¡Vamos, ‘arrempujando’ que queda menos!

 

Acababan de salir de Almonte y a la carreta le llegaba la arena a media rueda, pero el conductor de los bueyes no se arredraba y sus gritos de ánimo hacían que los animales, con la nariz atascada de tierra, tiraran con el mismo entusiasmo con el que empujaban los romeros.  El esfuerzo de todos, empujando a la misma voz y en idéntica dirección, sacaron aquella carreta del “atascaero”.  

 

Con los gritos de júbilo de las flamencas que animaban con su cante, comenzó a circular la bota y refrescó las gargantas de los que habían sudado tinta para sacar el “Sinpecao” de aquella trampa de arena en que se había convertido la marisma. El boyero metió sus manos en la nariz de aquellos torazos para liberarles del suplicio que suponía el tapón de moco y arena, y les refrescó la boca con un balde de agua fresca. 

Las pañoletas empapadas volvían a rodear los cuellos después de haber secado el sudor de las caras congestionadas por el esfuerzo. Una joven rociera dejó al viento su melena,  intensamente negra, para secar con su pañuelo la frente de su hombre y premiar con un beso el esfuerzo realizado. La carriola recuperó su paso lento entre los cánticos y las risas de los que pretendían llevarla a rendir honores a la Virgen del Rocío.

Yo pido para este 2013, que os felicito a todos, lo mismo que el boyero: ¡Arrempujando, que queda menos! 

Ahora que empezamos a investigar el origen maya de Zapatero (por su capacidad para las previsiones), tenemos por delante un año, que si hacemos como los romeros con su carreta, empujar todos en la misma dirección, dejando a un lado ideologías y milongas, conseguiremos sacar adelante España. 

Lo prioritario, sin duda, es el país. Después, también necesitamos arrempujar para sacar adelante la caza.

Cada vez son más los colectivos que reconocen que no son los cazadores los responsables de la desaparición o de la precariedad de la mayoría de las especies cazables. Las enfermedades han provocado un bajonazo en la población de conejos. Las perdices han desaparecido por culpa de una agricultura beligerante con cualquier cosa que no sea el peso de la cosecha.

Las liebres sucumbieron al veneno empleado para combatir a los topillos y su población no levanta cabeza. 

Debemos unir nuestras voces y nuestro esfuerzo para poner fin a unas prácticas agrícolas que los mismos que las desarrollan son cada vez más conscientes de que para lo que sirven es para cargarse definitivamente la gallina de los huevos de oro. Hay que defender los cultivos ecológicos y denunciar el uso de pesticidas, fungicidas, antialcalinos y plaguicidas que suponen el fin de toda vida en el campo.

Hay aguas que no se pueden consumir por la carga de metales pesados que arrastran. Las continuas curas de los árboles frutales han hecho desaparecer cualquier vestigio de vida, ya no hay pájaros. Salimos al campo y paseamos por un submundo de cuento de terror donde el silencio invade nuestros sentidos. No hay trinos, no hay murmullos de animales que buscan refugio alertados por nuestro paso.

Ahora, en el campo, sólo se escuchan ecos de maquinarias, ruidos de motores de monstruos mecánicos que acaban con la vida. Mientras, nos preocupamos de lo mal que están las capturas en el Estrecho y de los paros biológicos de los marineros que tanto preocupan a los armadores.

Nuestros campos no tienen paros biológicos. Los únicos paros que registran son los de los jornaleros que ven reemplazado su trabajo por la maquinaria pesada. El único sonido, el de los motores. La vida desaparece en beneficio de los cultivos con frutos cada vez más brillantes, más atractivos a la vista, infinitamente más contaminados y menos saludables.

Mientras tanto, en nuestro Ministerio de Medio Ambiente, la máxima preocupación gira en torno a quién se ha quedado sin paga de Navidad y a quién le quitarán el coche oficial.  Al Medio, y al Ambiente, que le vayan dando por saco, al fin y al cabo lo importante es mantener la nómina, ya sea en Medio Ambiente o en el Ministerio de “Medios Contaminados y Ambientes Irrespirables”, de inmediata creación, con sus correspondientes cinco mil cargos a dedo, quince mil secretarios, dos mil asesores, quinientos coches oficiales con chófer, ordenador y tablet, con cargo al erario público.

España es una pena, una pena donde seguimos viendo corrupción en los cargos políticos, donde cada vez se van descubriendo más chanchullos de la época ZPliense y donde seguimos viviendo las consecuencias de un gobierno que sólo sirvió para colocar a sus más cercanos pegacarteles.  Lo normal en la Administración pública, en esos cargos nombrados desde otros cargos, ha sido acudir al trabajo (el que acudía) a leer el periódico (el que sabía leer de corrido), a pasar el rato y a conceder dádivas a sus estómagos agradecidos.

Ahora, a los que han llegado, les ha tocado lo peor que puede tocarle a un gobierno: gobernar. Y, además, hacerlo sin medios económicos porque los anteriores dilapidaron lo propio y lo ajeno.

A los gobernados nos toca apretar los dientes, asumir sin odio el destrozo que han hecho en nuestro país y contribuir en la medida que esté a nuestro alcance a empujar esa carreta que entre todos podemos colocar otra vez en el Rocío. Pero hay que empujar todos a la vez, para luego coger la bota por turnos, al mismo tiempo.  Si unos aprietan, mientras otros siguen bebiendo, si un buey avanza mientras el otro retrocede, ni sacaremos la caza del atolladero ni España saldrá del fango. De modo que: ¡Arrempujando, que queda menos!

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