
Anda el monte revuelto de vehículos y gente, de voces y perros.
Me quito de en medio antes de que sea tarde y salgo de la mancha callado, de soniche, que decían antes. Me descuelgo buscando el estrechón, pero me encuentro con un cazador tapando la huida en la vereda: es mi querencia, la salida natural del monte y, ¡o él o yo! Acelero y pego un tornillazo que deja sus disparos lejos de mis jamones logrando salvar el pellejo de milagro. ¡¡Ahí te quedas!!
Sigue el monte alborotado y doy con un raposo que huye como si no hubiera un mañana. Le sigo por el pinar aprovechándome que sea él quien abra camino durante un buen trecho. Espero a que salte el cortadero y, como todo parece tranquilo, cruzo por sus pasos. Ahora hay que seguir en solitario, pero a cubierto, entre la espesura, arropado de brezos, escobas y espinos apretados. Por aquí no hay quien me siga. Me siento seguro. Alcanzo el arroyo y me baño en sus frías aguas, a ver si logro camuflar olores que me delatan y me refresco un poco.

Lejos está, pero le oigo jadear; trae la lengua fuera. Wallace, oí que le llamaban
Camino sin rumbo aparente, pero no llevo los pasos perdidos. Traspongo la cuerda por el Collado de las Doncellas, rebosante de tufo a lobuno. No me hace maldita gracia, pues no tengo el día como para afrontar también una lobada. Castañeo las navajas y repaso el filo contra las amoladeras, no vaya a ser…
Me detengo de nuevo a envelar las orejas. Lejos está, pero le oigo jadear; trae la lengua fuera. Wallace, oí que le llamaban. Con ese nombre, entre mártir escocés y forajido del oeste, este sabueso asturcántabro no cejará en el empeño de seguir mi rastro. Como lo espere detrás de una mata, le saco los mondongos.

Oscurece y hace rato que dejé de oír disparos. La distancia a mi último encame, de donde levanté, es grande
Oscurece y hace rato que dejé de oír disparos. La distancia a mi último encame, de donde levanté, es grande. Kilómetros recorridos en busca de lo oscuro que me devuelva la calma robada. Este ajetreo es un sinvivir por culpa del incansable que me persigue.
Cruje el suelo bajo mis pezuñas; ha comenzado a helar mientras la noche cae y asoman las primeras estrellas. El silencio lo inunda todo. Todo, menos los aullidos de la manada que mueve entre San Martín de los Herreros y Rebanal de las Llantas. Aullidos que intimidan al resto de la fauna, que vive siempre en alerta, porque al primer descuido… Como si del eco se tratase, encuentran respuesta de algún otro clan cercano, bajo la capa ya oscura de la noche. Solo los mastines, pegados al ganado, osan dar réplica, aunque ignoro si por miedo o valentía.

Llevo jugándome la pellica desde que nací: con raposos, águilas, lobos, osos y humanos
Para ti, escritor, argumentos son de mis andanzas; avatares de una vida al límite, que parece no tener tregua. Y, aunque no comprenda tu propósito, no temas: vivencias no te han de faltar para que las puedas dejar escritas, por si a alguien le pudieran interesar. A mí me mueve y me guía el instinto de supervivencia, el interés en añadir otro día más a mi sufrida existencia, donde mi horizonte más lejano queda en el hoy. Más allá todo es incierto.
Llevo jugándome la pellica desde que nací: con raposos, águilas, lobos, osos y humanos, los de tu calaña. De paso –nunca mejor dicho–, si no son autovías son carreteras y, si no, alambradas. No han de faltar tampoco líneas férreas y canales que sumen nuestras vidas por sumideros que las cercenen, sin reparar en edad ni especie. Y por si fueran pocas amenazas, ahora la peste africana, que vuelve, dándoos carta blanca para perseguirnos de cualquier modo, las veinticuatro horas del día y “hasta nueva orden”.
El hombre nos siembra el campo de trigo y luego nos hace pagar por meter el hocico allá donde hemos de llenar la panza, cobrándonos por adelantado el más alto precio. Y así andamos, metidos en urbanizaciones y parques, por pueblos y ciudades, en busca del sustento diario. Vosotros en el campo, nosotros en la puerta de casa. El mundo al revés.

Este orejas largas debe ser perro viejo, porque me marca siempre la distancia
Sigo al trote cochinero obligado por el sabueso, ¡no desiste el can! Me bajo al valle en busca de lo afable de sus praderas, porque tras horas de persecución, comienzo a estar cansado. Vuelvo al encame donde esta mañana empezó todo, a buscar el rastro de mis congéneres, a intentar atravesar la cuadrilla de hembras y su comitiva, para darle esquinazo al perro entremezclando mi rastro con los de la piara, a ver si así le confundo y le dejo entretenido con ellos. Este orejas largas debe ser perro viejo, porque me marca siempre la distancia.
Atravieso el hondo y cruzo el generoso regato, que alegre corre debido al deshielo. Decido recorrer unos metros dentro del agua para salir por donde lo hacen las vacas a pastar los prados. Todo es poco con tal de lograr perder al perro, camuflándome ahora por entre los rastros del vacuno.
Ando ya cerca de mis iguales; me dan en el hocico, el aire les delata.

Busco un rincón al trascacho del viento, donde la soledad es el mejor de los abrigos
A las voces que llegan desde la carretera ha acudido el sabueso; son los de tu cuerda, escritor, que vienen buscándole. Los pude oír cuando alcanzaba la atalaya de riscos que coronan el hayedo, muy cerca de los encames. Tanta paz lleves…
Por fin llegó la hora de descansar. Me aparto de la vereda y de mis comunes, con los que acabo de dar y busco un rincón al trascacho del viento, donde la soledad es el mejor de los abrigos. En un abrir y cerrar de ojos tengo lista la cama que, a modo de cueva, bajo las hojas caídas y la nieve, ha de ser lugar caliente y seguro.
Al menos, hoy.
Mañana, veremos.
Andanzas de un suido; texto y fotografías: Ángel Luis Casado Molina
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