A galope por las crestas

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A todos aquellos que corren tras sus sueños.

¡Allí está! En lo alto más alto del glaciar, allí está, saboreando nuestra desesperación de saber que nada ni nadie le puede derrotar, estamos en las montañas más altas del mundo, pasando fríos, calamidades, calumnias de una cordillera que no nos quiere, que no nos acepta. Dios ha decidido restar siglos a nuestro purgatorio a cambio de unas semanas en el Asia Central. Es imposible. Vamos tras los carneros más audaces de la tierra. Los argalis de Karelini, los argalis más veloces del mundo.
Llevamos diez días de desazón, de desesperación, de ver a kilómetros unos puntitos blancos que huyen antes de que los veamos. Esta caza no es que sea buena o mala, es imposible. No existe rifle en el mundo con el que echarlos al suelo. No soy capaz calmar la angustia que me abate. Los caballos no pueden más. Los jinetes tampoco. Aliento al atalayar un gran cerro. Desaliento al no ver nada. Esperanza de que, a lo lejos, una piara de carneros se ha echado a sestear. Es tarde. Por la  situación de su encame creemos que van a pasar la noche allí. Hay algo de luna, los carneros son diurnos. Durmamos un par de horas y salgamos a dar un rodeo para entrarles por el río, reptando como lobos, para alcanzar la piedra desde la que poder mascar una oportunidad.
Son las dos, tengo los pies helados, el cuerpo cubierto de nieve y apenas he dormido. Los caballos están listos. Vamos. Comenzamos nuestro rececho con tenue luz. Nuestros ojos, son los de nuestros animales. Saben que de su cuidado al pisar depende nuestro éxito. Llevamos tres horas aproximándonos. Hemos llegado al río. Nos apeamos. Kola se queda con los caballos. El pequeño grupo se aproxima a la pelota de carneros. Voy el primero reptando, muy despacio. Por Dios que estén allí. Beso mi medalla. Sácanos de este purgatorio, tengo las manos agrietadas del frío, el corazón palpitante y el alma desgarrada.
Nos asomamos despacio. ¡Allí estaban! Hay unos doscientos metros, están al otro lado de la vaguada, un poco por debajo de nosotros. Preparo apoyos, al segundo por la derecha, al segundo. Es el más puntero.
Mi amigo dispara, el grupo corre. El macho está herido, se cae, se levanta, intenta correr. Dobla el tiro por tus muertos. “¡Dóblalo que nos quedamos sin cuernos!”. El rifle está atascado, por el frío, por la presión o por el destino. El carnero titubea, está tocado, le veo renquear a punto de desaparecer.
Salí como un galgo tras su liebre. Corrí como sólo correría un majara que huye de la muerte o quiere llegar a una meta. Salté por aquellas pizarras dispuesto a matarme, navaja en mano, como un forajido que busca eliminar a su carcelero. Como el zapador que quiere cazar al centinela. Como el guepardo famélico que sabe que sólo tendrá una única oportunidad de alcanzar su gacela.

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Gané metros, le eché hacia abajo porque en la hoya sería mío. Los guías están flipando y mi amigo, por fin, ha conseguido meter otro cilindro en la recámara. Pero por nada del mundo se iba a perder el desenlace.
Corro, salto, caigo, me levanto, el carnero se ve vencido. Se resbala y logro lanzarme sobre su lomo como un león contra un impala. Acabé con su sufrimiento. Miré a mi alrededor y, eufóricos, los guías comenzaron a gritar.
El sol amaneció un poco menos gélido de lo normal. Nos calentó las espalda, o tal vez fue la calma la que serenó nuestros impulsos más atávicos que hicieron a un joven loco extremeño ajusticiar a navaja a un imponente carnero, galopando a tumba abierta por las crestas más altas del mundo.
Por M. J., “Polvorilla”

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