“Nyala, belleza sublime (I)”, por Alfonso Mayoral

Es admitido por la generalidad de los expertos que el kudu tiene poco que aprender acerca del arte de cuidarse a sí mismo. Comparado con el nyala, el kudu es un principiante

Rodney Wood, de su libro Big Game Shooting in Africa

Tengo, ya hace tiempo, una creencia cada vez más confirmada de que, cuando el Señor engendró a los animales en el sexto día de la Creación, tal y como recoge el libro del Génesis, pudo haber quedado redactado de la siguiente manera: “…Hizo Dios las alimañas terrestres de cada especie, y las bestias de cada especie, y toda sierpe del suelo de cada especie: y vio Dios que estaba bien… al llegar al nyala, ya a última hora de la atardecida, decidió concebir una bestia de belleza sublime, celestial”.

Y es que el nyala es principalmente un ‘dibujo hecho antílope’, una obra de arte animal.

Si a esa belleza le añadimos un comportamiento receloso y precavido, junto a su increíble mimetismo en los lugares de bosque y sabana densa donde habita, estamos, sin duda, ante un bonito reto para el cazador ávido de emociones fuertes.

Su nombre común deriva de la palabra zulú inyala, mientras que su denominación latina, Tragelaphus angasii, hace referencia a su género y al nombre de su descubridor.

Sería el explorador, naturalista y pintor inglés George French Angas quien definió al nyala por primera vez durante su viaje por las provincias de Natal y el Cabo en 1846, llegando a cazar algunos ejemplares en el área de False Bay (Sudáfrica) siendo, tal vez, la última de las nuevas especies de antílopes que se ‘describieron’ por los científicos y exploradores de la época en el sur de África.

El mismísimo Frederick Selous, tal vez el icono más importante de la caza en África en el siglo XIX, llegó a cazar siete nyalas en el norte de las tierras de Zululand (Sudáfrica), mientras se encontraba recolectando especímenes para diferentes museos europeos, describiendo aquella cacería como una “experiencia de reptar entre el bush… en la densa jungla”. Continuaba en sus escritos haciendo referencia a las conversaciones que mantuvo con expertos cazadores nativos: “…cuando yo les pregunté acerca de si tendría la suerte de ver algún animal, ellos me contestaron que el imbala-intendi (nombre que recibe la especie en Amatongaland) es muy astuto; él vive en jungla más densa y nunca sale a los claros excepto por la noche; él es muy astuto; es un hechicero, es el imbala-intendi.

Una de las primeras publicaciones donde se describe al nayla a los ojos de los occidentales recibía el nombre de Caza Mayor e Historia Natural del Sur y el Sureste de África que data de 1875 y fue escrita por Edmonson and Douglas, los cuales quedaron perplejos ante la especie afirmando: “…quizás, el más bonito de todos los antílopes que hemos visto es el nyala…”, acompañando datos sobre sus comparaciones con otros miembros de la tribu tragelaphine y sus correspondientes hábitats.

Uno de los libros pioneros donde se hablaba sobre lo que representa la caza del nyala se publicaba en 1923 con el título de African Hunting among the Thongas. En éste, George Agnew Chamberlain realiza un profundo trabajo acompañado de importante material fotográfico.

Nuestro protagonista se encontró originalmente distribuido por Mozambique (hábitats densos al sur del río Zambeze) junto con las tierras de Zululand (en la provincia de Natal).

También existe un núcleo aislado en el valle de Shire (Malawi) al norte del río Zambeze. Existieron poblaciones en Suazilandia extintas hacia mediados del siglo pasado, debido principalmente al furtivismo, aunque se están llevando a cabo proyectos de reintroducción en los diferentes parques naturales de este pequeño país.

Mozambique ha estado trabajando durante los últimos años en potenciar en sus tierras esta especie tan emblemática con un gran trabajo de gestión, que se está traduciendo en poblaciones cada vez más saneadas y una altísima calidad de sus trofeos.

La población actual en Sudáfrica supera con creces los 30.000 y sigue in crescendo gracias a los esfuerzos del Consejo de parques de Natal

La población actual en Sudáfrica supera con creces los 30.000 individuos y sigue in crescendo gracias a los esfuerzos llevados a cabo desde el Consejo de Parques de Natal, los cuales comenzaron a capturar ejemplares para trasladarlos a otras áreas protegidas y reservas de caza privadas. Podremos encontrarlos en las provincias de Limpopo, North West, Mpumalanga y el Eastern Cape. Actualmente, dos de los mejores lugares para poderlos contemplar son el Parque Kruger y Hluhluwe Reserve (Natal)

Aquí tampoco estamos exentos de la cría intensiva y la obsesión por la calidad del trofeo, lo que ha llevado a algunos propietarios privados a vender sementales a precios exorbitados (más de 60.000 euros por ejemplar). Actualmente, quizá sea, junto al búfalo y el sable, uno de los animales más requeridos por los ‘coleccionistas de récords’ más pendientes de las pulgadas que de lo que supone cazar un animal tan especial, en un hábitat tan agreste y complejo.

Tal vez sea el bosque de Zululand, en el sur de Sudáfrica, el mejor lugar para practicar su auténtica caza en su original hábitat, destacando unos cuantos destinos como Pongola, Mkuze, Hluhluwe o Magadu.

Craig Boddington, en su libro editado en 1997, Where Lions Roar, nos hacia una introducción a la especie hablando de sus poblaciones en países como Mozambique y Zimbabue. Concluye: «la verdad es que los ranchos de Sudáfrica ofrecen no sólo la mejor opción para poder cazar este bello antílope de cuernos espiralados, sino también la mejor calidad de los mismos. Lo mejor de lo mejor es sencillamente la región conocida como Zululand».

Por lo tanto, si eres cazador principiante, como si tienes algo de experiencia en la materia, creo que, una vez más, debemos primar la cacería y el lance sobre el trofeo.

Tengamos en cuenta que nos encontramos ante una deliciosa ¡criatura divina! (Continuará).

Por Alfonso Mayoral  / Fotografías: autor y A. Sanz  / Pintura: Iñaki Blanco

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