
Según un artículo del historiador José María Zavala, el considerado como padre de la revolución hotelera Cesar Ritz describió y formuló los ‘cuatro mandamientos’ del hostelero moderno, creo innecesario el explicar quién y lo que consiguió hacer, pero, sin embargo, si creo necesario el indicar cuales eran estos ‘mandamientos’, a saber:
1. VERLO TODO SIN MIRAR.
2. OIRLO TODO SIN ESCUCHAR.
3. MOSTRARSE ATENTO SIN SER SERVIL.
4. PREVERLO TODO SIN SER PRETENCIOSO.
Estas cuatro premisas, vienen a ser el ABC, la piedra de Rosetta, o la llave de todas las puertas de la hostelería.
Como dato curioso, diré que Cesar Ritz fue despedido del comedor de un hotel de la población de Brig, tras ser reprochado por su jefe que carecía del don de servir (cosas veredes, amigo Sancho).
Este razonamiento de los ‘mandamientos’ lo he ido extrapolando a mis experiencias en las sierras, donde me veo obligado a utilizar mis ‘malformados’ sentidos.

Aprender de los errores
Por otro lado, vengo diciendo desde hace tiempo que yo no quiero el acierto, que, por el contrario, quiero errores, y esto es porque suelo aprender del error, pero no del acierto.
Me explico mejor, cuando acierto sobre un hecho o sobre una teoría (claro está que me alegro sin lugar a dudas), no consigo el memorizar lo bien hecho, me vanaglorio del hecho en sí, con lo que aprendo que es el camino correcto.
Sin embargo, es el fallo el que me hace retroceder e intentar sacar la conclusión que me conduzca al acierto, analizo por qué he errado e intento mejorarlo, con lo que aprendo los dos caminos el erróneo que será de difícil olvido y el acierto al hacer lo contrario que he hecho, de esta forma cambio el proceso realizado para la optimización del resultado.
La otra parte de este aserto, la hace el tener memoria, pues en caso contrario corres el riesgo de repetir el error, con lo que te tirarás el doble de los pelos, por eso precisamente (por el error y por repetirlo).

Error de novato
Muchas veces he cometido el conocido como «error de novato» cuando lo más sencillo era hacerlo bien, el último durante una mañana cortando el paso a los jabalíes cuando van a encamarse en la sierra digamos que me quedé con el premio pequeño de la tómbola, cuando tenía cerca el «premio gordo», los nervios durante las jornadas de caza suelen jugar malas pasadas, pero esa es la gran incertidumbre de este veneno que es la caza, por mi parte, la jornada de caza que no tenga nervios será cuando tenga que pensar en abandonar mis jornadas cinegéticas.

Los ‘cuatro mandamientos’ de Cesar Ritz aplicados a la forma de cazar
Esos cuatro mandamientos se pueden llevar a la caza o mejor dicho a la forma de cómo se debería cazar.
1. VERLO TODO SIN MIRAR / OÍDO.
2. OIRLO TODO SIN ESCUCHAR / VISTA.
3. MOSTRARSE ATENTO SIN SER SERVIL / OLFATO.
4. PREVERLO TODO SIN SER PRETENCIOSO / TACTO.
Como decía en relación a mis maltrechos sentidos en vez de ceñirme a sus ‘cuatro mandamientos’ (que también me valdrían) me voy a ceñir a los sentidos del cuerpo humano para llevarlos al terreno de la caza.

1. Oído
Oírlo todo, pero sabiendo escuchar, interpretando ese sonido de esta forma.
Puedes oír el viento, aunque si lo interpretas identificarás ese viento sobre las jaras, de cara norte con lo que es frío y buscarás la solana, escuchas la huida rápida de la mirla chivata, pero solo oyes un pájaro en el monte, escuchar la pisada de la zorra en la hojarasca, mientras que tan solo oyes una carrera dentro del monte, escuchar el quebrar de la rama en una vereda, aunque oigas un ruido dentro del monte.
Si consigues escuchar, tendrás la mitad de la pieza ganada.

2. Vista
Miras habitualmente, pero no ves.
¿Cuántas veces vas con un guarda, este localiza una pieza, te la señala en la espesura del monte indicándote dónde se encuentra, mientras que tú estás mirándola, pero no la ves? Multitud de veces, ¿verdad?
Recuerdo la última cabra montesa que conseguí abatir en Gredos, al salir el disparo empezaron a saltar entre las rocas unas veinte cabras que no había visto antes.
Recuerdo las liebres encamadas que casi las pisas, pero no las ves.
Los venados en la dehesa, que tan solo los percibes cuando se mueven y consigues verlos por la cuerna mientras que eres incapaz de verlos si no se mueven.

3. Olfato
Olemos, pero percibimos aromas. ¡Tan torpes somos!
La memoria olfativa la desarrollamos con el pasar del tiempo de una forma muy lenta, aunque lo cierto, es que si lo hacemos, la utilizamos en todo momento de nuestra vida, aunque lo desconocemos, no lo percibimos como tal, aunque resulta ser muy útil cuando sabes utilizarla, de esta manera conseguimos oler la humedad, el olor del jabalí o de la sangre, el olor de los perros, el de la pólvora, el del tomillo o el del hinojo, aunque muchas veces no nos damos cuenta, ¿has pasado por una vereda y has dicho «¡cómo huele a guarro!»?
Cuando te encuentras en el monte, o bien en la soledad de la noche, es cuando los olores se convierten en aromas específicos y esos aromas te dan la información que necesitas.
Qué diferencia entre aroma y olor, ¿verdad? ¿A qué huele un guarro? A tomillo, a hinojo, a barro, a encina o a carbón, incluso a pescado podrido o a descomposición, a esa hierba que les da el olor tan característico, pues se frotan contra ella para quitarse los parásitos.
Tenemos aromas de cantueso, jaguarzo, tomillo, romero, escoba, pero los olores son de las plantas.

4. Tacto
Sentir y tocar, ¡qué gran diferencia! Diferencia, cuando tocas, pero no sientes.
Tocas la pisada o la huella o incluso tocas las heces para saber la temperatura, para saber cuánto tiempo hace que la presa ha pasado, en ese momento, cuando ves que es fresca que no lleva mucha ventaja de tiempo, el vello corporal se te eriza, abres las narices, afilas la vista, y aguzas el oído, tus sentidos se ponen en alerta.
Tocas también el rocío de la mañana, o el hielo de la noche, aunque no lo sientes frío, de la misma forma tocas el frío acero del rifle, en un día de viento antes de iniciar el disparo y entonces también obtienes nuevas sensaciones como la adrenalina que descarga en tu cuerpo después de una tensa espera.
La sublimación de este sentido, viene cuando sientes el pelo y la sangre del animal abatido, o cuando rematas a cuchillo con la intención de aliviar el sufrimiento del animal.

5. Gusto
¿De verdad tengo que hablar del gusto en la caza? No lo creo necesario, la caza se saborea tanto al iniciarla, al practicarla y por supuesto al comerla. No, ciertamente, decido no extenderme en este sentido.
Otros ‘dos mandamientos’
Hasta aquí nos llegan nuestros cinco sentidos, pero cuando mi exposición se basa en los ‘cuatro mandamientos’ de Cesar Ritz, me doy cuenta que los otros ‘dos mandamientos’ encajan perfectamente.

Mostrarse atento sin ser servil
Indudablemente que en la caza nos hemos de mostrar atentos, es la base fundamental del acecho Y LA CAZA ES ACECHAR, en todas sus modalidades, espera, montería, rececho, al salto… pero, ¿cómo podemos traducir la parte de ser servil? Entiendo que el estar atento a grado máximo también nos puede perjudicar, pues cansa paulatinamente nuestros sentidos, con lo que nos conduce a grandes errores.
Un ejemplo que se me viene a la memoria se produjo cuando estaba recechando durante una berrea en Fuentes Carrionas, subimos a un pico que se llama Peña Redonda, desde allí empezamos a ver como salían los venados del hayedo que teníamos por debajo, para poco a poco ir ascendiendo a las partes altas, vimos un venado cuyo trofeo se ajustaba lo que queríamos, e iniciamos la entrada, incluso en algún momento tuvimos que reptar, pues no teníamos nada con lo que cobijarnos y es que a casi mil ochocientos cincuenta metros no había vegetación con la que taparnos, conseguimos acercarnos hasta ciento cincuenta metros, pero cuando teníamos la oportunidad del disparo, una cierva a nuestra derecha ¡empezó a ladrar!, anulando de esta forma toda opción de tiro.
Seguramente si no nos hubiésemos centrado tanto en el rebaño, habríamos visto la cierva de la derecha, aunque también pude haber intentado el tiro a doscientos metros.
Preverlo todo sin ser pretencioso
En la caza el éxito viene en gran medida de anticiparte a la acción.
Cuando disparas es la culminación de la acción de cazar, el acecho, la subida, el seguimiento, la incertidumbre, el templar los nervios, anticiparte a la salida, todo ello te va dando pequeños porcentajes de la pieza, sales cazando incluso desde que inicias el viaje hasta el cazadero, cuando llega el momento, templas nervios, contienes la respiración apretando suavemente el gatillo, si abates ¿lo has cazado? Rotundamente no, no la acción de cazar ha englobado todo lo anteriormente dicho y mucho más, indudablemente.

Ser pretencioso lo entiendo como el saberse ganador del triunfo
El hecho de ser pretencioso lo entiendo como el saberse ganador del triunfo y no poner el medio para la culminación.
La pretenciosidad es la que te hace errar ya sea en el tiro o en el acecho.
Como el cochino al cual le estas cortando la huida hacia el monte en una mañana de verano después de haberse saciado de melones jugosos en el huerto de la finca, ese al cual se la tienes jurada, y que por supuesto te ganó la partida multitud de veces, ese por el que te quedaste noches en vela, por el que has pasado frío, te han picado mosquitos, alguna garrapata y algún otro insecto que te ha quedado la mano como un jugador de frontón, ese cochino que le has estudiado, has visto su entrada al monte, has descubierto, como y cuando se arropa, con lo que esa mañana es su vereda favorita te has colocado con intenciones poco buenas para con él.
Es en ese momento cuando tu pretenciosidad te juega una mala pasada, miras la hora con lo que decides moverte pues es pronto. Total, pasa más tarde. ¡ERROR!, el cochinaco lo tienes cerca tomando nota de todo lo que pasa, de lo que se mueve, de las gabatas y de las zorras, desde luego que se ha dado cuenta de ti.
Eso ES SER PRETENCIOSO.
Cesar Ritz y mis cinco sentidos es un artículo de Tomás Cortés Sánchez
Fotografías: Adolfo Sanz Rueda
Aprende de los errores ajenos, no vivirás lo suficiente para cometerlos todos
Eleanor Rooselvelt



