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El rito de diciembre. «Observaciones sobre Sorex decembris en la Dehesa Alba (Toledo)»

Sorex decembris jabalí
Ejemplar de ‘Sorex decembris’ hembra capturado junto al arroyo de Guazalete.

Toledo, 23 dic. (European Press / IRAM).– Investigadores del Instituto Regional de Arqueología y Museística han sacado a la luz un informe de 1884 hallado en los archivos de La Gaceta de Toledo, periódico provincial desaparecido a comienzos del siglo XIX, que documenta inusuales interacciones tróficas observadas en el campo manchego.

Ataques de la musia de diciembre a la región genital del jabalí

Se describen las observaciones realizadas sobre Sorex decembris (conocida localmente como musia de diciembre) en la Dehesa Alba, provincia de Toledo. Durante el periodo invernal, la especie muestra un comportamiento interespecífico inédito: ataques dirigidos a la región genital del Sus scrofa baeticus (jabalí común). El patrón, comparable al descrito para el tejón de la miel (Mellivora capensis) frente a grandes félidos, sugiere un rito de dominancia o cortejo. El informe incluye testimonios epistolares, referencias históricas y varias láminas inéditas.

Palabras clave: Sorex decembris, Sus scrofa, comportamiento interespecífico, musaraña ibérica, tejón de la miel, interacciones tróficas anómalas.

Carta de Vissantet Nieto i Casarana al autor

«He observado ya tres casos idénticos, siempre en luna menguante. Sospecho que la musia no busca alimento, sino una forma de dominio, acaso ritual.»
(Carta de Vissantet Nieto i Casarana al autor, diciembre de 1881)

Así comenzaba la primera carta que recibí del naturalista gallego Vissantet Nieto i Casarana, miembro correspondiente de la Sociedad Filomastozoológica de Olano (Álava), a quien debo el hallazgo más desconcertante de mi carrera. En ella relataba, con la minuciosidad de un entomólogo y el pudor de un hombre piadoso, cómo una musaraña ibérica –la que hoy designamos como Sorex decembris– había atacado sin vacilación los genitales de un jabalí dormido en la Dehesa Alba:

«Una musaraña de pelaje ceniciento, que apenas superaba el tamaño de un dedal, se abalanzó sobre el jabalí dormido, prendiendo sus dientes con inusitada precisión en la zona pudenda del macho adulto. Este emitió un gruñido breve, más de sorpresa que de dolor, y volvió a recostarse sin mostrar agresión.»

«Parecía un acto de justicia natural, una subversión al orden viril»

Al principio creí que se trataba de una exageración rural, un malentendido de campo o una anécdota de laboratorio. Sin embargo, los bocetos y anotaciones que acompañaban la misiva obligaron a reconsiderar mi escepticismo.

El fenómeno, que Nieto Casarana y su esposa Carmiña Casarana observaron por primera vez en 1879, mientras realizaban un recuento de himenópteros asteles en una replantación de Scirpus holoschoenus junto al arroyo de Guazalete, parecía repetirse cada invierno. En una nota marginal, Carmiña escribía: «Parecía un acto de justicia natural, una subversión al orden viril.»

En correspondencia posterior, Nieto Casarana comparó el comportamiento con las crónicas africanas del francés Charlize Dargüin, autor de Observations sur les petits mammifères de l’Afrique australe (1862), quien describía a un ejemplar de Mellivora capensis, el tejón de la miel, atacando de modo semejante a los leones del Transvaal. «En ambos casos –escribía Dargüin–, lo pequeño enseña al grande los límites de la paciencia.»

El ataque ocurre únicamente en diciembre, con temperaturas bajo cero y preferencia por machos adultos

Mis propias observaciones, iniciadas en 1883, confirmaron el patrón. El ataque ocurre únicamente en diciembre, con temperaturas bajo cero y preferencia por machos adultos. Las huellas de la musia convergen en semicírculos hacia los encames, como si midiera el peligro. En una ocasión, descrita en mis cuadernos de campo (véase figura 2, lámina II), una hembra adulta de Sorex decembris se aproximó a un verraco de unos 90 kilos. Tras breves olfateos, se deslizó bajo el vientre y se aferró con un mordisco rápido y preciso a los tejidos escrotales. El jabalí dio un salto convulso, giró sobre sí mismo y se perdió entre las eneas, dejando tras de sí un gruñido breve, mitad ira, mitad asombro.

El comportamiento no parece responder ni al hambre ni a la defensa territorial. Dargüin señala a una “psicología instintiva”, y el historiador Cayo Pluvio Metrio, coetáneo de Plinio el Viejo, refiere en su Naturalis Bestiarium (libro XII, cap. 4) que «los pequeños cuadrúpedos de Iberia hallan en la audacia el alimento del invierno». Todo hace pensar en un rito iniciático: aproximación lenta, mordida certera, retirada ordenada. En todos los casos documentados, el jabalí evita la represalia; acaso por desconcierto, acaso por respeto.

Sorex decembris jabalí

«Empiezo a sospechar que la musia no hiere: bautiza»

A medida que acumulaba datos, la correspondencia con Nieto Casarana adquirió un tono más filosófico que científico. En su carta de 1883 me advertía: «Empiezo a sospechar que la musia no hiere: bautiza.» Aquella frase, que entonces tomé por un arrebato místico, me ha perseguido desde entonces.

El 14 de diciembre del pasado año tuve, de chiripa, la ocasión de presenciar el fenómeno de nuevo. No lo olvidaré. La madrugada era clara, el suelo crujía como costra de sal, y un jabalí dormitaba junto al arroyo. La musia apareció entre los juncos, avanzó sin tropiezo y, tras un instante de tensa quietud, cumplió el rito. Confieso que yo también me inmovilicé: sentí la extraña emoción de estar asistiendo a algo que no debería ser. Cuando todo terminó, la pequeña se alejó ordenadamente, sin mirar atrás, mientras el cochino jabalí permanecía impávido; no sé si congelado por el estupor de lo acaecido o por las bajas temperaturas.

Sorex decembris jabalí

No he vuelto a acercarme a una musaraña sin cubrirme instintivamente el flanco principal

Pese a la evidencia, no se ha conseguido identificar espécimen alguno de Sorex decembris en colecciones oficiales. Algunos colegas dudan de su existencia; otros sostienen que se trata de una mutación estacional de Sorex araneus. Pero los hechos persisten, al menos en mi memoria –y en la de quienes compartimos madrugadas de escarcha en la Dehesa Alba–  como una verdad incómoda.

No sé si lo que he visto pertenece a la zoología o a los efectos de algún hongo desconocido que vierte sus esporas entre los fríos de los albanejos, pero me parece innegable que en ese gesto diminuto late algo que la ciencia aún no ha nombrado. Tal vez sea una forma de moral.

Desde aquella noche de diciembre, no he vuelto a acercarme a una musaraña sin cubrirme instintivamente el flanco principal.

Laureano de Las Cuevas
Sociedad Ibérica de Mastozoología Comparada
Toledo, invierno de 1884

 

 

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