Las brumas del Duero

Felipe Vegue

Las brumas del Duero

Por los caminos de la rehala

Conservar la rehala después del arraigo alcanzado con su uso en la Península en una modalidad tan nuestra como es la montería española, puede que sea imposible. Considerar la rehala solamente como actividad económica se apunta, a mi juicio, a todas luces inviable, que es lo que parece se pretende con su fiscalización y control. Que nuestros rehaleros y auxiliares en la montería queden sujetos a peonadas me suena a disparate, exigir que se den de alta en el Régimen General de la Seguridad Social, documentando ingresos y cotizando en una actividad primigenia y llena de una contenido pasional y de libertad, me parece, cuando menos, absurdo.

Las brumas del Duero

Naturaleza Real

Cuando José Luis Garrido me invitó a participar en el proyecto de Naturaleza Real, de la Federación Castellanoleonesa de Caza, he de confesar que tuve alguna reticencia. Ya estamos cansados de bregar un día sí y otro también con aptitudes de intransigencia y críticas desde el desconocimiento más elemental del proyecto, y desde extremos muy distintos y radicales en el rechazo de cualquier instrumento que aúne conocimiento y difusión de acciones protagonizadas por cazadores.

Las brumas del Duero

Nuestras razas caninas

Muchos no entendemos la caza sin el concurso de los perros, sin ellos nos falta la esencia, el estímulo y la gratificación del fiel compañero. Hace algunas jornadas se celebró en Valladolid el II Curso de Capitán de Montería; dentro de las ponencias tuve el privilegio de desarrollar el apasionante mundo de la Rehala, historia, ética y tradición, en el marco incomparable de la montería española. 

Las brumas del Duero

El cercón de los oros…

 

Ser cazador es un ejercicio de libertad, en un mágico escenario, en el que tantos han sentido la necesidad de expresar de una u otra forma, con mejor o peor fortuna, lo que se siente cazando. Los que practicamos la caza sabemos que, no hace tanto, al cazador le bastaba adquirir una escopeta, disponer de unos cartuchos y lanzarse a la aventura, que de eso se trataba, en terrenos donde el horizonte era ilimitado, sin cercas, sin tablillas ni señales para prohibir el paso o con el aprovechamiento de aquellos aficionados que se sentían el más afortunado de los mortales.