África Con los prismáticos en la mano Relatos

De África a la barrica de Manolo, por José García Escorial

De África
De África a la barrica del bar de Manolo, «tan solo 40 pasajeros en un vuelo de 400 asientos».

De África a la barrica del bar de Manolo

La llegada a Johannesburgo no puede ser más tenebrosa, tan solo 40 pasajeros en un vuelo de 400 asientos, es un aeropuerto desierto, somos el único vuelo intercontinental de esa mañana.

Sales al hall de llegadas siempre lleno de un variopinto personal, mozos de equipajes que inútilmente intentan apoderarse de tu trolley sobrecargado de equipaje, taxistas que te ofrecen sus servicios, choferes con carteles con los nombres de sus clientes, más de una persona con pantalón corto y con ropa de safari que con su grotesco gesto fiero te retrotrae a recuerdos infantiles de Mogambo; pero ahora todo está vacío, ayuno de esa fauna.

«La llegada a Johannesburgo no puede ser más tenebrosa, es un aeropuerto desierto, somos el único vuelo intercontinental de esa mañana»

El vuelo doméstico hasta arriba

Por inercia te diriges a la oficina de armas, hoy no llevas nada, pero allí está la temible sargento Leshoto, que te saluda sin esbozar siquiera una sonrisa, han pasado once meses desde mi última visita, pero seguro que saltaría como una pantera si viajara con rifles para ponerme todas las pegas habituales, retrasarme en la entrega de la licencia, y poner en peligro mi posterior conexión aérea tanto doméstica, vuelos dentro del país o regional vuelos dentro de África.

En los anaqueles vacíos no encuentro ninguna revista de caza que entretenga la espera a mi próximo vuelo.

No es de extrañar, no hay cazadores, no hay publicaciones especializadas.

Me despido de mi secular enemiga con la mejor de mis falsas sonrisas, y un deseo franco de conservar su buena salud.

Eso de la medida de seguridad por la distancia me parece muy oportuno, y como casi siempre te la exigen de malos modos, para a renglón seguido entrar en una aeronave que no cabe un ser humano más, y que te obliga a ir encogido en el corto, gracias a Dios, vuelo.

No hay nadie que me lo explique, ya lo sé, son las incongruencias habituales del absoluto desconocimiento para luchar contra el Covid-19 que tienen los políticos y los ignorantes que se auto titulan epidemiólogos, y que en España gozamos del más inútil de todos, por una razón porque ha superado todos los niveles posibles de estulticia.

Once meses sin pisar África

La llegada a casa es emotiva, pero abres la puerta de tu vivienda con recelo, aunque alegre observas que el abundante veneno blanco ha hecho su trabajo, los cadáveres secos de grandes arañas te confirman que fue una buena opción la medida de rodear el interior de las puertas exteriores con ese producto letal.

Duermo fatal la primera noche, son muchas las emociones del día para conciliar el sueño.

Nunca desde hace casi los últimos cuarenta años estuve once meses sin pisar el continente negro, y nunca desde que construimos Paoland he pasado más de dos meses sin estar por allí.

Amanece pasados unos minutos de las cinco, y a las ocho, la hora que he quedado con el servicio, estoy más que listo para comprobar los naturales estragos del tiempo, viento, lluvia, y los producidos por mis enemigos los babuinos, que son los más abundantes, pero ya me iré tomando una fría venganza contra sus líderes machos dominantes.

Ocho días de caza serían más que suficientes para matar el gusanillo, pero entre reparar lo estropeado, visitar a los amigos, y que ellos te visiten, apenas te quedan horas para tu rifle, pero algún ratejo hay que echar.

El bushpig nunca es fácil De África

Lo de los bushpig nunca es fácil, solo tenía tres en mi palmarés personal, el primero en 1991 en Matetsi, Zimbabwe, en un amanecer visitando cebos, el segundo en 1999 en las montañas del Cabo Oriental con perros y a cuchillo, el tercero de Rungwa, Tanzania, en 2016 encontrado de modo casual y disparado muy largo con un .375 Holland&Holland a propósito a los riñones, que es lo único que veía.

El cuarto ha sido ahora, habíamos estado con Barry viendo el trabajo del buldócer en las nuevas pistas en la montaña enfrente de casa, y como aún quedaba más de una hora de luz, decidimos ir a la T Junction dando un paseo con el coche, y un bushpig cruzó el camino, frenazo, y me bajo del coche.

De África

El cochino se ha metido en las cañas del agua recogida en el socavón de una antigua cantera, me pongo en el punto más alto dominando los posibles escapes, con estrépito el guarro sale como un rayo rompiendo las cañas saltando al camino por donde ha venido, al tiro me da la sensación que mueve las patas frenéticamente y no en un claro galope, yo casi estoy convencido que le he dado, pero llega el coche y una voz en español me dice: «lo has fallado».

Pero Barry me dice: «he visto polvo dentro del bosque, como si pataleara».

Y allí con un tiro en todo su sitio, estaba mi cuarto gorrino africano, y yo más que contento y orgulloso presumiendo de mi certero tiro montero.

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A facos De África

Otro día nos fuimos a cazar facos a la finca de Barry P., que es un terreno más afable con menos piedras, estábamos al agua de espera, ya habíamos hecho el cupo, pero me puse para cazar otro ya que me gusta dejar siempre carne de caza al personal de Paoland.

Entra un facochero macho cumplido de cuerpo, pero no le dejo llegar al agua para que no se embarre, y sobrado le tiro de tres cuartos con poco ángulo, en la salida parece que se va a caer, pero remonta el talud de la charca y se pierde en el bush.

La sangre al principio es fácil de seguir, pero pronto solo son escasas gotas, y empiezan mis lamentos al ver perdido mi prestigio como tirador, he incumplido las reglas que impongo a los demás, y he disparado sin asegurar una muerte limpia.

Menos mal que Reeva, la perrita de Barry P. empieza a latir, y después de una carrera en lo más sucio del bush, mi pistola Glock pone fin al pequeño drama.

En fin, en esto de los tiros pasas de la presumida gloria, a rebajarte los engreídos humos muy deprisa.

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En la barrica del bar de Manolo De África

Cuando entré en Sudáfrica lo hice dos horas antes de que de nuevo cerraran la frontera para los españoles, cuando entré en Madrid lo hice con unas horas antes de que cerraran de nuevo la capital de España.

Mis planes de cazar machos monteses con amigos en el puente de los Santos y en el de la Almudena se fueron al garete.

Lo que aún conservo es mi puesto en la barrica de vino al exterior del bar de Manolo, aunque los churros me los tomo doblemente mojados, por el café con leche y por el agua de la lluvia que ha comenzado a caer.

De África Un artículo de José García Escorial

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