Pluma invitada: ‘Caperucita y el furtivo’

 


¡Qué viene el furtivo! ¡Qué viene el furtivo!, gritaba el cazador proclamando su inocencia en las redes sociales… Esto incluso sería gracioso si no fuera una realidad. Una realidad basada en el victimismo “políticamente correcto” al que se ha visto obligado el cazador mal asesorado por algunos referentes de opinión, ante los constantes ataques de las hordas animalistas en los medios y redes sociales.Pero, prescindiendo de lo anterior, creo que ya es hora de llamar a las cosas por su nombre: <Aquel que caza fuera de la observancia de la ley, es un “cazador furtivo”>. La RAE define al furtivo, como aquel “que caza, pesca o hace leña en finca ajena, a hurto de su dueño”. Y el ordenamiento jurídico español no contempla en él la figura del furtivo. Por lo tanto y en lo que aquí nos ocupa, para que el furtivo exista es imperativo que se lleve a cabo la acción de cazar. Luego es impepinable que existe la “caza furtiva”, y quien la practica no es otro que “el cazador furtivo”. Por lo tanto, dejemos de rasgarnos las vestiduras y reconozcamos que existen delincuentes que vulneran la ley practicando algunas artes de caza, y a estos se les denomina “cazadores furtivos”. Y no hay más vuelta de hoja. Además, no hay ningún descrédito en ello para el cazador; también existe el conductor borracho, el político corrupto, y el periodista inepto… (creo que hoy no voy a hacer referencia al “animalista que toca de oído”).

Otra de las grandilocuentes frases con que se llena la boca el amigo de Caperucita es que ¡la caza es deporte¡ Yo, cuando escucho esto, y perdón por la licencia, no puedo imaginar a D. Miguel Delibes calzándose unas apretadas y coloridas mallas, para salir al encuentro de un par de patirrojas. La caza no es un deporte, es cierto que existen dentro de las cuarenta modalidades y setenta y cinco métodos de caza (J. L. Garrido, 2015), algunas de ellas susceptibles de competición. Pero nunca he oído hablar de campeonato de España de aguardos ni del provincial de rececho ni nombrado como olímpica la caza de la codorniz al salto. Para que la caza lo sea, su resultado ha de ser incierto y, en ese tipo de competiciones a las que aludimos, lo único incierto es la pericia de los partícipes. ¿Qué el cazador está a la altura del mejor deportista?, sin ningún tipo de duda, ha de estar preparado física y psicológicamente, y conocer a la perfección el reglamento de la modalidad en la que participa (ley de caza, orden de vedas…). Y si queréis que ricemos el rizo, sólo añadir que para participar en competiciones deportivas es necesaria la afiliación a una federación. Para la práctica de la caza, no.

La caza es, sin lugar a dudas, una forma de vida, una actividad tan hermosa que encumbra al hombre hasta lugares inaccesibles, tan consustancial al ser humano que no es necesaria la justificación de su práctica ni escudarse en pretender ser más ecologista que tal o más conservacionista que cual. La caza está muy por encima de todas esas memeces y el buen cazador lo sabe. Como sabe desenvolverse en el medio natural, apoyar y proteger su uso y su gestión, sin tener que leerse el panfleto de la SEO o Ecologistas en Acción. Dicen que el roce hace el conocimiento y contra cuantas jaras, lentiscos, robles o peñascos, en las altas cumbres o los calmos llanos nos hemos dejado la piel, haciendo un punto de agua o levantando un majano, disfrutando esa forma de entender la vida a la que llamamos caza.

No hay nada que más me llene de orgullo que el escuchar cuando a mi paso alguien susurra: “¡Hay va un cazador!”.

Por Laureano de las Cuevas.

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