
Hay amores que llegan a nuestra vida sin hacer ruido y, sin darnos cuenta, terminan convirtiéndose en los más profundos. Así es el amor de un perro.
Los queremos con una intensidad que cuesta explicar. Les entregamos nuestro tiempo, nuestros cuidados, nuestros desvelos y una parte de nuestra vida. Cambiamos horarios, renunciamos a planes y reorganizamos el mundo por ellos, y nunca sentimos que sea un sacrificio. Porque cuando amas a un perro, cuidar de él no es una obligación: es un privilegio.
De alguna manera inexplicable, son ellos quienes terminan salvándonos a nosotros
Ellos dependen de nosotros para todo. Somos quienes les damos alimento, refugio, protección y seguridad. Pero, de alguna manera inexplicable, son ellos quienes terminan salvándonos a nosotros. Nos enseñan a sonreír en los días más oscuros, a levantarnos cuando las fuerzas faltan y a descubrir que el amor más puro puede encontrarse en cuatro patas y una mirada.
No conocen el rencor, no entienden de orgullo, no guardan cuentas pendientes… Solo saben amar. Y lo hacen con una entrega tan absoluta que conmueve el alma.
Para ellos, nuestro regreso siempre es el mejor momento del día
Cada vez que cruzamos la puerta de casa nos reciben como si el mundo hubiera vuelto a estar completo. No importa si nos hemos ido diez minutos o diez horas. Para ellos, nuestro regreso siempre es el mejor momento del día. En sus ojos no hay reproches, solo alegría. En su corazón no hay dudas, solo la certeza de que somos la persona más importante de su vida.
Jamás nos abandonarían. Permanecerían a nuestro lado cuando todos los demás se hubieran ido. Si el destino les diera a elegir entre su vida y la nuestra, no dudarían ni un instante. Porque su lealtad no conoce límites y su amor no entiende de condiciones.
Nosotros somos toda su vida. Y ellos una parte inmensa de la nuestra. Se convierten en familia, en hogar, en refugio, en rutina, en paz. Son quienes celebran nuestros mejores días y quienes permanecen en silencio durante los peores, sin pedir explicaciones, sin esperar nada a cambio, simplemente estando ahí.

Amar sin medir, sin juzgar, sin esperar recompensa
Y quizá esa sea la lección más hermosa que nos dejan: amar sin medir, sin juzgar, sin esperar recompensa. Amar por compartir la vida con nosotros.
Por eso, cuando un perro se marcha, no perdemos una mascota. Perdemos una parte de nuestro corazón. Se va quien conocía todas nuestras luces y todas nuestras sombras y, aun así, nos eligió cada día. Se va quien nos regaló toda una vida de fidelidad a cambio de unos pocos años junto a nosotros.
Ojalá pudiéramos vernos alguna vez con los ojos con los que nos miran ellos. Entonces entenderíamos que, para un perro, no somos personas corrientes. Somos su hogar, su familia, su felicidad, su mundo entero.
Y tal vez esa sea la mayor responsabilidad y, al mismo tiempo, el mayor regalo que puede recibir un ser humano: ser amado de una forma tan pura, tan leal y tan infinita que solo un perro es capaz de ofrecerla.
Y quienes compartimos la vida con todos los perros de una rehala sabemos que el amor no se divide entre cincuenta o cien perros: simplemente se multiplica en cada uno de ellos.
Amor a los perros; texto, fotografías y vídeos: Perico Castejón
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«Y quienes compartimos la vida con todos los perros de una rehala sabemos que el amor no se divide entre cincuenta o cien perros: simplemente se multiplica en cada uno de ellos»




