Veni, Vidi… Vici

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Rocky Mountain Bighorn en Alberta, Canadá

Es curioso que, cuando ya crees que tienes controlado todo para hacer un viaje de más de dos años en mente, siempre hay algo que te sorprende. En esta ocasión y a dos días de iniciar mi viaje a Canadá, a por mi tercer carnero de los cuatro que forman el Grand Slam, la sorpresa fue que el rifle no agrupaba bien y ¡más sorpresa! descubrir que no era el arma, que llevaba utilizando varios años, sino más bien el visor de 5-25 aumentos que había montado de otro rifle. Así que, a última hora, tuve que cambiar de planes y cazar con el de 6-24 aumentos, que utilizo para alta montaña, y dejarme de nuevos inventos de torretas y demás.

Salí de Madrid vía Amsterdam con destino Calgary, Canadá. Al llegar, nuevo contratiempo: mi rifle se había quedado en Amsterdam, por lo que tendría que esperar al siguiente vuelo, al día siguiente, teniendo que perder un día. Por suerte, Glen Willsie, mi outfitter, me esperaba a la salida. Tras contarle que no tenía rifle fuimos a un gran almacén de caza y pesca donde compré toda clase de artilugios para mi arco. Por la tarde me dejó en un hotel cercano a su casa, en Sundre.

Glen es persona ruda, de campo, pero de trato agradable, de pocas palabras como viene siendo tónica en los outfitters de Norteamérica. Ya cercano a los cincuenta, es hombre de gran corpulencia al estilo cowboy, botas y gorro al uso y una gran hebilla al cinto delata su segunda pasión tras la caza, los rodeos. En sus 26 años como outfitter llegó el año pasado al carnero número cien, teniendo varios récords del estado. Así mismo y como pude ver, sufrió un accidente pisteando un elk herido, cuando otro cazador le dio en un tiro lateral, al confundirle con el animal, con una bala del 7 mm que le atravesó desde el antebrazo hasta rozarle la parte del tórax, y que le costó seis meses en el hospital. Al día siguiente, 31 de agosto de 2013, pasó a recogerme al hotel a las ocho en punto con otros dos compañeros, Cámara y su hijo de doce años, que nos acompañarían en la primera parte de la cacería.

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Sobre estas líneas, las maravillosas Montañas Rocosas, en Canadá, escenario de este rececho.

Tras llamar a las 12:00 al aeropuerto, me indicaron que el rifle venía en el siguiente vuelo, pero que confirmara por la tarde para no hacer el viaje en balde… Finalmente, a las 14:00 me informaron que había llegado, así que, tras dos horas de ida y vuelta en coche y pasar la aduana, tenía mi rifle. De camino cenamos en un restaurante en Sundre y volvimos a casa. Por la noche vino un amigo de Glen con su novia y tuvimos la oportunidad de ver un rodeo por televisión, donde me explicaron técnicas y cómo puntuaban los jueces en un mundo apasionante en el que, si bien había conocido en mis años jóvenes, trabajando y estudiando en una granja en el norte de Dakota, nunca había podido profundizar.

El plan para el día siguiente, 1 de septiembre, era trasladarnos al campamento donde nos esperaban Camara, su hijo y el resto del equipo, entre ellos, Sark, un joven que haría las funciones de wrangler, y una cocinera, Shely.

Como estaba programado, salimos a las 09:00 tras ducharme, desayunar, cargar todo en el 4×4 de Glen y probar el rifle. De camino paramos en la ciudad de Carolina, de no más de 200 habitantes, para comprar la licencia, que, por cierto, me sorprendió por el precio, 470 dólares canadienses, y a la que añadí un precinto de lobo y de coyote. De allí continuamos hacia las Montañas Rocosas por caminos, hasta llegar, tras tres horas de coche, a un lugar donde nos esperaban dos caballos inmensos y una carreta de ésas que se ven en las películas del Oeste que utilizaban los colonos.

Rumbo al cazadero

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El rececho de estos carneros es muy dificultoso por las características del terreno.

Cambiamos todo a la carreta, enganchamos los inmensos caballos y seguimos ruta por un camino en el que un gran cartel advertía que se prohibía entrar con vehículos a motor, así que era fácil de entender el uso de la carreta. Glen me dijo que tardaríamos cerca de seis horas hasta el campamento. Vimos bastante gente acampando en las orillas del río Clearwater e incluso nos advirtieron de que un grizzly de buen tamaño frecuentaba la zona. Me sorprendió no ver ni ciervos ni wapities ni nada…, según Glen, por la cantidad de lobos que habían diezmado las poblaciones. Finalmente, llegamos al campamento y me acomodé en mi tienda. Antes de la cena, Sark nos comentó que en la montaña detrás del campamento había varios carneros, así que me fui con él, contando nueve y pareciéndome que dos de ellos tenían la curva completa, full curve, y por tanto, legales. Me faltó tiempo para llegar al campamento y decírselo a Glen, quien nos comentó que lo miraríamos por la mañana.

Al día siguiente empezaba realmente la aventura y ojalá que entre los carneros que habíamos visto hubiese alguno legal.

Iniciando la jornada

Son las 06:40 h. y todo el equipo está ya en pie. No he dormido nada bien, he estado congestionado y con dolor de garganta toda la noche y eso que antes de acostarme me tomé una pastilla… Me he levantado varias veces y aún creo que sufro de jet lag. No ha hecho frío y el termómetro de la cabaña marcaba 5ºC.

Espero que, aunque sea el primer día, demos con alguno de los nueve legales. Parece que va a hacer buen día. Los dos chicos ya están buscando los caballos y preparándolos, la cocinera está liada con el desayuno y yo ya me he aseado y preparado la mochila, mientras aquí son las siete de la mañana. Hemos desayunado fuerte: pancakes, salchichas y café. tras el desayuno termino mi mochila y sólo espero que los carneros que vimos anoche sigan en el mismo sitio y el que me parecía legal, finalmente lo sea.

Cámara y su hijo vuelven hoy a casa, ya que el colegio empieza, pero antes vamos todos juntos a ver si, desde una explanada, somos capaces de conseguir ver los carneros de ayer. Hasta allí nos dirigimos los cuatro y la suerte nos acompaña: los vemos más a la derecha de donde los dejamos anoche. Con el largavista y sus 60 aumentos, Glen me confirma que, al menos, hay uno legal, pues el segundo, aunque también lo parece, no lo ve bien. Regresamos al campamento con las esperanzas puestas en el primer día.

Al llegar nos despedimos de Cámara y su hijo, quienes nos ayudan a montar en los caballos. Me asignan un caballo blanco que me parece que responde bien. Salimos los tres cabalgando hacia la montaña, siempre por la parte baja de un barranco, haciendo de vez en cuando alguna parada para refrescar los caballos, pues la subida desde el principio es intensa y los animales se resienten. A la hora y media de montar, paramos, atamos los caballos y nos subimos a la ladera opuesta para desde allí vigilar los carneros, los cuales tardamos en ver, puesto que están entre las piedras y su pelaje les hace camuflarse casi perfectamente; lo único que los delata es el círculo blanco de sus traseros. Desde allí y con ayuda de los 60 aumentos del largavista, soy capaz de sacar algunas fotos al que me parece ser el líder de la torada, mientras Glen me confirma, por su coloración más oscura, que es legal, sin duda alguna. Volvemos a montar en nuestros caballos continuando la subida entre pinos y distintas coníferas. A los cuarenta minutos Glen se para, indicándonos que atemos los caballos y nos preparemos para subir andando.

Ascendiendo por las Rocosas

Me ajusto botas y mochila, me quito ropa y bebo un poco de agua… va a ser una ascensión dura y larga. Compruebo que el rifle lleva las balas sin tener ninguna en la recámara, le meto los mínimos aumentos y pongo en cien metros el control de paralaje. Cambio mi gorra por la cinta del pelo para evitar que el sudor se meta en los ojos y empezamos la ascensión entre pinos: primero mi guía, luego yo y, a un poco de distancia, nuestro wrangler, Sark.

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El trofeo con parte del equipo empleado.

La ascensión es casi vertical y vamos haciendo continuas paradas, nadie habla e intentamos hacer el mínimo ruido posible, eligiendo dónde poner el pie. La subida es complicada, el suelo es una mezcla de líquenes, musgo y humus que hace que los pies se hundan hasta la entrepierna, haciendo más cansado el trayecto. Subimos con una verticalidad superior a los 50 grados, lo que provoca que cada pocos metros tengamos que descansar. Llevamos cerca de una hora subiendo y vamos en dirección a donde hemos visto tumbados los carneros, si bien nos es imposible verlos, pues los pinos nos tapan la visión. Al llegar a los últimos árboles paramos y los buscamos con los prismáticos; sin embargo, no los vemos. Glen me dice que en el transcurso de nuestra subida han podido desplazarse a otra ladera por la izquierda o la derecha. Hace calor y la ascensión hace que los tres sudemos a chorros.

Dejamos las mochilas debajo de un pino y con estudiados movimientos vamos cambiando posiciones para intentar localizarlos, pero es en vano. Volvemos a bajar y a introducirnos en los pinos y comentamos la siguiente jugada cuchicheando por lo bajo. Le digo a Glen que, dado el calor, me parece posible que los carneros se hayan bajado y tumbado a las sombras de los pinos; si es así, la dificultad de encontrarlos aumentará, pues es más fácil que ellos nos localicen primero; si esto se produce, todo nuestro esfuerzo será en balde. Con pasos pequeños y cuidadosos nos vamos desplazando por dentro de los pinos a nuestra derecha. El aire nos da en la espalda, cosa que no me gusta y así se lo hago saber a Glen, pero me dice que cree que luego cambia y baja hacia el barranco. Vamos haciendo pequeñas asomadas, mientras Sark y yo nos quedamos en los pinos, Glen se mueve de rodillas aprovechando las rocas del terreno para ir, poco a poco, buscándolos. En la segunda asomada, veo que se tira al suelo y recula hacia nosotros, me dice que los tenemos tumbados a nuestra derecha, justo encima de la segunda loma. Vuelve a asomarse y, cuando baja, me comenta que me asome reptando muy, muy despacio, que veré tres tumbados: el que está de frente, justo mirando en nuestra dirección, es el más grande, hay otro que está de culo y que cree que es el segundo legal, pero es más pequeño.

Antes de que me mueva, Glen me coloca su mochila en el suelo al tiempo que me pide introduzca una bala en la recámara y le pase el rifle, cerrojeo el Blaser introduciendo la bala del .300 WM con punta Nosler Partition de 180 grains, al tiempo que mi corazón empieza a bombear fuerte. Es en estos momentos donde uno debe serenarse o todo se puede ir al traste.

En la cruz… y sin poder tirar

Me quito mi mochila y los gemelos dejándolos en el suelo y respiro hondo, lo que me ayuda a controlar las pulsaciones. Pregunto a Glen a qué distancia está el objetivo, indicándome que a unos 300 o 325 metros; subo los aumentos del visor a 16 y el control de paralaje a 300, pasándole el rifle. Los tres nos miramos y chocamos nuestros puños con la esperanza de terminar con éxito el lance.

Prácticamente tumbado y con lentos movimientos llego a la mochila y me tumbo, viendo los tres carneros y otros jóvenes alrededor. Por suerte, no nos han visto pese a que mi macho sestea mirando en mi dirección, totalmente de frente. Por señas pido mis gemelos para comprobar que son 294 metros los que me separan de mi objetivo. Glen, desde una posición más baja, me dice que espere a que el carnero se levante. Meto los 24 aumentos, quito el seguro y le meto la segunda cruz de la retícula Tds de mi visor en el pecho.


El tiempo transcurre, pero debo esperar como sea a que el carnero se levante y me dé todo su flanco, dejándome la amplitud de su cuerpo para hacer diana. El brazo izquierdo se me cansa y empieza a dolerme, a la vez que pido que me dejen algo para apoyar el codo derecho, me pasan una chaqueta que alivia mi posición. El tiempo, los nervios y una piedra debajo de mi brazo izquierdo hacen que la posición sea incómoda. Son cerca de las doce y Glen me dice que me relaje, que pueden estar sesteando varias horas.

A los 48 minutos de estar en la misma posición el sol me pega de lleno y me duele mucho el brazo izquierdo. Me pasan la botella abierta de la que bebo… Vuelvo a mi posición, el dolor y la incómoda postura en la que estoy me hacen pensar en tirar al macho al pecho, según está tumbado y quitarme ya de tanta angustia. Tengo la lente fija y la segunda cruz metida en su pecho, pero la parte alta de un pino me impide verle los cuartos traseros y si el tiro queda bajo, sólo 10 cms, dará en tierra y no tendré una segunda oportunidad.

El carnero, en vez de ayudar, clava los cuernos en la tierra, viéndole como cierra los ojos en su sesteo. Llevo en la misma posición más de una hora… Veo que un carnero joven va en su dirección, pero mi trofeo no hace el mínimo esfuerzo por levantarse. No puedo bajar la guardia, ya que cuando se levante sólo tengo unos cinco metros antes de que los pinos me lo tapen. Estoy distraído cuando Sark me dice: «Now, he is moving (Ahora, se está moviendo». Meto la cara en el visor y veo que, por fin, se levanta. Finalmente, le tengo y sitúo mi dedo en el gatillo, pero la copa del pino me tapa el codillo, viéndole sólo la parte delantera y trasera. No puedo tirar. Se gira completamente por su derecha y se vuelve a tumbar, dándome el culo, ¡no me lo puedo creer! Me desespero, miro el reloj comprobando que ya ha pasado una hora y diez minutos, y observo el grosor de su cuerna desde detrás: es precioso, sin duda, un buen dundee.

Y, por fin, ¡se levanta!

Sigo en posición de disparo como si de un francotirador se tratase. Al rato, veo como dos carneros jóvenes suben hacia él, al tiempo que el más joven, pero legal, se levanta y los tres suben hacia mi carnero. Meto la cara en el visor y veo como uno de ellos se me cruza, mientras el resto sube con paso lento, ¡lo que me faltaba!, si mi carnero se levanta ahora, le envolverán y no podré tirarle. Sigo, por los 24 aumentos del visor, como van pasándole, al tiempo que el segundo carnero legal llega a olerle, en un intento de levantarle; mi carnero mueve las orejas y la cabeza, pero sigue en su sitio. Por primera vez, en más de hora y media, deseo que se quede tumbado. Los tres carneros pasan enfrente del mío y, por fin, decide levantarse.

357 - SCI (4)Le veo levantándose, dándome el culo. Se gira, mueve la cabeza y bosteza, está de pie mirando en mi dirección. Ruego a mi virgen y a mis santos que dé un paso a su izquierda, pero parece que aún se está desperezando. ¡Cómo describir este momento! Vuelvo a respirar hondo y sujeto con fuerza el rifle. Anda dos pasos, me da su costado izquierdo y se para. No me lo pienso, meto la segunda cruz, no respiro, sujeto el arma y un estruendo rompe la paz de las Montañas Rocosas.

 

Veo por la lente como el macho encaja el tiro y queda amorcillado, al tiempo que Glen grita: «¡Muerto!». Antes de que termine de decirlo, repito un segundo disparo viendo fluir la sangre por su costado. Me abrazo a Glen, gritando en inglés: «¡Lo hemos hecho, está muerto!», mi Grand Slam está a punto de completarse.

Veni, vidi, vici

Me tumbo, pido agua y me quedo mirando al cielo dando gracias por hacer posible que otro sueño se haya cumplido. No me lo puedo creer: primer día, primera mañana y, tras un sufrimiento de más de una hora y cuarenta minutos en posición de tiro, por fin, el Rocky bighorn, el mítico carnero de las Rocosas, es mío. Ese sueño americano que tantos viajes les ha costado a tantos cazadores, yo he sido capaz de realizarlo en tan sólo una mañana. Como ya anunció el general y cónsul romano Julio César ante el Senado romano, después de su victoria en la Batalla de Zela, hago mías sus palabras Veni, vidi, vici (Llegué, vi y vencí).

Dejamos pasar el tiempo, necesito soltar la adrenalina acumulada, estoy sudando a mares. Comentamos el lance mientras vemos al resto de los carneros huir por la montaña. Recogemos bártulos y nos encaminados a ver el tan ansiado trofeo, pasamos dos barrancos y, aunque las piedras y cantos hacen dificultoso el acceso, llegamos al tiro. Un reguero de sangre nos dirige al fondo del barranco y allí yace el señor de estas montañas, un precioso Rocky bighorn de nueve años. Lo miro, acaricio y se lo dedico a mi hija Nadia y a mi futuro hijo que pronto vendrá a este mundo. ¡Ojalá algún día mis ojos junto a los suyos sean capaces de volver a ver estos parajes!, señal de que han seguido la sangre cazadora de la familia. Fotos, más fotos y, cómo no, una con la bandera española. También otra conmemorando el carnero número 101 que Glen lleva. Ahora viene lo duro: aviar al bicho y llevarnos entre los tres la carne, pues por mandato legal no podemos dejarla.

De regreso

Los tres nos ponemos manos a la obra, pues en Norteamérica trabaja todo el mundo, éstas no son cacerías de señoritos, son para cazadores de verdad, que sienten y saben lo que es la caza libre, insegura y difícil. Finalmente, nos distribuimos la carga: Glen la piel y los cuernos, Sark, un lomo, los solomillos, la carne del cuello, un jamón y una pata, y yo el otro jamón y paletilla, un lomo, mi rifle y los dos largavistas. La carcasa ensangrentada se deja, previa foto, por si viene el oficial para que vea su estado y entienda el motivo por el que no se ha sacado esa carne. Ajustamos mochilas y, es tal el peso, que se hace necesario ayudarnos entre nosotros para levantarnos tras cargar; así es la caza de alta montaña en Norteamérica: sudor y lágrimas.

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Dejando secar la piel en el campamento antes de empaquetarla para su viaje a España.

Intentando coger los accesos más fáciles, recogemos los caballos. La primera media hora de regreso la bajamos andando, dado el desnivel, para montar finalmente en nuestros caballos hasta llegar al campamento. La cena, compuesta por patatas, ensalada, salchichas y carne, se me hace deliciosa y, tras un buen café, por fin, celebramos el éxito con un ron y los cohibas que saben a gloria, no sólo por su inconfundible sabor y aroma, sino porque saben a triunfo.

Nos quedamos hasta las tantas hablando de caza y de negocios, pues es el último año que Glen tiene esta concesión, ya que la ha vendido, y el próximo año será otro outfitter el que trabaje estas montañas, así que hablamos en qué podría invertir.

A las doce me meto en mi saco de dormir, no sin antes terminar de escribir estas líneas y caer en los brazos de Morfeo para seguir soñando en la próxima cacería que me permita terminar mi Gran Slam.

3 de septiembre, martes

Hoy me he levantado a las 7:00. Tras desayunar dedicaremos todo el día a limpiar y preparar el trofeo. Mañana comenzamos el regreso a casa y, tras el cambio de billetes, espero estar para final de semana en casa.

Por fin pude cambiar los billetes. Al llegar a Amsterdan y en el control al pasar de un vuelo al otro, la persona de seguridad ve por el escaner el visor en mi maleta de mano, me hace abrirla y me pregunta: «¿Es un visor verdad? ¿Es usted cazador? Si usted caza es que no ama la naturaleza». Le miro con cara de furia y con un inglés seco, le respondo: «Sí, soy cazador y lo soy porque amo la naturaleza», creo que por mi mirada fue capaz de saber cómo me había sentado su comentario fuera de lugar.

Me pregunto cuándo mejorará nuestra imagen y si esta gente entiende de verdad la naturaleza.

A la llegada a Madrid, ¡sorpresa!, el rifle no ha llegado: nuevamente se ha quedado en Amsterdam… Así que, tomen nota los que vayan a utilizar este aeropuerto si van a llevar armas de caza.

 

Por Short Magnum, SCI Castilla Chapter.

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