Jabalíes a rececho en las montañas de Tayikistán

Por Juan Gustavo Ramón [juangus@sednasafaris.com] / Sedna Safaris
La cacería de jabalíes a rececho en las montañas de Tajikistán es exactamente eso; una cacería de rececho de montaña, pero en suave. No es, ni mucho menos, tan agreste y tan dura como las que se acostumbran para los rebecos o para las monteses, porque el terreno no es de suelo tan arisco y rocoso como el de nuestras montañas…

Eso sí, hay que subir la cuesta, pero se toma uno su tiempo, se dosifica el esfuerzo y se llega a donde haya que llegar, sin más problemas. Se tarda un poco más en llegar, pero como el que tiene que tirar eres tú, pues hasta que no llegues tú, pues no se tira. Así de sencillo.

Y dicho esto, se trata de una cacería-aventura, que se está poniendo de moda, súper gratificante. Si hablamos de resultados, por que hacer una media de 23,3 centímetros por colmillo en 11 cochinos, no es cosa fácil (véanse las mediciones al final), y mucho menos a esos precios (véanse los precios de los cochinos de ese tamaño en nuestra vieja Europa). Pero más importante aún, es la propia cacería, en terrenos abiertos de millones y millones de hectáreas, sin más barreras que las creadas por la propia de la naturaleza. Una caza, en resumen, auténtica donde las haya. Pero también por el entorno y los paisajes que te rodean, por la riqueza del viaje, por la convivencia con los pobladores y cazadores locales, sus culturas y costumbres y, lo que es más importante, por la propia sensación de estar cazando de verdad.

El viaje es muy cómodo, con una corta escala en Estambul y luego la consabida perdida de tiempo para los papeles en Dushanbe y ya, el traslado a la zona de caza que se sitúa a unos 200 kilómetros de la capital. Una parada técnica, para almorzar peces fritos y tomar algunas cervezas frescas y se continúa hasta una población, de nombre impronunciable, que enfila el cauce de un río que te lleva valle arriba hasta la zona de caza. Otros 30-35 km más y aquí es donde empieza la aventura. Desde este punto los coches normales ya no pasan y los UAZ (todoterreno ruso) de diciembre a marzo tampoco pasan, por lo que hay que coger el ‘coche de línea’ que se trata de un camión ex-militar en el que suben cazadores, pertrechos, otros viajeros con sus provisiones y enseres y comienza una serpenteante ascensión cruzando el cauce del río, divido en mil ramales, que baja con una anchura de un par de kilómetros, por donde se les ocurren bajar a las indómitas aguas tajikas.

Esta ascensión dura lo que dure, o sea, un mínimo de tres horas de pantocazos y golpazos no exenta de atrancos y reparaciones sobre la marcha. Durante el trayecto suben y bajan pasajeros a cada rato y así, golpazo a golpazo, se alcanza la base  de caza, que no es otra que la propia casa del guarda, donde vive con toda su familia, compuesta de nueve hijos, mujer, yerna, algún nieto, etc… Ya durante la ascensión por el cauce del río,  vas viendo los primeros jabalíes por las laderas. El coche de línea para y, con los zapatitos de viaje, la violinera abierta a toda prisa y un par de balas  en la mano, realizas una aproximación saltando charcos y barrizales para intentar un tiro largo, mal apoyado y sin probar el rifle… Naturalmente que esto acaba en fiasco y los espectadores del coche de línea se cachondean, eso sí, discretamente lo reglamentario. Se justifica el cazador fallón con explicaciones diversas y… ya empapados los zapatos y pantalones, continua la ascensión valle arriba.

Jabalíes a plena luz del día
La presencia de jabalíes a plena luz del día e impasibles ante la presencia humana o de vehículos, se debe a la escasa presión humana, por tanto, los jabalíes en estas zonas son de hábitos tanto diurnos como nocturnos. Algo extraño para nuestras costumbres, pero se mueven a cualquier hora del día.

Precisamente debido a esta escasa presión humana desde siempre, la población de jabalíes es, ni más ni menos, que la determinada por la naturaleza, que de esto entiende bastante, por lo que las poblaciones se mantienen estables y aunque ahora se esté ejerciendo una aparente presión por estos cazadores que vamos llegando, las poblaciones se van rellenado de machos que colonizan ese terreno dejado por los machos cazados. Al no incidirse sobre las poblaciones de hembras, que se mantienen en su población natural, los machos poderosos van ocupando los vacíos dejados por los machos cazados, incorporando nuevas castas y sangres que generan una mejor raza. (Nota: esta teoría es de mi cosecha propia, pero demostrado está que la incidencia que hacemos los cazadores sobre las poblaciones de machos adultos, sea en machos de perdiz, como en venados, como en cuatas especies cazamos selectivamente, redunda en beneficio de las razas y genéticas de las propias especies que cazamos. Luego… bien está lo que bien acaba).

Volvemos al viaje; al final, se acaba llegando a la casa del guarda y se desembarcan todos los pertrechos, operación a la que contribuyen todos los pasajeros con alegría y desinteresado ánimo. Las instalaciones son las que son y no hay más. Estufa caliente y buena comida, es todo lo que se debe esperar, y tampoco hace falta más para estar de caza. Una buena cena, impensable la calidad de la comida que te proporcionan con muy pocos medios, a organizarse los apechusques de caza y a soñar con la cacería de mañana.

Temprano, te sorprenden con unos huevos fritos, bien frescos que recoge cada mañana de su corral un chavalín, de no más de cinco años, que es el encargado de los huevos y del lavamanos y además, salchichas, zumos, galletas, café, té, buena fruta y a cazar.

Curioso el pan plegable, en forma de rueda fina, que se pliega en cuatro, al centro y al centro, sin quebrarse. Hacen también, ricas tortas y bollos. Todo hecho en un horno casero, que no es más que un agujero, como de un metro de diámetro y medio metro de profundidad, de una especie de arcilla refractaria, con una sola boca superior por donde se mete la leña y los panes. Para mí que era mas práctico hacerlo horizontal, pero no, es un agujero vertical en forma de cono invertido, más estrecho por la boca que por la base. Como luego, en este mismo habitáculo del horno, pero en una lumbre separada, será donde se cuezan los guarros para sacar los colmillos, se sienta uno con los pies colgando dentro del horno, a charlar con los locales y echar un par de pitillos mientras se sacan los colmillos. Una sensación muy agradable la de los pies colgando dentro del horno. Yo se lo copié a una niña pequeña que lo hacia.

La caza
Y nos vamos de caza. Se comienza la ascensión a las montañas por los barrancos adecuados, a lomos de caballos pero, desafortunadamente, los caballos sólo alcanzan hasta donde la nieve les permite y a partir de aquí se sigue a pie. Además, la ascensión pasa por cruzar previamente varios ramales del río. Unos se pasan por un puente que tiene su intríngulis, lleno de tablas rotas y de inquietante bamboleo y otros, con los caballos montándonos de dos en dos, por que no hay caballos para todos. Uno a los mandos y el otro a la grupa. Para los que no somos de caballería, esto también tiene su intríngulis.

Tiros largos…
Ya en las montañas, como siempre, lo primero que te sorprende es la vista de estos cazadores. Al poco de empezar a escrutar los barrancos empiezan a descubrir jabalíes a distancias inimaginables y te cuesta trabajo ver los cochinos, aun con prismáticos, cuando ellos los distinguen a simple vista. Eso sí, luego les dejas los prismáticos y te cuentan hasta los pelos del rabo… Hay cochinos que se les distingue la boca a quinientos metros de distancia.

Una vez descubiertos los cochinos hay que comenzar la estrategia de aproximación y de caza. Hay que cruzar barrancos, hay que bajar arroyos, hay que subir rampas, hay que cazar, lo que se llama cazar, que ya casi teníamos olvidado como se hacía y en que consistía… pues eso hay que hacer… cazar.

Normalmente se tira largo, porque en cuanto se alcanza una posición suficientemente buena, hay que intentar el disparo. Aquí es donde el cazador debe lucirse y rematar la faena con la precisión esperada. En este viaje se han fallado cuatro cochinos y se han cobrado once machos, estupendos todos, y dos hembras también, entre solo dos cazadores (yo no tiro cuando voy con clientes, lo encuentro de mala educación). Lo de las hembras a veces sucede. Te confundes, que si el de adelante, que si el de atrás, que si ahora el segundo, que si ahora el tercero y, al final, tiras y hembra gorda patas parriba. Pero no pasa nada. Son lances de caza.

Hubo que pistear tres cochinos que quedaron heridos y se cobraron, ya muertos, al día siguiente. Naturalmente con la ayuda de un perro y siguiendo el rastro de sangre en la nieve.  Si no tienen perro, los cazadores locales, no siguen el rastro del jabalí herido porque realmente les temen. Son animales muy poderosos y evitan el encuentro con ellos, ni heridos, ni sin herir.
La cuestión es que en estos tiros realmente largos, a veces no se puede colocar el tiro tan bien como se quisiera y les colocas la bala donde caiga. Entonces se van, se van y se van, hasta que se encaman y mueren. Pero se cobran casi todos, salvo que el tiro sea realmente malo.

El jabalí de la voltereta y otros lances
Hubo un jabalí, que sabían que se había metido en unas matas, al que dimos un gancho para hacerle salir hacia el cazador. Llegaron los ojeadores, no más de dos o tres, sobre las matas en las que estaba el cochino y que no salía. El guarda jefe que estaba seguro que se había achantado allí, arengaba a los ojeadores para que entrasen en las matas y los ojeadores que, naranjas de la china, que no entraban. Y venga voces y venga de tirar piedras hasta que el jefe se arremangó, cogió un palo, subió para arriba, se metió en la mata y llegó a darle un estacazo al cochino encamado. Nos quedamos impresionados del valor y el arrojo del tío, por que hay que tener valor para meterse en ese terreno con un cochinazo de esos. Total que el cochino salió, no por donde debía salir, si no por donde le dio la gana, repechando para la cuerda a toda mecha. Pero el cazador le enganchó un buen tiro y empezó a caer rodando y dando volteretas más de, no sé cuantísimos metros, pero muchos, muchísimos metros de volteretas y pingoletas. A mí me daba la risa cuando, a cada voltereta, el cazador se lamentaba: «¡Ay mis colmillos!… ¡Ay mis colmillos!», afortunada e inexplicablemente sólo se despuntó una defensa. Como llevábamos un cámara profesional, este captó toda la aventura de las volteretas sin perder el encuadre ni un solo momento y resultó una filmación excelente y única, como yo nunca había visto antes. Ya la veréis. La colgaremos por un Youtube de esos.

En otra ocasión dimos otro gancho, porque sabían donde había un cochino grande y enseguida los ojeadores echaron el cochino que, en lugar de bajar barranco abajo hacia donde estaba el cazador apostado, cogió una campa nevada, así como de cantillano y no paraba y no paraba. La distancia era realmente larga y el viejo macareno galopaba lanzando chorros de nieve por los costados, como si de una máquina quita-nieves se tratara. Le dije al cazador, córrele la mano y tírale que ese ya no para. Y así lo hizo y le enganchó, pero con un tiro delantero bajo el cuello que obligó a un largo rastreo. El cochino repechó una ladera y cuando traspuso la cuerda, se tiraba por enormes rampas de nieve a modo de trineo y los cazadores detrás de igual guisa. Una guasa, vamos. Como los chiquillos cuando juegan en la nieve, pues lo mismo. Otra experiencia singular, la del rastreo estilo trineo. Hubo que desistir por que la tarde se vino encima y no es conveniente andar de noche por esas sierras nevadas. El guarro se cobró al día siguiente. Estaba muerto en el fondo de un barranco.

De manera que cada día es una aventura diferente. Cuando regresas a la casa del guarda, después de la paliza de cada día, te reciben para ayudarte a quitarte las botas y te ofrecen una jofaina de agua caliente para que te laves un poco antes de cenar. Los españoles que somos muy apañados en estas cosas, sacamos entonces nuestros chorizos, jamones, lomos, así como nuestras latas de sardinas, mejillones, caballa, etc… y con unas cervezas frescas, o gin-tonics (hielo no hay, pero lo fabricamos con nieve limpia apretada), pasamos a la parte de la tertulia, uno de los momentos mas agradable del día, en espera de la cena que como he dicho antes, es muy buena. Y a dormir, a endulzarnos recordando los lances del día y a soñar con el día siguiente otra vez.

Otra mañana, después de un gran nevazo, intentamos repechar unas laderas, pero resultó imposible. Nos hundíamos hasta los corvejones, de manera que tuvimos que desistir y dedicarnos a recorrer el valle con los caballos que por lo llano si que iban bien, mirando las laderas. Resultó un gran acierto, por que ese mediodía cazamos tres jabalíes prácticamente desde los caballos. Estaban campeando tranquilamente, haciendo poco caso a lo que sucedía en el valle por debajo de ellos. Se nos vino la tarde y tuvimos que dejarlo. Si seguimos, esa tarde hacemos una esparramera, por que las laderas estaban llenas cochinos que se habían bajado de las montañas, por la nevada, digo yo. Eso sí, íbamos a tiro por cochino, por que como estaban en las laderas dando vistas al valle, se les tiraba muy bien. Y esto también, este cazador llevaba un rifle corcero, un .270 monotiro, con una lente de hasta 24 aumentos que lo tenía fino, fino y les tiraba al cuello a todos. Dejó a los tres secos de un tiro. Cosa muy de agradecer.

Por el contrario, el otro cazador, el cámara y su equipo que siempre se compone de al menos cuatro personas, decidieron buscar los cochinos en las montañas y vieron uno realmente grande, pero muy lejos. Después de una tremenda ascensión por la nieve, cuando casi llegaban a distancia de tiro, el cochino les barruntó, traspuso y se acabó la cacería. La caza… que a veces no te da lo que te mereces y otras te lo regala.

Otra anécdota. Un tarde, al volver de retirada y mientras escrutábamos el río para ver por donde lo vadeábamos, los incasables guías que no paran de trabajar ni un minuto, vieron un par de cochinos en un talud terrero a nuestras espaldas. Dimos rápida media vuelta a los caballos y, los que son de caballería, estaban al pie del talud en menos que se persigna un cura loco, que se decía antes, mientras que yo, que hice la mili en aviación, me las veía y me las deseaba para hacer que el caballo fuera a contra pelo de su querencia. Aquello terminó en unas palabras con el caballo, de las que resultó victorioso el caballo, quedando amarrado en el lugar escogido por el mismo caballo. No obstante, al poco ya me había incorporado, a pie, al grupo de caza. Ya situados a unos 160-180 metros de los cochinos que además eran dos machos, el talud del río y su mísera vegetación, no permitían una buena posición para hacer un tiro medianamente bueno, por lo que el cazador, sin más opciones que apoyarse en esas ridículas e inestables matas, optó por tirar como fuera o fuese, al primero en parado y al segundo ya a la carrera, con el resultado de que al primero no le dio y al segundo le rompió, claramente, una mano. En ese pundonoroso afán que tenemos los españoles de seguir la caza herida, hicimos intención de perseguir al cochino, cosa de la que nos disuadieron por los consabidos motivos de que, con una mano rota, ese cochino podría correr kilómetros y kilómetros, se le secaría, andaría cojo toda su vida y moriría de viejo, o en otro lance, pero no moriría de aquella. Máxime en invierno con nieve y sin moscas. Así que nos volvimos a la casa tan contentos, porque a pesar de este fallo, ya traíamos un par de buenos guarros en la mochila. Además los caballos, cara a la cuadra, andaban que se las pelaban de bien.

Gente entrañable
La cacería de junio, julio tiene otras variantes muy interesantes también que ya se han descrito en otros artículos anteriores. Resumiré que, en esa época el valle, que está lleno de moreras y no de perales, empieza a tirar sus frutos y los jabalíes bajan como locos de las montañas. Es entonces cuando los esperistas disfrutan cazando los cochinos, tarde y noche. Es una cacería más afable, porque no hay que andar tanto, pero también se hacen recechos y ganchitos, lo que resulta muy ameno.

De manera que esta es la cacería para los amantes de los grandes cochinos, en un ambiente absolutamente natural y salvaje. Con gentes entrañables e incansables trabajadores. Hay veces que tienes que ser tú mismo quien diga que hay dejarlo ya, si no, ellos seguirían cazando hasta el último resquicio de luz. Tíos duros para los que no existe cota inalcanzable alguna.

Una curiosidad; sólo uno de cada grupo corta los hocicos, con guantes, te los da y te los metes en tu zurrón. Los demás no los tocan. Por eso, precisamente hay tantos cochinos y tan gordos. No los tocan ni siquiera para colocarlos para la foto. Cuando tienen que tirarlos por una cuesta, lo hacen volteándolos con un palo y no tiran de ellos ni les empujan con las manos. Que no los tocan, vamos.

Bella estampa de las montañas de Tayikistán, cubiertas de nieve.
El ‘coche de línea’, el camión militar que sirve de transpote en la época de nieve.
Pasando el puente nevado, lo que es peor, porque la nieve tapa los agujeros.
Los ascensos a las montañas se realizan por los barrancos adecuados a lomos de caballos.
Con el primero de los jabalíes cobrados por el grupo de cazadores.
Los impresionantes barrancos que hay en la zona.
Obsérvese el rastro dejado por los jabalíes en el manto blanco.
El jabalí de la foto es el ‘jabalí de las volteretas’.
El momento más feliz del día: ése en que uno se quita las botas.
Otro excelente macareno obtenido en rececho en las cumbres tayikas.
Los guías no tocan de ninguna manera a los jabalíes, y si lo hacen, es con guantes o palos.
Resultado final de la cacería en Tayikistán.

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