‘Horror’, por M. J. Polvorilla

A mis primos José María y Esther Nogales, testigos de mi derrota.

Fue, de todos los horrores, el peor. De todas las tristezas, la más profunda. De todas las lágrimas… la más amarga…

Cuántas decepciones nos llevamos en el día a día, en el paso a paso, en el año a año…

Cuanto más creces en edad más menguas en bondades. Cuantos más calendarios arranques, más maniático, más soberbio, más exigente te pones con el mundo y el  entorno. Cuántos más tiros lleves sobre la espalda, más mala leche tendrás a la hora de disparar… Y es que el ser humano, con sus miserias, es una caja de sorpresas en cada etapa. Y con el paso de las primaveras a uno los aciertos le saben mejor y las derrotas las sufre más profundamente.

No quiero recordarlo, pero he de hacerlo. Esa cámara lenta en la que vi mi sueño hecho pedazos. Poco a poco. Llevaba meses trabajando y ahorrando cuatro pesetas para comprar un buen visor, uno de esos que te entierra a ti y a tus nietos. Por fin lo estreno, en una de esas sierras que visten el manto de la Creación. Ondulada en sus bajos. Pedregosa y montuna en sus crestas. Bañada por las aguas del Cíjara. Un día de poco aire y mucho sol. Uno de esos días que nace lúcido y termina empapado en lágrimas…

Ocupando el puesto bajo un peñón sombrío, amagado como una liebre, dejo pasar los acontecimientos para poder estrenar la lente que con tanto esfuerzo había estado soñando. La mañana transcurre sin mayores, estando la mancha floja de reses y la mañana pidiendo un vino en buena compañía. Justo en el cancho de por encima está mi primo José María, rubio y de ojos azules, como su hermana Esther, sacados ambos de un cuento de Perrault. Me silba el primo, me hace un gesto para que suba a su vera a admirar las vistas increíbles donde Extremadura se asoma a Toledo. Me cuelgo el rifle en bandolera con mi reluciente visor nuevo objeto de todas las miradas, además, tengo una botella de un vino estupendo que meto en un bolsillo amplio del chaquetón y me dispongo a subir al puesto del vecino, a brindar por Dios y por España.

Llego a la base del cancho, un poco empinado, me descuelgo el rifle, lo tomo con una mano y comienzo a escalar despacio, para evitar resbalones con ese musgo fijado a la superficie que hace que todo sea más bonito y más deslizante. Voy llegando a la postura donde la sonrisa azul y rubia de mis primos me recibe con un aperitivo inmenso que iba a ser regado con un vino espectacular y, para colmo, mi rifle vestía de gala con su visor nuevo…

Perdí el pie, me resbalé, y lo que más esfuerzo me había costado cayó rondando peñón abajo hasta que, justo antes de parar, estalló en mil pedazos… Toda la armada contigua fue testigo de la escena donde veían cómo el cazador intentaba mantener el equilibrio y, para ello, se desprendió de lo que le aferraba a la vida o a la muerte… Tras el estallido inconfundible de un cristal se escuchó el más hondo y profundo de los lamentos… Hasta dos lágrimas se me derrumbaron de los ojos. Era el fin.

Como la mancha estaba serena, algún vecino se animó a la candela que nos acompañaba en el puesto. Mi prima pequeña me agarraba la mano intentando consolarme, José María se reía de reojo, viendo cómo su primo mayor se enfangaba en la más honda de las tristezas… Los compañeros de armada se interesaron:

-¿Se te ha roto el rifle o sólo el visor? Menuda putada…. Llevabas toda la mañana enseñándolo con el cariño del que tiene en sus manos el Santo Grial…

Con ojos de incredulidad, pretendía matar al que se le ocurría pronunciar palabra en tal momento de horror. Fue José María el que, sin poder aguantar la risa, soltó:

-¡No fue el visor, sino la botella de vino! Venía el pobre relamiéndose para abrir juntos el reserva de Marqués de Legarda, pero el vidrio se le ha salido del abrigo y entre el rifle y la botella ha decidido soltar lo segundo… El pobre se arrepiente de corazón…

-Hombre, no es tan grave, entre un vino y un visor…. ¡Chico, lo segundo es más importante!

Me levanté de un respingo mientras los presentes daban un salto asustados.  Me fui solo a estirar las piernas por no mandar a paseo al personal que ya estaba con las guasas… Un visor dice…. Lo que no sabían ellos es que un visor te regala un lance… Pero un buen vino, en compañía de los tuyos, con un cuadro campero delante… eso no te regala un lance… ¡¡Eso te da pilas para vivir una vida!!

Por  M. J. “Polvorilla”

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