Opiniones

Coloquios con J. I. Herce: Pablo Ortega, por un necesario cambio de rumbo

En Pablo Ortega (PO) la caza y la conservación van muy unidas, es cazador y, a la vez, también ornitólogo. Desde muy joven ya era socio y anillador de la SEO, fue cetrero y dirige en este momento algún proyecto de conservación de gran relevancia, como el Proyecto Aequilibrium. Pablo aboga por un necesario cambio de rumbo.

Pablo, ¿qué sentimiento nace antes en ti, el de cazador o el de naturalista?

PO: Me cuesta separar uno de otro, pero lo que sí te puedo decir es que llego a la conservación a través de la caza. Yo empiezo a ir de caza muy pronto, acompañando a mi padre ya con cinco o seis años. A la vez, en mis veranos manchegos de niño y adolescente la principal diversión, a falta de ordenadores y videojuegos (ríe), era cazar pajarillos con la escopeta de aire comprimido. Según esto y si tengo que establecer un orden, antes tuve una carabina de aire que un libro de ornitología… pero lo cierto es que manosear esos pajarillos que cazaba despertó en mí un apasionado interés por conocer mejor a toda la naturaleza que me rodeaba.

Oyéndote cada vez me reafirmo más en lo importante que es cuándo y con quién se inicie uno en el mundo de la caza, ¿no te parece?

PO: Es cierto, yo provengo de una familia en la que se suceden muchas generaciones de cazadores, pero fíjate que cuando yo no contaba quizá ni dieciocho o veinte años ya mi padre decía que yo sabía mucho más de campo que él mismo. Él tenía una gran experiencia y conocimientos de caza, pero nunca sintió la necesidad de ir más allá ni le preocupó, por ejemplo, saber de aves o de setas, por ejemplo.

Según lo que me cuentas, tu primera pieza de caza la cobrarías muy jovencito, ¿no?

PO: Al margen de los pajarillos mencionados, quizá mi recuerdo más claro de caza en soledad sea una tórtola con ocho o nueve años en un aguadero, por supuesto con mi carabina del 4.5. A esa misma edad ya hacíamos los hermanos (somos tres) esperas de conejos con mi padre.

Pablo, una pregunta obligada, ¿cómo entiendes tú la caza?

PO: Yo he entendido la caza siempre como un hecho consustancial al orden natural de nuestro mundo. Creo que lo que hace el hombre en su acción cinegética o depredadora no es sino imitar lo que en la naturaleza ocurre. La caza –sea humana o animal– es depredación, y ya desde Darwin se sabe que comer y evitar ser comido es el mecanismo fundamental de la evolución. El mundo es como consecuencia de la caza. Por otra parte y merced a ello, nuestra afición nos permite poder reingresar a la naturaleza de una forma ‘mágica’, algo que sólo el que lo ha experimentado puede entender.

«Yo he entendido la caza siempre como un hecho consustancial al orden natural de nuestro mundo. Creo que lo que hace el hombre en su acción cinegética o depredadora no es sino imitar lo que en la naturaleza ocurre»

¿Me dices entonces que ir en contra de la caza sería casi ‘antinatural’?

PO: ¡Claro! Esa visión animalista que se está propagando, que se basa en un mundo artificial y reinventado a capricho, completamente irreal, no resiste el más mínimo análisis. El mundo es como es y no lo podemos cambiar. Los lobos se comen a los corzos y los gatos a los ratones… Y así será por los siglos de los siglos.

¿Cómo ha ido cambiando o evolucionando la manera de entender la caza?

PO: Quizá sí ha habido una evolución en las últimas décadas, pero desde mi punto de vista no en suficiente grado. La conciencia de la sociedad actual demanda que la caza se adapte al espíritu conservacionista, irrenunciable hoy, y, aunque se han dado pasos en este sentido, todavía nos falta bastante por hacer.

¿Evolución, cambio o adaptación?

PO: Cuando uno se hace mayor y mira atrás, a su infancia o juventud, la nostalgia es el sentimiento más humanamente comprensible. Yo creo que en la caza no hemos ido a mejor y no puedo evitar añorar el romanticismo que rodeaba a esta actividad cuando yo era niño, sobre todo en lo que respecta a la libertad de las piezas; algo que tiene tanto que ver con el núcleo esencial de la caza que en ello estriba, en mi opinión, el que una acción humana sea caza o deje de serlo. Pienso que hay una clara frontera entre la caza y la ganadería. La piedra de toque para diferenciar una de otra es la existencia o no de campo de juego para la fortuna, es decir, que la pieza pueda no estar o no aparecer y que, por tanto, haya posibilidad de fracaso. Si soltamos perdices o faisanes de un jaulón, no hay riesgo alguno de ello y, por lo tanto, no es caza.

«Yo creo que en la caza no hemos ido a mejor y no puedo evitar añorar el romanticismo que rodeaba a esta actividad cuando yo era niño, sobre todo en lo que respecta a la libertad de las piezas; algo que tiene tanto que ver con el núcleo esencial de la caza que en ello estriba, en mi opinión, el que una acción humana sea caza o deje de serlo»

Probablemente estas afirmaciones a algunos les pueden parecer un tanto radicales. ¿Crees que actualmente tu concepto de caza es compartido por la mayor parte de los cazadores?

PO: En este aspecto no puedo ser muy optimista. La deriva que lleva la caza hoy en España no es compatible con el espíritu romántico del que hemos hablado. La caza se ha comercializado en exceso, la gente paga un dinero –a veces mucho dinero– y, lógicamente, pues hay una transacción comercial de por medio, quiere recibir a cambio algo tangible y garantizado. Nuestra cultura occidental busca hoy precisamente la inmediatez de resultados a toda costa y evitar la incertidumbre en todos los ámbitos de la vida.

«La caza se ha comercializado en exceso, la gente paga un dinero –a veces mucho dinero– y, lógicamente, pues hay una transacción comercial de por medio, quiere recibir a cambio algo tangible y garantizado»

Pese a todo, ¿qué papel otorgas a la ética y a la estética en la caza?

PO: Las dos cosas son fundamentales e inseparables entre sí. Cierto es que la ética es algo personal y nadie debe intentar imponer la suya a otros, pero lo que sí es cierto es que el día que desaparezcan ética y estética en la caza, esta se habrá acabado. El tratar con respeto a la pieza no es algo a lo que nadie te fuerce, al verdadero cazador le sale de dentro. La estética, además, hay que cuidarla hoy mucho más que antaño, porque la sociedad nos está mirando sin pestañear.

A tu juicio, ¿qué criterios ético-estéticos priman en este momento?

PO: Es triste decir que en buena medida tanto la ética como la estética que aún impera entre nosotros son muy diferentes a las que yo desearía. Si increíblemente hasta algunos programas de televisión son capaces de emitir imágenes ‘feas’, cómo no lo va a hacer un cazador cualquiera desde su teléfono móvil. Ahora está al alcance de cualquiera con el agravante de que, además, las imágenes se distribuyen de manera inmediata. Como no hagamos pedagogía con estos temas, estamos perdidos porque, como dije antes, la sociedad nos está observando muy de cerca.

Hablar de Pablo Ortega es hablar de corzos, ¿qué te hizo convertirte en cazador de corzos?

PO: No lo descubrí hasta los veintitantos años, quizá porque aquella caza que yo había conocido en La Mancha y de la que te he hablado se había ido artificializando, perdiendo de alguna manera el romanticismo que a mí me atraía de ella. Es entonces cuando en la vieja Castilla me encontré con el corzo, un animal en el que la fortuna seguía siendo determinante, del que se podía conseguir un gran trofeo inesperado casi en cualquier humilde pueblo, sin que costase una fortuna y, sobre todo, sin garantías, que es lo que a mí me gusta (sonríe). Además, ese animal me apasionó porque tenía la escala adecuada: su trofeo, estéticamente muy atractivo y variado, encaja bien en cualquier casa, sin necesidad de tener un pabellón de caza; y su carne –yo soy de los que piensan que se debe consumir la carne de lo que has cazado– es deliciosa, perfectamente manejable por su tamaño y sin ningún riesgo sanitario.

«El corzo me apasionó porque tenía la escala adecuada: su trofeo, estéticamente muy atractivo y variado, encaja bien en cualquier casa, sin necesidad de tener un pabellón de caza; y su carne –yo soy de los que piensan que se debe consumir la carne de lo que has cazado– es deliciosa, perfectamente manejable por su tamaño y sin ningún riesgo sanitario»

¿Cómo has visto la evolución de la caza corzo en los últimos años?

PO: He tenido la suerte de vivir la época de la expansión del corzo a zonas insospechadas antes, con magníficos trofeos y un estado de salud envidiable, pero también la desgracia de ver llegar la saturación de la capacidad de carga a algunas zonas y, con ella, la aparición de enfermedades y parásitos densodependientes, como Cephenemya o Hypoderma, algo impensable hace veinte años. Además ahora se ha puesto de moda su caza de manera desmesurada y a precios desorbitados.

¿Te consideras un ‘talibán’ de la caza del corzo?

PO: Creo que el corzo muestra el camino al cazador, ese camino de la caza auténtica del que hablábamos antes. El corzo nos ha sido puesto delante por la Naturaleza en buena medida de manera gratuita, pues el hombre no ha buscado ni trabajado por favorecer la increíble expansión de la especie. El corzo es una gran escuela y una oportunidad que no se debe desaprovechar pues, generosamente, nos está mostrando el camino para enamorarnos del rececho, del campo, y nos está ofreciendo en nuestros días la posibilidad de cazar de verdad, disfrutando de esos inigualables amaneceres o atardeceres de primavera. Y lo hace, además, de manera ‘democrática’, poniéndose al alcance del cazador de a pie, pues el corzo ha llegado a innumerables cotos de pueblos y sociedades de cazadores.

«Creo que el corzo muestra el camino al cazador, ese camino de la caza auténtica. El corzo nos ha sido puesto delante por la Naturaleza en buena medida de manera gratuita, pues el hombre no ha buscado ni trabajado por favorecer la increíble expansión de la especie»

A la hora de afrontar una jornada de caza, ¿qué crees qué impera, la calidad o la cantidad? ¿Hemos pasado de disfrutar jornadas de caza a pasar días de tiro?

PO: Debería imperar la calidad de la caza, la del trofeo no. Nos ocuparía demasiado debatir acerca de qué se debe entender por un trofeo ‘de calidad’, que para mí no es muchas veces el que más puntos CIC tiene. En mi opinión, hay que volver a disfrutar de la caza por sí misma y valorarla no por la cantidad de piezas cobradas (en la menor) ni por la puntuación del trofeo (en la mayor). Hoy día por desgracia no es muchas veces así.

«En mi opinión, hay que volver a disfrutar de la caza por sí misma y valorarla no por la cantidad de piezas cobradas (en la menor) ni por la puntuación del trofeo (en la mayor)»

Estamos hablando mucho del cazador, pero, ¿y el gestor?, ¿qué papel está desempeñando en esta situación actual? ¿Qué está primando a la hora de hacer gestión?

PO: Entiendo que hay que hacer gestión, pero es una palabra que me da mucho miedo ya que la frontera entre gestión y artificializacion es muy difusa. Hoy, en Europa Occidental, es absurdo pensar que el campo haya de conservarse y mantenerse solo, al margen del ser humano, pero hay que tener claro dónde empieza y dónde acaba esta gestión, para no pasar la raya.

De tus experiencias cinegéticas fuera de España, ¿qué importarías a nuestro país?

PO: Dos cosas: una el respeto a la pieza, que en países como Austria o Alemania llega hasta extremos tan llamativos como que esté mal visto simplemente pasar de una zancada por encima de una res cuando está muerta en el suelo; y la otra, el aprecio que tienen por la carne de caza, que valoran como una exquisitez, cosa que en nuestro país curiosamente no ocurre. Y esto último es muy importante de cara a la sociedad. Quitar la vida a un animal tan sólo para colgar sus cuernos o colmillos de una pared cada vez será peor entendido y aceptado.

«Quitar la vida a un animal tan sólo para colgar sus cuernos o colmillos de una pared cada vez será peor entendido y aceptado»

¿El mejor recuerdo de tus lances cinegéticos?

PO: Una jornada de frío invierno en tierras sorianas con mi hijo Alfonso cuando tenía seis o siete años. Nos colocamos juntos en un puesto de espera, con el humilde objetivo de algún conejillo, y consiguió abatir un zorro carbonero. Su carilla de felicidad y los abrazos posteriores, no los olvidaré nunca.

Y, ¿el peor?

PO: Un accidente de caza que no quiero recordar.

¿Qué consecuencias tiene la caza ciegamente trofeísta?

PO: Hay que reconocer que el trofeísmo tuvo su momento. Pero, aparte de que se ha demostrado científicamente que, si se caza con intensidad y sin medidas compensatorias, puede acarrear consecuencias de selección negativa en las especies, implícitamente el propio significado de la palabra implica exhibición, y la exhibición del triunfo del otro (sobre todo en nuestro país, en el que la envidia fue siempre el pecado capital) produce inevitablemente una reacción negativa (sonríe). Y si encima unimos esto a que por muchos se asocia un trofeo de caza a la clase dominante o privilegiada, entenderemos el generalizado rechazo de la sociedad. Eso no pasa con la caza de pueblo, por ejemplo.

Cambiando un poco de tema, ¿Qué papel juega el correcto despiece de una canal después de una jornada de caza?

PO: Ya he dicho que creo que es obligación moral del cazador dar noble destino a la pieza cobrada. Y para ello es necesario saber lo que hay que hacer en el campo. Es fundamental el tratamiento que se le dé allí al animal. De hacerlo bien a hacerlo mal hay un mundo en el sabor y calidad de lo que va a la mesa.

Al respecto de los nuevos parásitos del corzo que mencionabas al corzo, ¿crees que se está trabajando bien para controlarlos?, más concretamente desde la Administración.

PO: En cuanto a las Administraciones públicas soy pesimista. Desgraciadamente en este país no se está avanzando en este aspecto, al menos que yo sepa. Desde la ACE intentamos hacer cosas, pero nuestros medios son limitados y carecemos del necesario apoyo oficial.

Quizá sea hora de hacer examen de conciencia: ¿qué estamos haciendo mal y cómo repercute eso en el futuro de la caza?

PO: Quizá nos esté faltando el valor de barrer nuestra casa nosotros mismos antes de que vengan otros a mostrarnos nuestras ‘miserias’. Tendríamos que ser los propios cazadores los que abanderásemos la lucha por la desaparición de ciertas prácticas, o propugnásemos el establecimiento de cupos más reducidos para ciertas especies, como la codorniz.

«Quizá nos esté faltando el valor de barrer nuestra casa nosotros mismos antes de que vengan otros a mostrarnos nuestras ‘miserias’. Tendríamos que ser los propios cazadores los que abanderásemos la lucha por la desaparición de ciertas prácticas»

Como consecuencia de ello, el cazador español, acosado por el animalismo en boga, ¿crees que está hoy suficientemente maduro para entender que la caza o evoluciona hacia algo que la sociedad pueda entender o está condenada, más pronto que tarde, a desaparecer?

PO: Creo que frente al animalismo se están produciendo dos reacciones: una, la de la gente de nuestra generación, a la que no le preocupa especialmente el tema ni piensa cambiar («total, para lo que me queda»); y otra, la de los jóvenes, que palpan el sentimiento de la sociedad y saben que o hacen las cosas bien o esto se acaba.

Nuestro común amigo Eduardo Coca (Eduardo Coca: «La caza ha de ser escasa para disfrutarla». Coloquios con José Ignacio Herce) me dijo sobre la caza: «La han convertido en un objeto del comercio, un bien de consumo para la vanidad personal y la presunción social», ¿qué te parece esta afirmación?

PO: En buena medida coincido con lo que dice Eduardo y de hecho creo que se trasluce en buena parte de esta entrevista. Creo que eso es lo que produce el rechazo de la sociedad.

Tres reglas básicas que debería de cumplir todo cazador que se precie de serlo…

PO: ¿Hoy día? (Piensa). Primero, y en relación con la Naturaleza, que lo que estemos cazando encaje dentro de una óptica de conservación o de gestión del medio; es decir, que nuestra salida al campo y lo que en él hagamos no produzca daño ni perjuicio alguno al medio ambiente. Segundo, ya en relación con uno mismo, ser honesto con tu actuación respecto de tus propias exigencias y principios, saliendo a cazar para ti y para tu satisfacción personal y buscando objetivos más nobles que solo conseguir un trofeo que exhibir. Y, en tercer lugar y con respecto al animal, manifestarle respeto, proporcionarle una muerte lo más rápida y digna posible y, por último aprovechar, su carne.

«Lo primero que se debe cumplir es que nuestra salida al campo y lo que en él hagamos no produzca daño ni perjuicio alguno al medio ambiente»

Algo que yo considero fundamental de cara al futuro, ¿crees que a los jóvenes se les está iniciando bien en el mundo de la caza?

PO: Probablemente no. Y es que a los jóvenes hay que llevarlos a que vayan subiendo peldaños de la escalera de la caza poco a poco. Para que la valoren de verdad deberían empezar por unos conejillos de espera o algunas codornices con el perro, e ir ascendiendo poco a poco, como en cualquier aspecto de la vida. Pero por desgracia ya casi no queda caza menor natural y cada vez los jóvenes desde muy pequeños se están acostumbrando a conseguir grandes trofeos, sin haberlos deseado ni sufrido, ¿qué les queda para el futuro?

¿Ha desaparecido el romanticismo de la caza en España?

PO: Desaparecer no ha desaparecido, está ahí y hay que recuperarlo. Al final el cazador que lo es, suspira por reingresar en esa Naturaleza que llevamos en nuestros genes, por volver a los espacios abiertos, por vivir amaneceres y atardecidas echándole un pulso a un animal salvaje… Todo eso es romanticismo.

Por último y a la vista de tu visión de la situación actual, ¿qué futuro auguras a la caza no sólo a nivel nacional, sino, incluso, internacional?

PO: No lo veo fácil, tanto por razones políticas, ya que me temo se va a ir extendiendo la tentación de dejar que las decisiones medioambientales caigan en manos de los sectores más animalistas y radicales, como, sobre todo, por la tendencia general de la sociedad a un ‘buenismo’ mal entendido.

«No veo fácil el futuro de la caza, tanto por razones políticas, como, sobre todo, por la tendencia general de la sociedad a un ‘buenismo’ mal entendido»

Ya es la hora, vamos a comer, ¿qué plato de caza te hace salivar solo de pensarlo?

PO: Sin duda, el tartar de corzo, la forma más natural de comer esta carne.

¿Qué pregunta no te he hecho y te gustaría haber contestado?

PO: Solo me quedaría quizá hacer un llamamiento al mundo de la caza para que reaccione, porque quizá nos esté pasando el último tren por delante y, o somos capaces de subirnos a él, cambiando la imagen de nuestra afición y entendiendo que hay que trabajar para que la caza sea conservación y se presente como tal, o nos habremos pronto de recluir en las catacumbas y nos acabaran prohibiendo.

«Solo me quedaría quizá hacer un llamamiento al mundo de la caza para que reaccione, porque quizá nos esté pasando el último tren por delante»

Qué decir de este coloquio con Pablo Ortega, me ha producido un doble placer, el de charlar con un amigo sobre una afición común y el de hacerlo con alguien que sienta tan adentro la Naturaleza, el campo y la caza, a la vez que manifieste tanto respeto por todo aquello que representa el mundo rural, sus tradiciones y sobre todo la caza.

Lo dicho, un placer.

Como siempre mi agradecimiento al NOVOTEL MADRID CENTER y a su jefe de Relaciones Públicas, Lucia Salcedo, por sus facilidades y atenciones para realizar esta entrevista.

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