Campeando: ‘Un cochinazo del Pirineo’, por Ernesto Navarrete

Son las 10:00 horas y llego resoplando a mi postura, más por los deseos del inicio del resaque que por lo exigente de la caminata, que esta vez no ha sido mucha. Me descuelgo archiperres de caza y armo el rifle con el deseo que aporta un inicio de montería y que, dicho sea de paso, es exactamente la misma sensación que la que tenía cuando con algo más de 12 años montaba mi calibre 22, en compañía de mi padre, al iniciar la jornada montera por los barrancos de la sierra norte sevillana.

Cazamos hoy un resaque ancho ya que hemos reunido una veintena de escopetas y hay que aprovechar estas concurrencias para batir los resaques más largos. La cita la tenemos en la caseta de la cuadrilla, ¡que es un primor! No existe un lugar más bello en su rusticidad que la casa de cazadores de Centenero. Sus paredes rezuman jornadas cinegéticas entremezcladas con el humazo de una lumbre casi industrial que abriga a los recién llegados ahogándolos en aromas de panceta y huevos fritos. Asoman a la mesa chorizos y panes; lomos en aceite y quesos de mil paridas. Sobre las paredes se agarran fotografías en sepia de monteseros de antaño que seguro han regalado sus cenizas por entre estas torrenteras tapizadas de musgo y brezo. De las traviesas de madera que abrazan los muros de esta hermosura cuelgan collares de perros, sogas de arrastre y abrigos sin color, fiel reflejo del oficio de sus dueños. Esta caseta es el dibujo perfecto y sencillo que define a esta familia pirenaica unida por la pasión a la caza en una tierra que marca y educa.

Enrique, Capitán de Montería, junto con su vicario de monte, Guillermo, y nuestro valedor, Roberto, ejecutan un aquelarre repartiendo puestos por el monte asignando aquellos según las posibilidades de cada uno. En esta ocasión me informan que me ha tocado cerrar una postura a mitad de una barranquera al final del resaque que es muy querencioso en la huida de los cochinos.

Salimos pronto y Santos, mi postor, me enseña desde la cresta del barranco a batir la peña que a media canal será mi apostadero. Tenía que bajar unos doscientos metros por la canal del barranco hasta un promontorio que, coronado por una peña caliza, hacía de nariz del gargantón permitiéndome asomarme a derechas e izquierdas de forma que esas vistas dibujaban mi tiradero. Hacia abajo, siguiendo la pendiente del barranco éste moría lentamente vaciándose en un mar de morras forradas de pinos y bojes definiendo este monte prepirenaico de valles y sopiés.

Como dije, llegué a la postura con ansia de niño y una vez sosegado y habiendo estudiado los dos tiraderos cortos a mi izquierda y derecha, alzo la vista para descubrir nuevos tiraderos algo más lejanos. Sobre la costana izquierda se me presenta un tiradero algo largo con un testero repleto de pinos que clarean de vez en cuando y algo más donde corona el barranco. El problema de este tiradero será el sol ya que al encontrase enfrente, la óptica se me inunda de luz y reflejos que hacen semiopaca el cristal del visor. Simulo disparos en diversos claros de esta ladera y ratifico la mala calidad de visión que me aporta el visor. ¡Ya veremos! Por la derecha mi tiradero largo era mucho más cerrado por la alta densidad de pinos, no tenía ningún problema con la luz ya que ésta entraba de espaldas, pero no había prácticamente tiradero limpio, ¡todo era extremadamente cerrado y sucio!

Apostado ya cómodamente en mi peña calcárea, controlados los tiraderos posibles, tomado el aire y desplegados los cacharros del macuto me entretengo gemeleando a los primeros buitres que ya surfean por este cielo diamantino. El día muy soleado me invita a pensar que son ya más de veinte años los que llevo acudiendo a estos resaques de Huesca y siempre de la mano de nuestro buen amigo Roberto, que nos agasaja permanentemente preocupándose de quién tira y de quien no, quien puede andar y quien tiene más dificultades con las piernas, quién trae a hijos o a acompañantes y cómo atenderlos. Es un regalo de San Huberto disponer de amigos como Roberto.

En estas estaba cuando ya comienzo a oír los latidos de los perros por el sopié del barranco, muy lejos aún. Era Enrique con sus perros y la chilla era seria, como digo estaban muy lejos, pero habían levantado la caza. Enrique había soltado seis o siete perros de sangre mezclada pero donde predomina el podenco sedeño y de talla alta, el cruce era variado, pero asomaba el latido de sabueso. Todos campaneros de estampa y con talla y peso, ¡no habría problemas en caso de dar con un buen verraco!

Yo estaba atento al campo y los perros tenían ya bien agarrado el rastro. El latido de Messi, un campanero salpicado de blanco y canelo, acompañaba la ladra de su compañero intuyendo yo que los cochinos irían 400 o 500 metros por delante de la chilla. Miraba y remiraba a mis tiraderos de izquierda y derecha, pero en ellos sólo los arrendajos revoloteaban a su modo entre pino y pino. Poco a poco la ladra parecía tomar dirección ascendente, Enrique Cortillas, su perrero, voceaba muy lejos aún animando a sus valientes sabedor que el rastro era bueno, le acompañan otros dos grandes aficionados llenos de juventud son su hijo Jorge e Iván. Los tres no estarían ni a un kilómetro de distancia de donde latían sus perros, pero se desgañitaban animándolos para que éstos se sintieran acompañados a la vez que protegidos si diera lugar a un encuentro cruel.

Avanzaba el resaque lentamente y yo atento soñaba con la entrada pausada del marrano que muy por delante de los perros buscaba la huida zorrera para trasponer el barranco que yo cerraba. Cazaba de vista y miraba a ambos lados de mi postura queriendo ver el más mínimo de los detalles que escribe un lance. En una de estas ocasiones me pareció ver algo en mi costana de la izquierda, el sol no me daba muchas ventajas, pero la espantada de una mirla muy estridente por la parte baja del barranco me avisó, me puse la gorra baja para evitar el resol en mis ojos y rebusqué por entre los pinos para ver si divisaba algo más. ¡¡Fue un trasluzón!!

¡¡Allí estaban!! a media falda subían dos cochinos a su trote dulzón, por delante un buen cochino negro como una sombra abría camino siguiéndole un segundo cochino medianejo, de pelo más claro y con tranco más corto. Aparecían y desaparecían por entre el pinar. Me encaré el Sako y la óptica me escupe con un esmerilado del cristal al que yo ya me había acostumbrado con los amagos de puntería que había repetido mil veces. Busco el movimiento a través de la lente consiguiendo centrar al cochino negro. Me preparo e inicio mi liturgia de la puntería, están un poco lejos y voy dejando que se mejoren, la visión no es muy buena por los reflejos del sol que me aporta una especie de catarata en el visor dejándome las imágenes blanqueadas y sin color. Están algo lejos y meter la cruz en el cochino no me resulta fácil, realizo varios intentos, pero la cruz no se pega al cochino….

Suben, siguen mejorándose un poco, pero del mismo modo voy perdiendo oportunidades de repetir disparos. Oigo a los perros por debajo del barranco aún lejos y me sonrío al reconocer que tras veinte años de caza en el Pirineo ya aprendí a leer este tipo de caza con perros de rastro. Domino la respiración y en uno de estos momentos entre pinos fijo la puntería sobre el cochino grande siguiendo su trayectoria, llevo la cruz un poco adelantada al verraco y en su trasiego voy barriendo copas de pinos, troncos de árboles y mancha del cochino, pero ya estoy centrado con él. Concentrado en la caza y con algo de distancia de más, el Sako habla.

El estruendo sometió al barranco y animó a los perros que agitaron sus latidos sabedores del éxito de su desempeño. No noté reacción alguna en el cochino si bien con el susto del disparo ambos arrearon con su trote iniciando una ligera carrera ascendente en busca de coronar su barranco tramposo. Cargo el arma de nuevo y vuelvo a tomar la puntería, ahora ya no sé a qué cochino disparo, todo son sombras y reflejos centrándome sólo en los movimientos del monte. Atisbo un cochino y me voy con él, vuelvo a concentrarme en su mancha y repito el disparo. Algo ha cambiado ahora, los cochinos se rejuntan parándose en seco y en un segundo se dan la vuelta reiniciando su carrera ahora en sentido contrario. Faldean y retoman su camino, pero ahora hacia abajo y algo más alto de por donde entraron. En pleno lance me sonrío porque este comportamiento me alienta a que he podido tocar pelo, recargo el rifle y vuelvo a la puntería. Encuentro de nuevo el guarro negro y ya no me despego de él, le sigo viendo y con el ojo izquierdo observo que pocos metros por delante de su carrera el verraco pasará por un claro de pinos, solo me estorbaran los bojes y la gayuba. Espero.

Con la carrera a derechas y algo hacia abajo el cochino sigue su carrera corta acercándose ya al limpio objeto de mis deseos. Marco nuevamente la cruz algo adelantada y vuelvo a contener la respiración, el cochino saltea matas de boj a la vez que bascula su cuerpo entre sus manos y sus jamones dándole una imagen de carrusel a su huida, centro mi mente en esa porción de movimiento y aprieto el gatillo creo que suavemente, pero no estoy muy seguro.

El trallazo del Sako sacude nuevamente el silencio del barranco y esta vez la óptica me regala una visión que pocas veces he tenido. En el disparo puedo ver, o al menos me lo parece, como tras el cochino atisbo la imagen de un cono de proyección de pelos de la bestia, fue una milésima de segundo, pero es lo que vi o al menos lo que me pareció. Tras el disparo el cochino cambió su comportamiento, pegó una arrancada esta vez hacia abajo y más rápido que nunca, enseguida le perdí al salir del limpio donde disparé. El segundo cochino no sé dónde se metió, pero ya no iba con el guarro negro, y llegó de nuevo el silencio.

Cargué la reserva de balas del rifle sin dejar de barrer con la vista la costana por ver si descubría algún movimiento que me contara lo que estaba pasando. El silencio ahora lo ocupaba todo, los perros conocedores del lance culminado no latían, Enrique y sus vicarios callaban y yo, sólo, mascullaba y repasaba mentalmente el lance vivido, pero en todo esto el barranco callaba y no daba una pista. El silencio, ¡ese silencio cómplice de un lance marrado!

Mi pecho se apaciguo, mi respiración volvió a su sosiego y mis brazos bajaron a mi compañero de lances aún caliente de su esfuerzo. Me calmé mientras repasaba los disparos, repensaba el cambio de dirección de los cochinos al segundo disparo y sobretodo rememoraba una y otra vez la imagen del cono de proyección tras el verraco en mi último tiro. Fue el sonido de vibración del móvil el que me sacó de esa zozobra que le entra a un montero cuando ha fallado un lance. Mis compañeros preguntaban qué era lo que había pasado, respondí lo que pensaba, que creía que lo había pinchado, aunque no lo tenía nada claro. Me contestaron que no me preocupase que Enrique iba subiendo el barranco y pasaría por la zona del lance. ¡Veremos!

Poco a poco las voces de Jorge y de Iván recogían a los perros mientras que ellos se adentraban en la barranquera izquierda protagonista del lance, mientras yo esperaba… ¡ansiaba el latido de un perro ladrando a parado! Pasó un lustro y ningún perro rubricaba lance alguno con su ladra, tal fue así que a través de mi móvil trasmití a los compañeros mi maldito fallo. Remascullaba en mi interior el dolor del fallo que se curaba luego con la sonrisa que me provocaba el pensar la de bromas que me esperaban en la comida. En eso, sonó un ladrido seco.

Corté todo pensamiento y me asomé de nuevo a la barranquera izquierda. ¡Era todo oídos! Pasó un rato largo y ese podenco alto blanquinegro y arisco volvió a sacudir al monte. Volvió a latir corto y seco, pero en el mismo sitio, ¡sólo yo sabía a qué ladraba! Volvió a pasar otro rato largo y se repitió el latido, pero esta vez ya le acompañaba Messi en sus ladridos y ¡la ladra era claramente a parado! Respiré esperanzado mientras sentía que los perros se arrejuntaban ya en rededor del encontrado mientras que Enrique, cercano al lance, callaba sabedor de que sus valientes habían encontrado al cochino y se vislumbraba tormenta.

El teléfono temblaba de llamadas y yo daba instrucciones avisando del agarre para que no hubiera daños en los perros. Enrique, en su bien hacer, dejo a los chicos alejados del agarre y sabiendo ya de que se podía tratar de un verraco importante entró por la parte de arriba y en absoluto silencio se fue acercando sin distraer a sus perros. Se metió poco a poco, rifle en mano, hacia el espesar donde sus perros tenían aculado a la bestia. ¡Estaba solo! Vio a sus perros ladrando a parado en una torrentera, pero no veía al verraco, siguió acercándose ahora agachado muy poco a poco evitando que sus perros se desconcentrasen con el lance, llegó al cajón de la torrentera y se metió en él. Ahora sus perros se encontraban a su derecha y lo que fuera aquello lo tenía a su izquierda aculado bajo unas lascas de piedra, pero seguía sin verlo. Avanzó un poco más mientras los perros atacaban y reculaban a medida que la bestia arremetía amagando a los perros que retrocedían para de nuevo avanzar en su acoso. Enrique avanzaba poco a poco, agachado y con el rifle en la mano, en una de esas arrancadas de la bestia consiguió verlo.

Enrique se quedó quieto como estatua de sal mientras el cochino al recular de nuevo giró su cabezota fijándose en él, pero no arremetió. Volvió el cochino a su recula mientras los perros volvían a acosar, Enrique se dio cuenta que estaba en franco peligro y no se lo pensó dos veces, se preparó y a la siguiente asomada acabaría con la situación.

Así sucedió. Al siguiente empellón del cochino Enrique acabó con su vida permaneciendo inmóvil hasta no comprobar que sus perros comenzaban a morder las manos del cochino que era lo único que conseguía ver desde la cajonera donde se encontraba. Dejó morder a gusto a sus valientes mientras se secaba el sudor, soltaba los nervios del lance y recuperaba el aliento al mismo tiempo que bendecía esta afición que Dios le ha dado.

El cochino era una belleza todo él. Cuerpo enjuto y arisco arrojaba aroma a monte y a macho, sus defensas espectaculares y enteras llegarán a metal por poco que tengan sus raíces y el peso…. Ah el peso, ¡eso fue lo peor para mí! Por vez primera no pude con la entresaca, no sé si fue la tensión acumulada, el calor o mi falta de agua o de forma, pero lo cierto es que me entró una pájara haciéndome inútil en la montaña. Mis compañeros fueron los verdaderos protagonistas de este logro. Justino, Santos, Erik, por supuesto Enrique, Jorge e Iván todos a una sacaron este verraco de las entrañas del barranco dejándome avergonzado de mi inutilidad y asombrado de su fortaleza física. Algunos de ellos habían estado resacando con los perros y llevaban una paliza considerable y ahí estaban con mi cochino, otros tuvieron que bajar a mi puesto y pegarse una paliza para subir el marrano hasta los coches. No olvidaré su entrega por hacerme feliz ni la afición exigente que estas tierras cría entre los serreños.

Un artículo de Ernesto Navarrete de Cárcer

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