El animal más hermoso de la Creación

A mi amigo Alberto Merchán Santos

Dicen que cuando uno va en el tránsito de la vida a la muerte, por ese angosto veredón que deja una luz al fondo del túnel, sólo se oyen los sonidos de un pájaro. Da igual que esté a seis kilómetros o a un par de metros. El volumen es el mismo. Su frecuencia divina permite saber que existe pero nunca saber a qué distancia… Dicen que es, junto con el caballo, el animal más sublime de la Creación. El urogallo. El pájaro más hermoso de cuantos han habitado y habitarán en este increíble planeta.

El pavo tiene su perdición en sus amoríos. Al cantar bloquea sus sentidos vitales por lo que, ciego de celo y sordo de pasión, ni ve ni oye… ni siente. Su caza permite su existencia. Sí, su caza. Los pájaros de más de cinco años tienen mucha fuerza, pero son vanos reproductores. Por tanto, los ejemplares más jóvenes no pueden acercarse a las hembras que son sometidas y poseídas por un semental hueco en fertilidad y bravío en defenderla. La caza de este animal, como tantas otras, permite su presencia en los bosques al capturar a los más maduros… Urogallo suena a prehistoria y elegancia, a salvajismo y misterio… aún se me eriza la piel al recordar sus latidos metálicos y hondos en los montes Ródope de la vecina Bulgaria.

Son las tres. De noche por todo el mundo. Hemos abandonado el todoterreno a dos o tres kilómetros. Los pasos se mezclan con el silencio de nuestra respiración. La caza de este animal se lleva practicando así desde que el hombre es hombre, con lanza, arco o escopeta. No varía nada. Y mil años atrás se hacía como ahora lo hacemos… Silencio… La caza quiere silencio y escucha. Suspiros lentos. No hacer crujir el hielo de un abril que ya asoma a su ocaso, justo cuando el pavo echa a volar sus instintos más sensuales.

Le oigo a lo lejos. Se entiende un sonido de alguien llamando a una puerta acompañado de un susurro metálico… Está allí, en el cantadero, la zona querenciosa por siglos atrás… Mi guía, de nombre impronunciable, me sujeta la mano y, mientras el gallo canta, avanzamos tres trancos. Silencio. Nuevo canto, nuevo avance. Así, hasta aproximarnos a la escasa distancia donde la penumbra no nos permitía divisar al animal que hablaba, lloraba o reía, pero indicaba al mundo su existencia…

La noche va menguando tímidamente. Las luces lejanas del alba definen su figura, la de un gran macho flotando sobre unas hojas de pino, imponente. Tiene los ojos rojo carmín, las plumas azules brillantes, las alas negras con tintes férreos y galones blancos… Al cantar abre su cola como un abanico y, a veces, gira sobre sus propias patas sin mover un milímetro la rama donde se sostiene. Qué elegancia, qué maravilla… Qué plenitud.

Llevo una hora admirándole. A docena y media de metros. Escondido tras unas matas, espiando desde el suelo a la gloria a ese pavo imponente. Cuando canta aprovecho para mirar con los prismáticos. Cuando cesa, no separo mis ojos de la lente para apreciar al animal más hermoso que jamás he visto.

Mi compañero me insta a disparar. Las gallinas están llamando a su galán barrando abajo y corremos un inmenso riesgo de que éste, en un momento, se esfume… Un poco más, como cuando suena el despertador del más dulce de los sueños, déjame cinco minutos… Me insiste… El gallo sigue cantando, cuello estirado, narrando al mundo sus promesas y falacias para cortejar a unas hembras que ya no podrá padrear por su avanzada edad, mucha fuerza pero nula virtud de reproducción. Tomé el frío acero que aquella madrugada me supo más amargo de lo normal. No quería hacerlo… Como en un sueño desperté sobresaltado de la magia de aquel amanecer…

Con un agridulce sabor le acaricié mil veces y besé su frente… Le di las gracias de corazón, a Dios y a él, y en aquellas montañas salvajes reconocí que un poco de mí se fue también con ese trallazo…

Por M. J. “Polvorilla

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