El cercón de los oros…

 

Ser cazador es un ejercicio de libertad, en un mágico escenario, en el que tantos han sentido la necesidad de expresar de una u otra forma, con mejor o peor fortuna, lo que se siente cazando. Los que practicamos la caza sabemos que, no hace tanto, al cazador le bastaba adquirir una escopeta, disponer de unos cartuchos y lanzarse a la aventura, que de eso se trataba, en terrenos donde el horizonte era ilimitado, sin cercas, sin tablillas ni señales para prohibir el paso o con el aprovechamiento de aquellos aficionados que se sentían el más afortunado de los mortales.

 En la Meseta norte, hasta hace pocos años, creíamos que fincas valladas y abundancia de caza era cosa de Madrí p’a bajo, que no pasaría nunca en esta tierra. Los cazadores teníamos abundancia de codorniz en las vegas y páramos, conejitos en los sardones y laderas, y las bravas perdices, siempre escasas, no dejaban de dar la cara cada año. Envidiábamos a los afortunados que incursionaban hacia las tiradas de tórtolas, ojeos y monterías, a las que sólo un pequeño grupo accedía… y contaba alimentando nuestra ilusión de llegar a ser monteros. 

La abundancia de caza al sur –en fincas guardadas y cuidadas donde la demanda se fue haciendo grande y se movían fortunas e influencias, donde la caza se convertía en negocio y apetencia por llenar salones de grandes trofeos– fue desvirtuando la montería española, la de los soñadores, la de los locos por la rehala, despojándola de contenido y dando sólo valor a cliente y apetencias, al no ser importantes los valores que hacían grande a la montería y la tradición en sus normas. Se empezó a ver el plumero a más de uno, con dinerito y nulo espíritu cazador, aunque dispusieran de amigos con solera, sujetos a la invitación, para dar carisma al asunto y a eso del sabor tradicional, citando, eso sí, a los grandes de nuestra bibliografía, que ordenaban orgullosos en los estantes de sus grandes pabellones.

 

Muchos se han dado el gustazo de acudir a un capturadero y comprar al mejor animal, al que, sin mediar palabra, le metían un tiro contra la tapia del corral, por la instantánea fotera con ingredientes de sainete. Dueños y orgánicos se dieron cuenta del negocio que suponía contar con excelentes animales, criados o capturados, en unos pocos miles de metros, para organizar una vuelta al ruedo donde se cortaran por igual orejas y rabos, y donde siempre tendrían quienes aplaudirían la faena.

 

Se puso de moda el ‘guarro’, como se les llena la boca al pronunciar sus hechos y milagros en tanto trofeo contando inventadas historias de peligrosos lances: «Los perreros (despectivamente), se tuvieron que subir a las carrascas, se comían a los perros, reventaron a unos cuantos. Me tocó la valla y me entraron más de cincuenta y todos bocas…». ¡Qué pronto se recuperan vicios, propios de pueblos decadentes!

 

Recordemos los parques de fieras romanos, muy aficionados a mantener toda clase de salvajinas en parques y jaulones, para abastecer el desenfrenado lujo de sus banquetes. Según Cayo Salustio (87-34 a. C.), los más poderosos recogían y guardaban en parques cercados toda suerte de caza, atendidos por esclavos, también encargados de su caza, al considerar los nobles patricios que esta ‘caza’ era impropia del status del poderoso.

 

Gonzalo Argote de Molina –en su Discurso de la montería (1582), capítulo XXII, De la montería de jabalíes en tela cerrada–, describe que con la ayuda de batidores y grandes lienzos, encerraban a los cochinos de monte, disfrutando de la abundancia y también de su ferocidad. En el siglo XVIII, otro ilustre cronista, Juan Manuel de Arellano, en el Cazador instruido y arte de cazar con escopeta y perros a píe y á caballo, describe un tipo de montería en la que se conduce a la caza a una especie de plaza artificial, donde se la separa por especies en distintos corrales y, una vez conseguido ‘esto’, se da cuenta a los señores de que ya está la caza dividida, y junta. Caza en cercones, con diferencia abismal con la actual moda del jabalí semidoméstico, por ser piezas criadas en libertad, las unas, y en granjas, las otras. 

 

He aquí que pasados los años de escasez del jabalí, aparece el suido, anécdota en las pocas batidas que se celebraban, y en las que se forjó una cosecha de monteros de lo abierto, en las que la cuadrilla, los perros y el lance tenían un enorme valor. Pero las ganas de rentabilizar las fincas dio paso a la valla y al cercón que, saltándose normas estrictas –legales en una autonomía que daba en teoría mucho valor al impacto ambiental–, proliferó, y es hoy una nefasta realidad. Cercones impermeables a la libre circulación de demasiadas piezas y con la misión de encerrar, empleando cualquier método, a todos los jabalíes de la zona, y ofrecer ‘excelentes’ monterías garantizadas. Lo de la impermeabilidad es para los bichos de cuatro patas, pero ¿quién nos dice qué virus y bacteria de una población animal, sostenida artificialmente y sin garantías sanitarias, no crearán un foco de expansión?, ¿quién nos asegura que la hibridación para ¡mejorar! trofeos no alcanzará consecuencias nefastas en nuestros jabalíes silvestres?, ¿qué está pasando con los excedentes? 

 

Ya que conocemos de sobra la importación de jabalíes de fuera de nuestras fronteras, ya que conocemos el destino de los excedentes de cercones para batidas de número, ya que sabemos la excesiva proliferación de animales con rasgos de impureza, lo que nos falta es dar guerra para asegurar a la especie un mínimo de futuro, y vigilar que algunos de estos comerciantes no nos cree un problema sanitario de difícil resolución. Escrito sea sin ambigüedades: en las cercanías de los lugares donde se establezca un cercón, seguro que tendrán problemas sanitarios y de hibridación, aunque nadie parece tenerlo en cuenta, a no ser para aumentar la producción matancera. La existencia de cercones, justificados como actividad económica, que no cinegética, debería contrarrestarse prestigiando la caza en lo abierto, y Castilla y León debería ser pionera. Se haría necesario la creación de una categoría extra en la homologación de trofeos de jabalí, por encima de los baremos actuales, ejemplares extraordinarios no por sus defensas, sino por la capacidad demostrada en sortear los innumerables peligros de la vida en libertad y los años, y así podríamos hablar alto y claro de la dificultad de la consecución del lance y del retorno a los valores que encarnábamos.

 

¡Qué afición más puñetera! y, encima, hablar de esto, seguro que puede granjearte más de una enemistad, aunque… no debemos confundir, los que se sientan ofendidos, no son amigos.

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