
Se acaba la temporada de montería de este 2024-2025, lentamente e inexorablemente, se despide dejándonos en la memoria momentos para recordar, seguro que a la vez que nos deja gratas vivencias, recordaremos los fallos y nos emocionaremos con los aciertos.
Se nos quedarán en la memoria los puestos y los lances, nuestros y de nuestros compañeros.
Personalmente, no he ido a muchas monterías este año para lo que suelo ir, pero trato de sacar lo mejor de esos ratos compartidos con amigos e, incluso, con gente que al principio no conoces, pero que terminas en sintonía después de compartir un gran día montero.
También me descubro ante aquel montero que es compañero en el monte, para todos y con todos. Es en este punto donde me extenderé.
Dos supuestos.
Primer supuesto: delegar en el postor Reflexiones de
El primero, ese en el que el orgánico delega en un postor que no sabe dónde se colocan los puestos de la armada, que dicho postor los reparte como puede, pues tan solo tiene claro su puesto.
Ese postor que al final cobra más caza que toda la armada, siempre sabiendo que el hecho agravante no es por matar más, sino que, además, consigue el venado más grande y el cochino mejor, claro que luego resulta que tiene vínculos familiares con el orgánico.
Esa montería donde, al salir para montar una armada, un vehículo patina en un charco por no tener cuatro por cuatro y el resto de la armada que le sigue, en vez de ayudarlo, le pasan dejándolo atrás, riéndose del momento y del pobre montero.
O esa otra montería donde un puesto dice haber abatido cuarto venados, siendo dos de ellos poco más que horquillones.
Incluso aquella en la que, tras terminar la comida, los monteros salen pitando hacia sus casas adelantándose mutuamente los vehículos en el camino.
Donde el orgánico levanta la cabeza pidiendo reconocimiento por el resultado obtenido, a pesar que la mayoría de los grandes trofeos han sido abatidos por sus amigos.
Dar la orden de acabar la montería antes de tiempo
Y qué decir de ese orgánico que da la orden de terminar la montería antes de tiempo, a pesar de las inclemencias para que pueda ver el fútbol o calentarse en la chimenea.
Sin duda, otra cosa que sucede es aquel orgánico que cuenta el doble de abates, pues incluye los ficticios de los perros o los que no se han podido sacar, que, claro, no los hay.
He llegado a ver cómo alguno de ellos da la orden a los postores de hacer ruido disparando al blanco para fabricar el éxito de la montería, mostrando en un contador manual cientos de tiros.
Segundo supuesto: esa montería donde el orgánico te brinda todas las facilidades
Segundo supuesto: esa montería donde el orgánico te brinda todas las facilidades para dormir, la ubicación para llegar a la junta, la vista para realizar la destreza, un sorteo limpio para organizar las salidas o la rapidez para llegar al puesto. Continúo suponiendo, pues lo veo como si hubiese sucedido ante mis narices…
De aquellos monteros que presentan armas ante los venados pequeños o que no tiran a la contra por el peligro que entraña.
De aquellos que no cortan caza en el monte, ni discuten.

Ese coche que pincha en el monte y no se puede mover, la actitud de ese compañero de armada y de puesto que, ante la circunstancia de no poder tirar, pues el coche se ha quedado en el cortadero, decide compartir el día con su puesto contiguo, mejor dicho, ya que no podemos cazar, los dos nos tomamos la situación a modo de broma.
Sí, sé que es mucho suponer, pero puesto que me gusta soñar, imaginemos que el resto de la armada, al término de la montería, se queda acompañando a esos dos puestos hasta que se solucione el problema del pinchazo, pues resulta que el vehículo, nuevo y flamante de importe prohibitivo, no tiene rueda de repuesto.
No se deja ni un hombre atrás
Imagino que esa armada llega tarde como una o dos horas para comerse unos garbanzos pasados y las sobras que ha dejado el resto de la montería y que, a la vez saben que van a llegar muy tarde a su destino, a pesar de que después de pasar esa tarde en lo alto de la sierra, tengan que meterse una hora más en un atascazo para llegar a su casa.
Sucede que ese comportamiento, cuando sale en las películas, es el que hacen los marines americanos y luego dicen como lema que “no se deja ni un hombre atrás”.
Ese orgánico que se desvive por solventar los problemas de los demás, de que no se quede una res herida en el monte, tomando nota seria para buscar a alguien para que al día siguiente se cobre la pieza de algún montero.
Ese que se preocupa del estado de los caminos para la salida y que se despide afectuosamente de todos y cada uno de los monteros.
Tengo claro con quién tengo que montear
Quizás sean sentimientos producidos por el paso de los años, quizás, pero son casos que he visto este año.
Debido a ese motivo, lo tengo claro en relación a con quien debo montear: me quedo con el segundo supuesto, incluso, digo más, lo potencio cada vez que puedo, independientemente de mi resultado particular.
Las monterías han acabado el viernes 28 en el país vecino Portugal, donde he visto cómo alguno corría hacía dentro del monte tirando un venado, o donde dos “tipos” discutían de viva voz un venado en el tapete ignorando las leyes del monte e intentado imponerse levantando la voz.
Lo dicho, que me que quedo con el segundo supuesto.
¿Será que soy un romántico de la montería?
Pues eso, que brindo por aquellos que no se dejan ni un hombre atrás.
Reflexiones de final de temporada es un artículo de Tomás Cortés Sánchez

El placer de la tarea pone perfección en el trabajo. Aristóteles.



