Caza maldita

Qué mal se pasa… Y muchos están hartos de oírlo. Y servidor de repetirlo… Qué mal se pasa… Y todo por tu culpa, arpía.

Afuera llueve, cae agua como si el cielo quisiera ahogar a la tierra. Aire… más aire. Y recuerdo el año pasado que bajo el galope de mi caballo no era capaz de ver más que un río turbulento mientras iba a guiando los camiones de una legión de perros. Y desde esa montura, en el día más horrible que he soportado, por unos segundos lloré, lloré desesperado confundiendo mis lágrimas con los granizos que me abrían la cara. De rabia y desazón. Qué mala eres, granuja. Qué caprichosa y esbelta. Qué desconocida y perseguida. La caza, la mujer más caprichosa del mundo, prima hermana de la suerte. Dos locas que se quieren y se odian según les pille. Sin motivo ni ecuación. Sin razón.

Qué poco consuelo me da limpiar los delantales y las espuelas… Qué triste amargura me corre por el cuerpo intentando distraer mis miserias entre los bordados de unos cueros hartos de grasa… Coño si es que no estoy cómodo ni respirando… De vez en cuando abro la ventana y me estremezco de la que me espera mañana. Y aunque estuviera claro, también. Es imposible andar manso con la que se viene encima; por muchas rayas que tenga el tigre, ésta es una más y va grabada a fuego.

Algo me falta… seguro. Algo me falta… Y es la cabeza y la cordura. Hace frío. Tengo frío. Y ni la candela me da amparo. Qué mal se pasa, cojones…

Que sí. Que esto son habas contadas. Que la mancha está enmarcada de alambres y traviesas. Que si hay una rata, o rompe al acero o se la comen los perros… Que lo que me quieras contar… Pero ni con esas, ni con mil razones más, soy capaz de encontrar sosiego… Porque tú, maldita, no entiendes de números ni de honores… Tú, condenada, eres lo más ambicioso y arcaico del mundo. Lo más absurdo. Lo más cruel.

Recuerdo una de tantas, de esas que te desvelan semanas, una que te roba la calma de un mes entero. Y tres noches estuve sin pegar ojo, demacrado. Comiendo poco y mal. Peor humor. ¿Qué me pasa? Que la caza saca lo más rastrero del hombre… Y odio a todos y todo. Me odio a mí. Y a ti, malvada.

Fueron 5 horas en la que soltamos a las diez de la mañana. Tiempo récord. Día fabuloso. Todo parece que se anima. Tiros, más tiros, carreras. Sufrimiento por no oír a los de la cuerda. Alegría de abrazar a un montero que ha dado muerte a un gran venado… Pero hasta el rabo todo es toro. Y tengo que pisar el cemento para llegar a la meta.

Lo sentí porque me vi desde afuera, entrando pálido, conmocionado y dolorido. Con el cuello pringado de sangre reseca del cochino que hubo que sacar del Barranco del Candilejo, medio cojo por un puntazo en la nalga derecha de una pizarra, con las uñas negras de barro, desesperado por ver un resultado que ignoraba…

Ya en la nave donde todos comían se hizo un silencio. Algunos en pie. Y al unísono estallaron en aplausos… Sentí caer la fatiga, la amargura y el dolor… Olvidé los malos ratos innecesarios e imprescindibles para no perder la ilusión. Y sonreí agradecido porque los monteros apreciaron el trabajo de los míos, de mi gente, de los que de verdad hacen que esto funcione. Y aún iban por el segundo plato y estaba toda la chicha en la junta.

Por la noche, con todo acaecido, mandé a casa a todos los protagonistas; a postores, perreros, carniceros, guardas… Todos. Quiero estar sólo. Como la una. Ya cierro yo. Marchaos, que os lo habéis ganado. Amén.
Di un trago al güisqui con el que iba a pasar el último rato de aquella jornada. Cogí la manguera para regar lo que ya estaba regado… y barrer lo que ya estaba limpio… Paré un segundo y me derrumbé llorando como un niño de la tensión, de la desazón que supone algo tan absurdo y aleatorio como eres… Que castigas sin palo ni piedra. Y agotas al más bragado…

Te quiero pero te odio a la vez. Con toda mi alma. Con todo mi ser. Por tu locura extrema. Por tus besos que duelen y enamoran…

Caza, no puedo vivir contigo… Pero tampoco sin ti…

M.J.”Polvorilla”

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