La vereda del Ocadal La vereda del Ocadal

Dos kilómetros; por Tomás Cortés

Dos kilómetros Truco
Dos kilómetros…

Dos kilómetros

Por Tomás Cortés Sánchez

Dos kilómetros, dos kilómetros andando rápido, dos kilómetros sudando.

Dos kilómetros sudando por los treinta y seis grados de temperatura.

Un par de kilómetros sudando por el setenta u ochenta por ciento de humedad.

Dos kilómetros hundiendo mis botas en los surcos húmedos que voy pisando, que dificultan cada uno de mis pasos.

Dos kilómetros con los pantalones llenos de barro, que hacen aún más costoso avanzar.

Un par de kilómetros con la camisa empapada en sudor, que me resta movilidad.

La camisa empapada en sudor, en barro y… SANGRE.

Dos kilómetros es la distancia que me separa del coche.

Dos kilómetros con once kilos de poca vida entre mis brazos.

Virgencita, a ti acudo

¡Virgen de Guadalupe, mi Virgencita, tú que me ayudas en el monte y en mi vida, no permitas que se me muera!

Dos kilómetros en los que, a cada paso hacia delante, noto cómo a él le va faltando vida.

Noto cómo ahora ya no se queja, cómo enmudece, cómo su lengua tiene cada vez menos movimiento y la encía…

La encía te enseña la vida que le queda, y a este ya no le queda vida.

La encía blanca te dice que la sangre ya no riega los vasos sanguíneos más necesarios.

Virgencita, a ti acudo. Se ha portado como un valiente.

Señora de Extremadura, he sido yo el que ha fallado al no llegar a tiempo, a ese momento tan malo.

Virgencita, no traía cuchillo con el que asistir en el agarre. No dejes que se me muera, te lo ruego.

Apenas se mueve entre mis brazos mientras yo aprieto el paso.

Apenas se queja, apenas se mueve, a pesar de que yo voy dando bandazos.

Los músculos de las piernas se tensan; tengo calambres en los brazos.

Acuso todo el rato que he estado dentro del maizal: el calor, la humedad… Vamos, que acuso el pisteo. Las cañas del maizal me provocan arañazos en la cara. Los brazos también están arañados, a pesar de la manga larga de la camisa.

Un tobillo un poco torcido al trastabillarme en el surco, pero…

Pero no te suelto, Truco. Yo llego a la clínica contigo en brazos. Vamos, que esto no es más que un susto.

¿Recuerdas?

¿Recuerdas el topetazo de aquel cochino manso?

¿Y la mordida de aquel zorro?

¿Y qué hay de aquel tejón que te enganchó de la garganta y casi te quedas en aquella madriguera? Mira que tuve que pedir ayuda para sacarte de ahí, pero al final saliste con el tejón prendido.

Mira que con lo que me ha costado enseñarte que no debes correr tras las ciervas en el ocaso del día, que te llevan kilómetros corriendo y no las vas a coger…

¿Recuerdas aquel corzo en la Reserva de la Culebra que tiré y que luego te solté? Sí, ese que levantaste de la cama y que luego paraste dos veces, a la espera de que yo llegase. Pero con aquel montarral no pudimos llegar, y tú fuiste tras él.

Yo recuerdo la cara lívida y blanca del guarda mayor de la reserva cuando saliste de nuestro radio de acción y te internaste en la mancha. Aquella cara me decía que algo más grave podía pasar, y es que los lobos tenían por costumbre merendarse a todo tipo de perros.

¿Recuerdas que te recogimos cinco kilómetros más allá, allí debajo de donde tiramos el corzo?

¿Recuerdas el cochino que le cobraste a Carmen, en el mes de julio, en plena ola de calor, a las doce del mediodía? No anduvo mucha distancia, pero es que no daba una gota de sangre en cien metros, y la tierra expulsaba el calor hacia arriba, haciendo casi imposible el rastreo.

Tú, que te has librado de los lobos de la Culebra, de los de Mampodre y de los de Gredos.

¿Recuerdas la bronca que me echaron porque te metiste en el Guadiana y cogiste un pato pequeño con la boca para traérmelo a la mano?

En mi vida, no he tenido otro perro como tú, no te me vayas ahora

Que ahora ya solo vas a por los meloncillos que se atreven a molestar el gallinero del cortijo.

Que en las esperas me cantas con tu cabeza por dónde entra el cochino.

Tú, que permaneces en silencio sepulcral hasta que tiro en la noche.

Que después del tiro permaneces inquieto, pero sin hacer una gota de ruido, hasta que te doy la orden de moverte.

Que no inicias el rastro, por muchas ganas que tengas, hasta que te lo ordeno.

A ti, que te llevo suelto, sin traílla, a pistear; que, si te digo «quieto», te quedas como una estatua.

Tú, que ya eres paciente, obediente, estable, inteligente, leal compañero.

Mira que, en mi vida, no he tenido otro perro como tú.

NO TE ME VAYAS AHORA.

Te queda poca vida…

Veo tu herida y parece el mordisco de una cochina, pero todo indica que hay algo más. Lo sé: eso no es un mordisco. ¡Eso es un puntazo! Y DE LOS GORDOS.

Un derrame inmenso inunda de granate y negro todo tu abdomen.

Tus encías me dicen que te queda poca vida.

Tu postura es incómoda sobre mis brazos, pero, a pesar de eso, no te mueves, no protestas. Eso indica una hemorragia interna tremenda, una rotura interna.

Estás muy grave, muy grave… Truco, por favor, ¡SACA TU RAZA, SACA TU VALENTÍA! ¡QUE LLEGAMOS PRONTO! DEMUESTRA QUE SOMOS DE OTRA PASTA.

¡Mira, que ya se ven los coches!

Abdón, mientras llegamos, consigue llamar a la clínica más cercana que nos pueda atender. Vamos de urgencia, relatando lo sucedido. Abren la clínica y conseguimos estabilizarlo.

¿Qué es lo que sucedió?

¿Qué es lo que sucedió?, os preguntaréis.

Una espera, un tiro en la noche, una llamada a AEPES para buscar el cochino, un rastreo previo de mi gran amigo Abdón, en el que encuentran trozos de hígado del cochino. Me aseguran que es un guarro grande, pero no lo encuentran.

Treinta y seis horas después del tiro, acudimos Abdón, con su jagd terrier, Nick, Truco y yo.

Cuando llegamos, el cazador coge su rifle y empezamos a buscar el cochino en la parcela de rastrojo. El jabalí se interna en el maizal y hace un par de quiebros.

Resultado: el cochino no está muerto. Coge al perro y yo me libro, quién sabe por qué.

Pero me duele tanto ir perdiendo a mi perro entre mis brazos. Se le agota la vida en mi regazo.

¡Virgen de Guadalupe! Tú, que eres la reina de estas tierras extremeñas, tú, que lo puedes todo, tú, que tantos favores me has hecho:

QUE NO SE MUERA TRUCO EN MIS BRAZOS.

Dos kilómetros Truco Caza

Dedicado…

A todos aquellos que han sacado un perro malherido en brazos de la sierra, sobre todo a aquellos perreros que saben la angustia que se pasa cuando se te está muriendo el perro entre los brazos.

Para todos aquellos que durante tanto tiempo han educado, criado y enseñado a ese perro.

A esos que depositan tanto esfuerzo y amor en ese animal.

Dedicado a esos que siguen haciéndolo a pesar de no verse comprendidos ni valorados por los demás cazadores.

Tomás Cortés Sánchez es ganadero y cazador

«¡Virgen de Guadalupe! Tú, que eres la reina de estas tierras extremeñas, tú, que lo puedes todo, tú, que tantos favores me has hecho: QUE NO SE MUERA TRUCO EN MIS BRAZOS»

Ξ

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