Tórtolas europeas y codornices, de nuevo en el punto de mira

El primer día de caza en media veda siempre es especial. Fotografía: Bartomeu Seguí

El 15 de agosto para muchos es momento de festejos, encuentros y retornos al pueblo que nos vio crecer, pero para los cazadores es algo más, es el día marcado en buena parte de España para la apertura de la media veda.

El primer día de caza en media veda es especial, en el que retomamos el pulso, algunos después de muchos meses de espera, a nuestra afición más preciada, la caza.

Ese día, muy de mañana, volveremos a pertrecharnos con nuestros archiperres cinegéticos y, en compañía de nuestros perros y cuadrillas, saldremos de nuevo a disfrutar del aroma fresco del campo al amanecer y de las sensaciones que, de un soplido, volverán a ocupar nuestras cabezas con sonidos de otros tiempos, cuando el padre o el abuelo, con aquella sabiduría casi mágica, nos decían por donde acompañar para dar la mejor mano a las preciadas codornices, o nos indicaban los mejores pasos de palomas y tórtolas, en aquellos tiempos en los que alcanzar el cupo no era un problema, aún siendo muy superior a los establecidos en la actualidad, si es que había cupo.

Hoy en día corren otros tiempos… Fotografía: Bartomeu Seguí

Tiempos distintos

Hoy en día corren otros tiempos. Muchos de nuestros abuelos nos miran desde otras atalayas, seguramente satisfechos por ver que un año más la tradición continúa y que los valores que con tanto esfuerzo y pasión nos inculcaron siguen dando sus frutos con el respeto al campo, a la caza y a la conservación.

Sin embargo, esa satisfacción se tornará gris al comprobar como aquellos lindes y ribazos en los que se guardaban las codornices, o las lagunas y charcas o las pequeñas parcelas de guisantes y garbanzos que tantas tórtolas ‘daban’, han ido desapareciendo hasta, en muchos lugares, dar lugar a un paisaje desconocido, muy alejado de aquel que algún día albergó sus andanzas.

Esos cambios, silenciosos y constantes, han ido haciendo que, de nuevo, nos enfrentemos a una temporada incierta, irregular y plagada de incógnitas, a la que hay que añadir el imparable efecto del cambio climático o, al menos, meteorológico de los últimos años, que hace que los inviernos no sean inviernos ni las primaveras sean lo propio.

Si alzamos un poco más la vista, a este panorama tenemos que añadirle la situación cambiante que se está produciendo en el norte de África, en el que, además de la ausencia de gestión y control de capturas de codornices o tórtolas europeas, hay que sumarle un cambio progresivo en el hábitat, de la mano de un desarrollo de la agricultura de regadío que está haciendo que algunas especies prefieran no atravesar ya  el Mediterráneo o, incluso, modifiquen sus rutas priorizando otras en las que el objetivo no sea alcanzar la península Ibérica, sino otras costas más al este de Europa.

Todos estos aspectos hacen que, año tras año, los censos estivales de especies cinegéticas como codornices y tórtolas europeas, y también de otras muchas ligadas a medios agrarios, migratorias o no, vayan sufriendo una disminución progresiva que se ve también reflejada en los datos publicados por administraciones, entidades ornitológicas y sociedades de cazadores que van recogiendo tablas de caza cada vez menores en las últimas décadas.

¿Qué podemos esperar?

En el caso de la codorniz siempre es difícil hacer previsiones a medio plazo, con los cambios mencionados en la agricultura, con el incremento de las siegas en verde y el adelantamiento de las cosechas con el aprovechamiento máximo de los rastrojos.

En el caso de la tórtola europea, la situación se vuelve quizás más alarmante puesto que los datos generales de las últimas décadas muestran descensos profundos y sostenidos a los que, por desgracia, ecologistas y administraciones solo responden con restricciones a la actividad cinegética y un objetivo claro, al menos de los primeros, de tratar de conseguir prohibir su aprovechamiento en todo el país.

Sin embargo, cuando se trata de abordar las verdaderas causas que están llevando a la especie hacia una peligrosa situación, se encuentra una tibieza impropia de los que se definen como defensores de su conservación.

En ambos casos, la intensificación de la agricultura, uso y abuso de herbicidas y plaguicidas, envenenamientos silenciosos con sistemas de riego cargados de suplementos minerales y otras sustancias químicas, la destrucción de linderos y ribazos, la desecación de charcas, arroyos y otros cauces, las siegas de forrajes en verde, la presión de la propia tórtola turca, en un limbo legal, o de la paloma torcaz y, por qué no decirlo, el incremento notable de predadores oportunistas, como los gatos asilvestrados o, incluso, las propias cigüeñas blancas, hace que nos encontremos en una situación sin retorno, que más pronto que tarde dará lugar a un colapso de estas especies.

Propuestas de gestión

A pesar de que, como hemos analizado, la situación es preocupante, no debemos caer aún en la desesperación y tenemos que seguir luchando por conservar especies y modalidades cinegéticas que tantas horas de satisfacción nos han dado y nos deben seguir dando en un futuro.

Para ello es necesario trabajar para adoptar medidas que intenten, al menos gradualmente, ir contrarrestando algunas de las circunstancias que están provocando esta situación.

De lo general a lo particular, a pesar de que nos parezca lejano y difícil de conseguir, quizás deberíamos comenzar por instar a nuestros representantes a que lleven de forma seria el problema a Europa para que sea la propia UE la que trate de alcanzar acuerdos de gestión con países del norte de África en los que se emplean métodos y cupos que no serán sostenibles a corto y medio plazo.

En un mundo global y globalizado no queda otra alternativa que ampliar miras y proponer acciones globales de gestión, al menos cuando se trata de especies migratorias que atraviesan por periodos críticos en lugares muy dispares y distantes entre sí, como ocurre con las que nos ocupan.

Esos mismos representantes deben ser los encargados también de conseguir otros objetivos a nivel nacional. Entre ellos debería trabajarse intensamente para lograr la modificación del estatus de la tórtola turca hasta permitir que legalmente se pueda llevar a cabo un aprovechamiento sostenible también de esa especie que compite con la europea. De igual forma es importante insistir en el establecimiento de sistemas de control efectivo de otras especies, como los gatos asilvestrados, así como intentar abrir el debate sobre la gestión de la cigüeña blanca, que en algunos lugares supone ya un verdadero problema, no sólo para codornices, perdices o incluso liebres, sino también para otras muchas especies amenazadas, como diversos anfibios y reptiles ibéricos.

A partir de ahí no nos queda otra que ponernos manos a la obra e ir dando pasos hacia la recuperación de ambas especies.

Existen estudios que han analizado el uso del hábitat por parte de especies como la tórtola europea, comprobando que sus densidades llegaban a ser seis veces superiores en zonas de sotobosque que en áreas agrícolas, existiendo una correlación positiva entre la densidad de estas aves y la cantidad de zonas de linderos con matorral y zonas de bosque cercanas a cultivos, puesto que son las áreas de preferencia para establecer los nidos y efectuar las puestas.

Estos resultados nos pueden dar pistas importantes sobre el interés de la recuperación de determinadas zonas de nidificación de esta especie mediante la recuperación de setos y linderos, complejos o rodetes con matorral que, sin duda, beneficiarán también a otras especies, como la codorniz.

Como ocurre en el caso de la perdiz roja, que también está atravesando un periodo crítico, es imprescindible igualmente estimular políticas encaminadas a lograr una agricultura más sostenible y respetuosa con el entorno que, manteniendo la competitividad del sector, vaya de la mano de una reducción del uso de plaguicidas y herbicidas y el aumento de la diversificación de cultivos, en la que se fomenten especialmente algunos de elección para la codorniz o la tórtola europea, como el girasol o algunas oleaginosas y leguminosas.

No serán necesarias parcelas de siembra de gran tamaño, sino, más bien, varias, pequeñas y bien ubicadas, que fomenten una distribución homogénea de los bandos, evitando grandes puntos de concentración de animales que pueden favorecer la predación o la sobrecaza.

La presencia de agua es también un aspecto imprescindible para estas especies, que están presentes en la Península en los meses más críticos en este sentido, de ahí que el adecuado mantenimiento, conservación o recuperación de puntos de agua en forma de charcas, arroyos, fuentes naturales o, en su caso, bebederos, favorecerá su presencia en nuestro coto y mejorará las tasas de reproducción.

En definitiva, aún disponemos de herramientas y tiempo para poder revertir la situación, aunque a corto plazo es probable que en muchos cotos de nuestro país un año más el interés de la media veda se mantenga con el aprovechamiento de torcaces y bravías, mientras que codornices y tórtolas europeas responderán con capturas discretas y muy alejadas de las que aquellos que nos enseñaron a cazar pudieron disfrutar hace algunas décadas.

Un artículo de Carlos Díez Valle y Carlos Sánchez García-Abad

Equipo Técnico de Ciencia y Caza / www.cienciaycaza.org

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