África El rincón de "Polvorilla"

Sin duda, por M. J. ‘Polvorilla’

sin duda cazador
Sin duda.

A Churra del Águila y Abel Navarro, inevitables

Hay momentos en los que dudas si continuar recto o girar a un lado. Situaciones donde no sabes si hablar o estar callado. Puentes que si los cruzas todo el camino quedará condicionado. Atolladeros embarrados donde no sabes si echar para adelante con el todoterreno o dar marcha atrás para no arriesgarte a regresar caminando a la casa. Fiestas a las que asistir o planes a los que dejar pasar pensando en que si han de ser, la vida te los volverá a presentar.

Nos pasamos el camino dudando en si tirar ese corzo que promete tener futuro pero no sabemos si volveremos a cazar a ese coto. Si cambiar el puesto en la montería que alguien nos propone truequear. Si forzar la situación durante ese viaje, cambiar un avión para llegar a tiempo a esa fiesta donde podemos conocer a alguien que nos cambie la vida.

Dudas que agarran de la pechera a cualquier mortal que no sepa si saludar a un conocido por ir con prisa, si devolver el saludo al desconocido que finge conocernos y nosotros fingimos igual. Dudas acerca de si subir por la umbría y regresar por la solana, de si echar al puchero garbanzos o lentejas. De si el alazán o el castaño morcillo. De si el .300 o el 7 mm. De si corbata o sin ella. De si abrigo o chaleco. De zahones o chaparreras para ese paseo primaveral. De espuelas de gallo corto o largo. De si me tomo una más o me voy para casa…

Tengo el corazón duro, será que me sienta mal cumplir años. Me encuentro en un entorno nuevo que siento conocer de toda la vida. Entre las montañas y sabanas que pelean en el África más hermosa que he contemplado. Todo me impresiona y despierta mi curiosidad pero nada me sorprende.

Creo que he nacido aquí, o en otra vida fui cazador de marfil. Acaricio el baobab donde me resguardé durante la tormenta dos vidas atrás. Respiro bajo la marula que me dio su néctar en aquella cacería de rinocerontes negros donde nos creíamos perdidos. Bebí del río Tambotie donde en otro siglo me relajé tras recoger los marfiles de un cien libras. Soy esa espina que tienes clavada en el dedo y que no eres capaz de sacar por pequeña y piensas que saldrá sola pero te recuerda constantemente su presencia por la molestia. Soy un extraño en este lugar, pero me siento parte de él.

Galopo a lomos de mi caballo disfrutando de cada rincón, de la tímida presencia de las jirafas, la mirada tibia de los impalas y los recelos de mi caballo al cortar el rastro del leopardo. Acaricio las huellas de una hiena manchada. Me divierto viendo a los monos jaleando el entorno ante mi presencia. No quiero cazar, no soy cazador, no merezco ese honor. Ya no me da un vuelco el corazón al quitar el seguro de la espingarda. Ver el animal tras la lente no deja de parecerme un trámite más para seguir siendo un extraño en este entorno que me enamora y al que quiero desnudar a cada tranco. Pensé que mi vida de depredador estaba acabada y no quiero hacer nada por evitarlo.

Sigo disfrutando con mi paseo ecuestre, oyendo los rugidos de un corazón que quiere soltar algo de su jaula y que no encuentra el motivo ni la ocasión. Fueron dos segundos, creo que los únicos donde no he dudado en mi vida. Mi viejo amigo Corne, pues en otra vida estuvimos manteniendo a raya a los leones que aterrorizaban a las poblaciones del Okavango, saltó del caballo echándose los prismáticos a la cara. Se giró violento y nuestras miradas se hicieron una.

Derritió el hielo de mis ojos mientras me tendía rifle indicándome la presencia de ese enlace con la realidad y con los sueños: allá estaba, flamante galán ante su manada de musas. El nyala regio cuya corona no quería ceder a otro más joven. Pude admirarle a través de la lente y tras aquel gatillo nos hicimos eternos. Galopé hacia él. Galopé hacia una realidad que no era capaz de asimilar. Le besé y le acaricié. Me giré hacia mi amigo Corne para agradecerle su gesto. Su respuesta fue pícara y rápida:

–Estás temblando, amigo. Sin duda

Tal vez ese corazón adormilado dio un bostezo para comenzar a latir agitado al ritmo de los ojos de África.

Sin duda, por M.J. “Polvorilla”

 

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