‘La caza como una garantía de salvaguarda medioambiental (VIII): ¿caza vs. fauna protegida?’, por Antonio Conde

REBATIENDO ALGUNAS MENTIRAS

¿Caza versus fauna protegida?

Tal cuestión es absolutamente ficticia en la actualidad y, si se ha producido, ha sido provocada por el desequilibrio causado por una mala aplicación de criterios de conservación. Es cierto que ha habido una época en que todo lo que era predación era perseguido hasta llegar a algunos límites inaceptables, pero el principal punto de fricción viene del criterio de población óptima de especies que se ha abordado en un punto anterior de esta exposición, es decir, que no podemos considerar como población óptima predadora la que soportaría una población presa que sólo llega a esos niveles por gestión humana.

No obstante, siempre habrá que reconocer que hay especies que deben ser consideradas inatacables, como son, por ejemplo, las grandes águilas.

El lobo como ejemplo de especie protegida y su gestión cinegética. Necesidad de control de población

Por cuestiones más sentimentales que racionales prefiero salirme del caso de las rapaces para tratar este tema e ir al caso del lobo para intentar explicar, como ejemplo exportable a muchas otras especies, esta cuestión.

El lobo ha sido considerado como especie inatacable durante mucho tiempo, dada su escasísima población. Sin embargo, pasados unos decenios y gracias a unas correctas medidas de protección, la población del lobo está fuera de peligro, así como en clara y evidente expansión, hasta el punto de que es objeto de control poblacional através de la caza. Pero eso ocurre al norte del Duero, porque al sur del Duero o en Portugal es especie protegida. Es paradójico que las poblaciones más estables y con más futuro del lobo se encuentren, precisamente, al norte del Duero (pero siempre en España), desde donde ha venido colonizando toda la meseta norte y ha llegado a la Sierra de Madrid y Sierra de Gredos (muchos incluso hablan de presencia no reconocida oficialmente en las dehesas de Oropesa y zona norte de La Jara). Y digo que es paradójico porque si la caza fuera una gestión errónea, ni las poblaciones al norte del Duero serían las que son, ni hubiera sido posible su expansión al sur.

Mención especial debe hacerse a Portugal, donde la caza del lobo está prohibida en todo el territorio y, sin embargo, su muy puntual recuperación se da por la expansión desde la provincia de Zamora (Sierra de la Culebra) que nunca por mejoras en las poblaciones originarias de Portugal. En este mismo sentido y en apoyo de lo que acabo de exponer me remito al excelente artículo de Tomás Blanco publicado en La Opinión de Zamora: https://www.laopiniondezamora.es/opinion/2015/01/14/pan-pan-lobo-pum/816107.html

En el mismo sentido, se cita la nota de prensa dada por el Colegio de Ingenieros de Montes de Madrid el 10 de marzo de 2017, como consecuencia de la manifestación protagonizada el 12 de marzo de 2017 por diversas asociaciones ecologistas, protestando por las autorizaciones administrativas para abatimiento de lobos. http://www.ingenierosdemontes.org/Prensa.aspx?id=la-poblacion-de-lobos-se-ha-recuperado-en-espana-y-europa-de-forma-significativa

Destacamos lo enormemente curioso que es el que los ecologistas arremetan contra un modelo de conservación (basado en el control poblacional, que no es otra cosa que la caza) cuando ha quedado demostrado hasta la extenuación que funciona de forma más que efectiva. O quizás por ello; porque ha demostrado que funciona. Y ello lo hacen aún en contra de los grandes técnicos del Medio Ambiente, que no son precisamente los ecologistas, entre los cuales (los ecologistas) puedo citar a su líder emblemático en ‘defensa del lobo’, Luis Miguel Domínguez Mencía (que dirige la asociación Lobo Marley) que lo más destacado que ha realizado ha sido destruir dos torretas de observación cinegética, lo que le ha costado estar procesado por un delito por el que se le solicita la pena de dos años y medio de cárcel y se le ha exigido una fianza de 50.000 euros.

Es curioso que los ‘grandes gurús del lobo’ del ecologismo español, los de Lobo Marley, además de dedicarse a reflejar en las redes sociales sus destrozos a la propiedad privada motosierra en mano al grito de “a tomar por culo” (sic, de Luis Miguel Domínguez Mencía), demuestran tal desconocimiento de esa especie que hasta editaron un video protesta por la muerte de lobos, mostrando como se cazaban dos, cuando en realidad se trataba de un video ya publicado de caza de coyotes en EEUU. Tal fue la crítica que tuvieron que rectificar públicamente, excusando su ‘desliz’ en que, la mala calidad del video (efectivamente se trataba de un video con poca luz) unido al gran parecido del paisaje con algunas zonas de España, llegó a confundirles. Tal excusa es patética puesto que, dentro de la poca luz del vídeo, lo que es imposible de determinar es precisamente el paisaje, pero los coyotes se ven con sobrada calidad como para querer justificar el confundirlos. Estos son los gurús de la conservación del lobo.

¿Por qué con el lobo se han dicho y hecho muchas cosas que nadie se atreve con otras especies?

El lobo tiene un problema muy particular respecto del resto de predadores; que afecta de forma clara a la ganadería tradicional, lo que ha hecho necesario hacer un cálculo de óptimos de poblaciones, porque no se trata de que haya tantos lobos como pueda haber por su simple reproducción, sino que haya tantos lobos como permita sus posibilidades originales de presa, sin contar entre las ‘posibilidades originales’ o ‘posibilidades naturales’, las aportadas por la acción del hombre.

Ejemplo trasladable a otras especies. Especificidades:

Trasladando este esquema a otros predadores, la única diferencia entre el cálculo de las ‘posibilidades naturales’ del lobo y de otras especies es que nadie incluye a la ganadería, mientras que a día de hoy muchos consideran inaceptable que esa analogía de criterio se traslade al aumento de población cinegética causada por la gestión cinegética. Cabe también aquí el ejemplo que pusimos con el zorro.

No obstante, sí debemos señalar que en estos casos los controles de población deberían hacerse en un global más general de extensiones, acomodándolo a las respectivas zonas de campeo de las diferentes especies. Es así como se hace con el lobo en el norte de España, donde los permisos de abatimiento se acomodan a grandes zonas que coinciden con las de campeo de esos animales, que no a la extensión de cada uno de los cotos particulares. Sería necesario así establecer unos ‘supercotos‘ a los solos efectos de distribuir los abatimientos y, en su caso, repartir los ingresos que pudieran darse por ellos, con el fin de que con ellos se hiciese un reparto equitativo entre los propietarios incluidos en los mismos en atención a diversos criterios, ya sea por la extensión, como por los daños producidos.

Resumiendo en este punto, el criterio primigenio que debe guiarnos en la gestión ambiental es la del equilibrio, consagrando que este no se mantenga nunca por debajo de su estado original, pero sin que en ese estado original se incluyan los excedentes alimenticios causados por el hombre. Todo lo que no sea así es desequilibrio. Y en este punto siempre me gusta acudir a un ejemplo fácil de entender: si las medidas de hiperprotección de los grandes felinos africanos llevaran a las poblaciones de ñúes, otros antílopes y cebras a ser sólo el doble de las de esos grandes felinos a proteger, nadie duraría de que estaríamos ante un desastre ecológico de primer orden, por mucho que esas piezas presa no estuvieran en estricto peligro de extinción. Pues bien, ese desastre ecológico lo tenemos en España, donde especies como conejo, liebre y perdiz están en unas situaciones inaceptables. Sin embargo, como son especies de caza, nada parece importarle al mundo ecologista ni a una Administración cada vez más ecolojoide.

Un artículo de Antonio Conde Bajén

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