decidir qué sería mejor, si continuar con la Medicina, que no me atraía demasiado, pero que me proporcionaría una vida próspera y tranquila, o seguir mis teóricos sueños y deseos de ser cazador profesional de elefantes. La duda duró muy poco, pero antes, por puro sentido común, quise hacer una prueba a ver si ‘aquello’ era de verdad lo que yo quería, y a los 22 años de edad me fui a la antigua Guinea Española donde, de la mano de mi querido y desaparecido amigo Ramón Tatay, que fue un gran cazador, pude cobrar mi primer elefante a orillas del río Campo en su límite fronterizo con el sur de Camerún, que fue un magnífico ejemplar para aquella zona forestal con 50 libras cada colmillo (22,5 kilos), largos y preciosos.

Tony con una cantidad impresionante de colmillos. Sudán 1960.

Aquello fue la prueba de que ‘lo mío sí eran los elefantes’, acabando con la Medicina y la vida ‘muelle’ en España. Un tío mío, también médico, pues en mi familia mis tíos y primos todos se dedicaron a la medicina es sus diversas especializaciones, me prestó el dinero para comprarme un rifle del .416 Rigby y cien balas blindadas, pues mi padre me dijo que si quería ser cazador de marfil en África me lo tenía que ganar yo solo, sin ayudas cómodas para esto o para lo otro. Me complace decir que a los pocos meses le pude devolver el dinero a mi tío Tomás, que fue el que me ayudó ‘en la sombra’ para mi arranque inicial en la senda del marfil.

Un ‘todoterreno’

Volví a la Guinea Española, donde, en 1953, la caza aún estaba sin reglamentar y con una autorización del gobernador general se podían cazar elefantes de forma ilimitada, pagando por elefante muerto la cantidad de mil pesetas, seis euros al cambio de hoy, pero que entonces era bastante dinero. Como no disponía de muchos medios económicos los desplazamientos los realizaba mayoritariamente andando o en canoas por los ríos, lo que me permitía llegar a lugares muy alejados donde los elefantes estaban tranquilos y fuera del alcance normal de otros cazadores, pues el tener entonces un vehículo era un sueño imposible para mí. A principios de la década de los cincuenta yo era un ‘todoterreno’ físico, con 1,90 metros de estatura y fuerte como un búfalo, incansable y entusiasta a toda prueba, con la ventaja de que nunca en mi vida tomé una gota de alcohol ni fumé, lo que creo me ayudó bastante para estar siempre en forma.

Durante cierto tiempo estuve cazando por la Guinea Española, donde le vendía el marfil a un amigo que se dedicaba a esto y me pagaba 300 pesetas por kilo de marfil, lo que me resultaba rentable después de pagar los gastos, hasta el punto de que pude comprar un Jeep Willys excedente de la guerra, pero que aún funcionaba bastante bien, con el que me podía desplazar por el sur de Camerún y Gabón, pues ya entonces los franceses habían construido un buen sistema de carreteras que permitían, con pocas limitaciones, desplazarse por ‘casi’ todas partes.

En aquellos tiempos los elefantes eran una plaga en muchos lugares, por los grandes destrozos que realizaban en las plantaciones, con el desespero de sus propietarios que, por regla general, eran personas muy pobres, ordenando los gobiernos batidas contra ellos, a las que yo me presentaba siempre voluntario en cuanto me enteraba, lo que me permitió cobrar un elevado número de elefantes dentro de la selva ecuatorial.

Tony Sánchez Ariño ha cazado elefantes durante 72 años en 23 países africanos. En la imagen con varias parejas de colmillos en Kenia, 1970.

Mi primer elefante, el del ‘experimento’, lo cobré con un rifle express fabricado por Joseph Lang en Londres, del calibre .475 nº 2 Nitro, que me prestó un amigo residente en Guinea, y también gran cazador, junto con tres balas, diciéndome que a ver si le devolvía alguna, haciéndolo con dos, ¡pues lo cobré con un solo disparo! Años después le compré este rifle que aún conservo después de sesenta y pico años, y con el que luego cobré muchos elefantes sin el menor problema, por el resto de África.

El tiempo fue pasando y yo afianzándome en la actividad de cazador de elefantes, marchando por el África Occidental a ver que tal se daban las cosas por Sierra Leona, Costa de Marfil, etcétera, llegando en 1955 a Liberia, donde la caza del elefante era aún ilimitada pagando una licencia anual que valía 250 dólares, sin tener que abonar ninguna tasa por el marfil, cobrando un total de 31 elefantes machos. Que yo sepa las únicas personas que fueron a Liberia, con la única idea de cazar los referidos elefantes, fueron Karamojo Bell en 1911, donde cobró 27 ejemplares, y yo 44 años más tarde, sin que nos quedaran ganas a ninguno de los dos de volver allí a la vista de los pequeños colmillos que se conseguían, no valiendo el tiempo ni el esfuerzo requerido, pues las condiciones era muy duras en unas selvas ecuatoriales con lluvias continuas.

Después estuve cazando por el Camerún Meridional, donde entonces había muchos y buenos elefantes a unos precios ridículos. No recuerdo exactamente el coste de la licencia  allí durante la década de 1950, pero en 1965 ésta costaba 60 dólares, autorizando a cuatro elefantes, con una tasa de 16 dólares el primero, 24 dólares el segundo, 40 dólares el tercero y 80 el cuarto, sin pagar ningún derecho sobre el marfil conseguido, circunstancias que aproveché para sacar licencias a nombre de amigos que estaban de acuerdo, pudiendo de esta forma cobrar muchos elefantes, truco que también utilicé en el Gabón, Congo-Brazzaville, Ubangui-Chari o el Chad.

Lo que fue una ‘mina’ de marfil fue el Congo Belga, donde se podían cazar cuatro elefantes en cada distrito, pero si estos animales cometían destrozos en la agricultura o había peligro para las vidas humanas, entonces, a la discreción del administrador territorial principal, éste podía dar permisos para cazar elefantes de forma ilimitada hasta que la situación se volvía normal, circunstancias que aproveché hasta la última gota, bajo la condición de que el 50% del marfil conseguido era para el gobierno.

¡20 elefantes en 75 minutos!

Con tres colmillos, una pareja y un ‘monopunta’, de más de 100 libras cada uno.

Yo tuve una ventaja sobre los otros cazadores de elefantes que me precedieron, ya que, al hablar seis idiomas, nunca tuve problemas para entenderme con todo el mundo donde quiera que fuera, lo que para otros sí lo era por culpa de la barrera formada por los referidos idiomas, que hizo que muchos de ellos no se movieran del país que hablaban su lengua, principalmente los ingleses, con la excepción de George Rushby que se manejaba bien en portugués y francés, aparte de su lengua materna, el inglés. Entre los elefantes cazados con mis licencias, los cobrados en operaciones de control para reducir su número en determinados lugares por cuenta de los diferentes departamentos de caza, y los que tuve que doblar forzosamente durante los safaris, para evitar que se escaparan heridos, hacen que la suma total de elefantes a mi crédito, en el momento de escribir estas notas en el año 2016, sea de 1.317, pues siempre llevé una contabilidad de lo que iba cazando. Incluidos en esa cifra hay tres elefantes hembras que no hubo más remedio que matar, pues me atacaron de la forma más agresiva sin provocación, no dándome oportunidad a escapar, quedando la cosa al límite entre ellas y yo, por lo que no tuve duda en lo que debía hacer… ¡disparar apuntando lo mejor posible!

Numéricamente mi récord personal fue cobrar ¡20 en 75 minutos!, con varias veces más entre ocho y 12 ejemplares, cosa que hoy día suena a fantasía, pero que en aquellos lejanos días no era excepcional o, mejor dicho, ‘semi’ excepcional…

Siempre tuve una gran afición por las armas, sobre todo los rifles de gran calibre, que con el tiempo pude ir experimentando contra los elefantes, quedando como mis favoritos, en sistema de repetición Mauser, el .416 Rigby y el .500 Jeffery, y en armas de dos cañones o express el .500/.465 Nitro Holland & Holland Royal y el .475 nº 2 Nitro Joseph Lang Best Quality, ambos con expulsores automáticos, como deben de ser de la forma más ineludible para poder recargar rápidamente en una emergencia.

Sánchez Ariño en Sudán con cuatro colmillos de más de 100 libras.

Entre los trofeos conseguí 43 elefantes con colmillos superando las cien libras (45 kilos), con mi mejor ejemplar una pareja de colmillos con 132 y 129 libras (59,8 y 58,4 kilos), seguidos por otra de 127 y 123 libras (57,5 y 55,7 kilos), además de un monopunta de 131 libras (59,3 kilos). De forma ‘extraoficial’ otra enorme pareja de 150 libras cada colmillo (68 kilos), que se me escapó el elefante herido dentro de los pantanos del Nilo al cual no hubo forma de alcanzar por mucho que lo intenté, pues aquella masa de agua, barro, hierbas y papiros estaban de parte del elefantes y muy en contra del cazador. Poco tiempo después apareció muerto en la orilla del pantano, ya en tierra firme, siendo confiscado por el Gobierno como ‘marfil encontrado’, a pesar de las pruebas que presenté de que era ‘mi’ elefante, pero se hicieron los locos, supongo que con la idea de venderlos por un buen montón de dinero, y a quienes les dediqué unas ‘amplias letanías’ sobre sus desconocidos padres, deshonestas madres y un largo etcétera… pero con eso me quedé.

Unas cifras impresionantes

Al contrario que otros cazadores de elefantes escribí bastantes libros para dejar un testimonio a las nuevas generaciones de cazadores, deportivos y profesionales, para que sepan lo que hubo, ya no hay, y desgraciadamente nunca más habrá, como el título de una famosa película, Lo que el viento se llevó. Hasta este momento tengo publicados  diez libros en español  y nueve originales en inglés que nunca se han traducido al castellano, más uno en francés y otro en alemán.

La mayoría de mis libros en español han sido también traducidos al inglés, esperando que dentro de cien años les hagan pasar algún rato agradable a los cazadores de entonces que, mucho me temo, estarán reducidos a ‘la caza’ del escarabajo pelotero… ¡con suerte!

Además de cazar los referidos 1.317 elefantes, también cobré una gran cantidad de los llamados ‘Cinco Grandes’, como fueron 2.093 búfalos, 340 leones, 167 leopardos y 127 rinocerontes negros, muchos de ellos en operaciones de control y protección de vidas y haciendas, pues sesenta y dos larguísimos años bajo el sol africano cundieron para mucho. Gracias a Dios todo fue muy bien y nunca sufrí el menor accidente, ni un solo rasguño, y eso que no faltaron ocasiones para eso y más, pero se ve que la Divina Providencia nunca se cansó de protegerme… afortunadamente.

Luego de abandonar ‘la senda del marfil’, pues ya no existía la menor posibilidad por mucho que me moví por toda África sin parar –que ahora sólo de pensar lo que hice me siento ‘agotado’ psíquicamente–, me centré en los safaris, para cazar principalmente los cinco grandes, pues nunca tuve el menor interés en el resto de la caza, excepto algún trofeo raro como el bongo, sitatunga y eland de Derby, considerando el resto como ‘ratas piñoneras propias para niños’, con perdón sea dicho.

El autor ha sido el único miembro español de la historia de la Asociación de Cazadores Profesionales de África Oriental. En la imagen con las parejas de colmillos conseguidos en Tanzania en 1974.

Tuve el gran honor de ser el único español de la historia miembro de la elitista Asociación de Cazadores Profesionales de África Oriental, y después miembro fundador vitalicio de la Asociación de Cazadores Profesionales Africanos. También miembro fundador y vitalicio de la Asociación Internacional de Cazadores Profesionales y miembro fundador de las asociaciones de cazadores profesionales del Sudán y Zambia, así como miembro de honor de la Asociación de Cazadores Profesionales Francófonos.

En 1959, cuando tenía 29 años de edad, fui nombrado socio de honor de la Asociación Oficial de Caza de la Guinea Continental Española por los méritos como excepcional cazador de elefantes, como figura en el diploma correspondiente.

Me casé a los 34 años con Isabel de Quintanilla que, como siempre dije, fue el mejor ‘trofeo’ que conseguí en mi vida, teniendo tres hijos altos y fuertes como robles, Antonio, Jorge y Carlos, a los que, gracias a Dios, no les interesa lo más mínimo la caza, pues la situación cinegética actual en África no tiene nada que ver con aquella de mis viejos tiempos, sin ningún presente desde el punto de vista profesional y con un futuro tenebroso, por llamar las cosas por su nombre…

Lamentablemente para ellos, la mayoría de los profesionales que intenten cazar hoy elefantes la única forma de conseguir alguna experiencia es disparar ‘al alimón’ junto con el cliente, si éste lo permite, lo que no da para mucho, realmente. Ya no pueden conseguir licencia para cazar elefantes si no pagan además el safari, lo que es una fortuna, y tampoco pueden formar parte de las batidas de antaño, quedando las que se puedan realizar en manos de los oficiales de los diferentes departamentos de caza.

Para empeorar las cosas hay un imparable furtivismo que está arrasando hasta el último elefante por toda África, debidamente organizado por las mafias asiáticas y la ‘cooperación’ de la mayoría de las autoridades africanas con una gran codicia y una falta absoluta de responsabilidad y sentido común…

Una raza extinguida

No se pueden medir las cosas de ayer con los parámetros de hoy, no sería justo ni lógico, pero, por si algún ignorante sectario pudiera leer estas notas poniendo el grito en el cielo, le aconsejo que tome buena nota de lo siguiente:

Poniendo juntos todos los años que ‘los trece cazadores de los mil elefantes’ dedicaron a esta actividad nos da, aproximadamente, unos 390 años, cobrándose un total de unos 22.300 elefantes. Actualmente, según los datos oficiales, el número de elefantes muertos por los furtivos ¡anualmente! varía entre 16.000 y 20.000, lo que quiere decir que en menos de veinte años no quedará un elefante en África de seguir las cosas así, lo que no parece tener solución desgraciadamente, pues el mundo occidental, con su egoísmo y desconocimiento, no parece que esté muy interesado en complicarse la vida por unos ‘malditos elefantes’…

Los viejos cazadores de elefantes, hoy una raza extinguida, se ganaron la vida arriesgándola día a día rodeados de múltiples peligros, aparte de la caza en sí, donde perdieron la vida muchos de ellos en medio de la nada, sin contar las múltiples enfermedades tropicales a cada cual peor, con la malaria siempre presente. Todo aquello se acabó de la forma más absoluta y sin retorno, siendo ya un lejano y nebuloso recuerdo los días en que los cazadores de elefantes éramos los Señores de la Maleza, siempre bien recibidos por las poblaciones nativas a las que les liberábamos de los elefantes saqueadores de sus modestas plantaciones, además de proporcionarles miles de kilos de carne de los animales abatidos y de las ayudas médicas de las que siempre estaban necesitados, circunstancias que personalmente me abrieron muchas puertas en lugares muy alejados donde el dinero no tenía utilidad en aquellas soledades donde no había nada que vender o comprar.

De ‘los trece cazadores de los mil elefantes’, sólo quedo yo vivo en el atardecer de mi existencia, recordando una vez más lo afortunado que fui al ser miembro de aquella ‘cofradía’ tan exclusiva y el haber conocido a cinco de ellos que me dieron su amistad y consejos cuando yo era un jovencito español lleno de sueños y fantasías que, con ¡mucho esfuerzo y sacrificio pude hacerlos realidad…!

Un artículo de Tony Sánchez Ariño

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.