
Temporada del perdigón…
En el caso de la perdiz, un momento importante viene de finales de enero y principios de febrero, pues es cuando se caza el perdigón.
Y es muy importante, pues, si se hace bien, se eliminan los machos más viejos, con lo que las hembras son fecundadas por otros machos que son más prolíficos, consiguiendo tener una mayor población y con una mejor salud cinegética en el coto.
Pero esa máxima de caza no vale para todos los cazadores del perdigón. Se entiende, o debe ser una máxima, que si quieres tener un buen coto lo debes cuidar, mimar, gestionar; pero claro, con una verdad incontestable como la de que hay que matar los machos más viejos, no nos vale el cazar de cualquier forma el celo de la perdiz, teniendo como excusa la caza del perdigón para matar las hembras o matar cualquier otro pájaro que fuese demasiado joven (tan solo justificado en el caso de que hubiera sobreabundancia). Sin duda, la pirámide poblacional te hará saber la edad media de los animales del coto.
Por ello, la caza del perdigón durante la época de celo es crucial para la gestión del coto, de forma tal que, si se hace bien, se incrementa la calidad y cantidad de perdices del coto; pero, si se hace mal, te cargas el coto.
Como no estoy muy versado en el mundo de la caza de la perdiz con reclamo, mi amigo Antonio Luis me ha soportado y se ha unido a mí para que entre los dos consigamos dar un poco de enjundia a unas líneas sobre la caza del perdigón, enseñándome, a la vez que me comenta los puntos fuertes de esa caza tan apasionante que, al que le engancha, provoca que, por muy montero que sea, cambie el rifle por la escopeta.

La pureza de la modalidad
Una de las grandes quejas que tenemos es la de las imágenes de los programas emitidos sobre la caza del perdigón, donde continuamente vemos cómo en cada postura se matan diariamente dos, cuatro o seis perdices.
De otra forma, se vende a los espectadores que esta modalidad de caza es fácil, abundante, sencilla, barata y repetitiva. A la vez, vemos en dichos programas que se mata de todo: pollos, machos, hembras; es decir, no es selectiva, cuando debería ocurrir todo lo contrario.
Esta caza debe ser sostenible, pura, selectiva, no exenta de durezas; debe ser muy contemplativa para fundirte con el entorno.
Es una caza silenciosa, un tipo de caza de la que continuamente aprendes, una caza que te aprisiona cuando la vives con pureza y que te envenena, pues te da mucho por muy poco; tanto, que luego es difícil salir de ella.
Al final, uno de los motivos por los que se sale de esta pasión se produce por malas acciones de otros cazadores, por el egoísmo de ese coto o bien de los linderos a causa de envidias, e incluso de algunos propietarios que quieren maximizar sus beneficios sin entender que la gestión bien hecha les trae más parabienes a su finca.

Por otro lado, es necesario aclarar que la variedad de cantos de la perdiz es solo conocido por los perdigoneros expertos, pues tiene más de quince cantos distintos.
Un tipo de canto es el conocido como «el canto del águila», que lo utiliza para conseguir que el macho retado no salga de la plaza, y esto me recuerda esa anécdota que…
Anécdotas y la dureza de la caza tradicional
Según me dice Antonio Luis, una vez estaban intentando grabar un programa sobre el perdigón en una finca de Badajoz conocida como «El Manantial».
Para ello habían preparado todos los pertrechos y las cámaras empezaron a grabar el canto in crescendo del perdigón.
Cuando parecía que todo iba fenomenal, súbitamente el pájaro calló su canto y se agachó dentro de la jaula.
—Qué raro, qué le sucede al pájaro, si nunca se ha comportado así; pues yo a este no le daré muchas oportunidades…
Cuando Antonio se quebraba la cabeza intentando explicar lo que sucedía, sonó un chillido agudo, largo, estridente; luego apareció un águila el cual, de una certera pasada, cogió entre sus garras la jaula y se marchó con el perdigón.

La temporada del perdigón ‘de antes’
Tenemos que ponernos en situación de cómo se cazaba antes el perdigón. Esto era duro: se salía de las casas a las cinco de la mañana donde, tras recorrer un par de horas andando en la sierra, llegabas al apostadero para ponerte en el lugar escogido.
Esas mañanas de hielos, de fríos, en las que exhalabas vaho a cada paso, se te ponían las orejas con sabañones, las manos entumecidas, al igual que el resto del cuerpo; luego te pasabas las horas en el puesto con una rústica manta por todo calor.
En el caso de que fueras al monte con caballería, la tenías que dejar bien alejada, con lo cual cargabas con la jaula, la escopeta y el sayón.
Un sencillo catrecillo te servía para aguantar la jornada de caza. Los pies, cubiertos por esas frías botas de monte, llenos de barro, con lo que te entraba un incómodo y molesto frío provocado por la humedad de la mañana.

Todo ello sabiendo que, para ponerte en ese sitio escogido, tenías que hacer el puesto con antelación, con lo que habías ido varias veces semanas antes para darle forma; y, una vez solventado eso, lo visitabas varias veces a horas distintas para alimentarle de jaras y escobas a fin de que no te vieran por ningún resquicio, que ya lo dice el refranero: «Aguardo sin monte bajo alrededor no es el mejor»; «Puesto recién hecho, poco provecho».
Antiguamente se pasaban en la caza del perdigón una semana o diez días viviendo en una casa de una sierra sin agua corriente ni luz eléctrica, lavándote cada día con agua fría, calentándote con leña de encina o con un humilde brasero de picón, comiendo someramente y dedicándote por completo al cuidado de tus pájaros.
Comenta Antonio que, a pesar de tener el cazadero a dieciséis kilómetros de distancia, siempre prefiere dormir cerca del cazadero antes de volverse a la ciudad.
La esencia frente a la modernidad
Ahora, sin embargo, te deja el vehículo en el puesto; tenemos chalecos y calcetines calefactables, impermeables y puestos de camuflaje ya fabricados y probados, botas con goretex, botas de agua con neopreno, coches con doble tracción por las antiguas caballerías y no sé cuántas chorradas más; pero todo ello no nos sirve, pues se nos ha olvidado poner en práctica la esencia de la caza, lo más íntimo, básico y fundamental.
Recuerdo que, en un festejo de mi casa, tenía mi padre un amigo de Badajoz al cual dudaba en qué mesa ubicarle, pues era un gran montero extremeño y podía ir con los monteros manchegos o con otros amigos extremeños.
Cuando recordó que era un apasionado del perdigón, cayó en la cuenta de sentarle con Paco Basarán. Sobra decir que tan solo hubo dos personas más felices, amenas y de conversación más agradable en toda la celebración.
El lance final: cazar no es matar
Sucedió un día que, estando en el puesto y tras los primeros actos de cuchicheo, de canto, de calladas y arrancadas, el pollo de nuestro amigo (que llamaré «Sultán») consiguió retar a un macho de tal forma que se enceló en el más alto grado.
Antonio Luis se encontraba ensimismado disfrutando de la pelea de cantos, de las llamadas y las respuestas durante un tiempo largo, hasta que decidió culminar el lance para darle a «Sultán» su premio como retador de la dehesa. De forma tal que, despacio, asomó el caño de la escopeta y disparó…
… Disparó, pero no se produjo la detonación. Repitió y nada, que no salió el tiro. Ya con los nervios de que se le fuera, apretó entonces el gatillo trasero, pero tampoco hubo detonación. Entonces, con sumo cuidado, alimentó la escopeta para repetir la acción. «Ahora es cuando lo tengo», se decía, mientras que al tirar empujaba con su cuerpo la escopeta.
Entonces sucedió lo mismo: no disparó. La desesperación hizo que nuestro amigo asimilase su mala suerte mientras los dos machos andaban con su pelea, hasta que decidió mostrarse; para ello, en primer lugar tosió, luego hizo ruido, y el pájaro retado seguía en plaza.
Salió del puesto asomándose lentamente, y el retado seguía en plaza; volvió a toser y aún permanecía. Según me comenta Antonio, pudo durar aquello más de media hora desde los primeros ruidos. Tal era el celo, que el pájaro no se iba y el perdigón no cejaba en su empeño.

Ciertamente que la intención de estas líneas es ser muy crítico con la imagen que se transmite de la caza del reclamo.
Se solían buscar los sitios elevados para que el canto del reclamo inunde la dehesa; se intenta, o mejor dicho se debe hacer, una caza selectiva, justa, una caza legítima, donde no prime la cantidad y sí la calidad. Así conseguiremos un coto que esté centrado en la edad de los pájaros sin un envejecimiento duro.
Pues es claro que, si no se matan los machos viejos, los pájaros jóvenes no se aparean con las hembras, provocando que las puestas sean escasas a la vez que menos fértiles y, por ende, la población de perdiz autóctona vaya siendo cada año más reducida.
Si hasta en latín tenemos el lema: VENARE NON EST OCCIDERE. No, definitivamente: CAZAR NO ES MATAR.

Nos referimos, por descontado, que nos referimos a la perdiz brava, autóctona, salvaje, aquella criada en libertad
Todas estas líneas, por descontado, que nos referimos a la perdiz brava, autóctona, salvaje, aquella criada en libertad, aquella que en los ojeos se tragaba los plomos de la escopeta y moría detrás de la línea de las posturas, o la que en la caza al salto, lucha hasta conseguir escapar de las escopetas, la que conseguía escapar del ojeo por lista o por dura.
Por el contrario, tenemos la perdiz de suelta criada en cautividad, con distinta graduación de aclimatación al campo, pero sin duda es una perdiz blanda y que transmite en sus genes la blandura, no está adaptada al medio y eso provoca que sea presa fácil de los depredadores.
De esta forma nos daremos cuenta que la teoría que nos dice que solo prosperan los ejemplares más fuertes es verdad.
Todos aquellos cotos en los cuales se han repoblado con perdiz de suelta tienen sin dudarlo un índice de mortalidad anual por causas ajenas a la caza mucho más alta que en los cotos de perdiz brava.
Una perdiz brava defiende de manera tan extraordinaria a sus perdigones que consigue un buen índice de supervivencia por nidada.
He llegado a ver como una perdiz se hacía la herida para alejar a mi teckel Truco del nido en el cual tenía echa la puesta, también he visto perdices bravas como sacan una segunda e incluso una tercera puesta cuando sus nidos han sido depredados por meloncillos.

El objeto de recuperación debe ser la perdiz salvaje
No queríamos cerrar estas líneas sin aclarar que el objeto de recuperación debe ser la perdiz salvaje, premiando a aquellas fincas y cazadores que aún se empeñan en mantener e incrementar su volumen en los cotos de España.
Me permito incluir unos versos de mi querido primo José Miguel Caro, el cual ha tenido a bien cedérmelos para este artículo:
Prisionero de mi voz,
canto yo con ese encanto;
reto a las aves del campo,
reto al viento, reto al sol.
Y si alguno se atreviera,
es mi jaula mi mansión:
el alma pongo en mi canto,
el corazón en mi voz;
cautivo por su encanto,
vuelo libre por mi voz.
En toda la serranía
se oye alegre mi canción;
es melodía su eco,
dice alegre:
el perdigón.
Temporada del perdigón; por Tomás Cortés Sánchez y Antonio Luis Mancha
Poema: José Miguel Caro / Fotografías: Cesáreo Martín y Adolfo Sanz Rueda
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