
Ándate a palomas y…

Texto y fotografías: Ángel Luis Casado Molina / XXX Premio Literario «Jaime de Foxá»
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¡No comas! Dice el oportunista refranero. El caso fue…
–¡Se me ha encasquillado la escopeta! Se ve que le pusieron grasa de más en la fábrica.
¡Maldita sea! Y las palomas pasando por encima del puesto, que alguna ¡hasta me va a quitar la gorra!
–¡Tubaaa, Richar! Este perro mío no hace caso ni, aunque lo maten. Tira y tira de la correa tras los pájaros, derribando hasta el tenderete del puesto. ¡Chitsss! ¡Quieto ahí, hombre! ¡Mecagüentoo! Los ve pasar y yo sin poder disparar. Me acabo de pillar un dedo con el carro del arma. ¡Maldita sea! Sangro por la yema como un cerdo y no llevo con qué limpiarme.
Siguen entrando palomas y el perro se ha escapado… ¿puedo ir a peor?
Se acerca un vehículo y lleva luces azules sobre el techo.
¡Los civiles!
Saludan dando los buenos días, a lo que mi tío Ramón, medio sordo, no tarda en contestar, que para eso es un hombre educado:
–No tengo licencia.
Con esa voz de nariz tomada.
¡Mecagüentooo lo que se menea! Pero este hombreee…
Ha vuelto el Richar, ¡menos mal! Y no ha tenido mejor ocurrencia que ir a oler los zapatos de los señores agentes, que no se han molestado por ello. Pero cuando les ha dado la vuelta, sobre la pernera del pantalón de uno de ellos, ha levantado la pata dispuesto a marcar territorio.
–¡Tubaaa, quita de ahííííí! Pero buenooo ¿y este chucho…?
El perro ha salido disparado tras el puntapié al aire del forestal. Si lo engancha, vuela como una tórtola aliquebrada. A Dios gracias. A ver si no coge ahora las de Villadiego…

La aldea de El Chiquero en la posguerra
Me doy media vuelta en la cama, a ver si encuentro un poco de paz y consigo descansar.
¡Ringggggg!
No puede ser, el maldito despertador, y me duelen hasta los… corvejones, por aprovechar la rima.
¡Creo que no he pegado ojo en toda la noche por culpa del maldito sueño! Con el tío Ramón, sus batallas y la que nos contaba…
…siendo chaval, con la escopeta de su padre, salió al monte, o sea, a la puerta de casa, porque en el campo vivían, y se fue a esperar los jabalíes.
Novato como era, su padre le advirtió que llevara cuidado, no fuera a pegarle un tiro a la guarra de la tía Modesta, que pastaba por la dehesa como una vaca más.
Por aquel entonces, en la aldea de El Chiquero vivían unas cuantas familias, sin agua ni luz en casas y en chozos. Hablamos de los años de la posguerra: faltaba de todo, sobraba miseria.

El tío Ramón, que había estado recechando conejos por la mañana, vio un jabalí por el sopié del pedazo del tío Lucio. Por entonces rondaría los quince años y con la de perrillos del 12 de su padre, que solo funcionaba por uno de los cañones, y las consabidas postas en el bolsillo, se puso camino de su primer aguardo.
Se colocó sobre los pasos andados y a esperar. Y no tuvo que esperar demasiado.
Antes de que la cuerda de la sierra se perdiera en el horizonte, pudo escuchar al marrano llegar. Falto aun del reposo, de la pausa que da la experiencia, apuntó al «bultaco» aquel, metido entre jaras, y apretó el gatillo con verdadera intención.

¡¡PUMMMM!!
Hasta las casas, que no quedaban tan próximas, llegó la voz del disparo.
El tío Ramón, inflado de gozo, sabedor del acierto, se fue raudo al animal, pero su sorpresa por poco lo deja allí tieso.
Lo que había puesto patas arriba no fue el jabalí, sino la guarra de Modesta.
Salió pitando para su casa pensando en cómo se lo diría a su padre y, subiendo la cuesta de la loma, donde, en lo alto, se situaban las casas, oyó la consabida cantinela de fondo de Modesta llamando a su guarra ibérica, lustrosa y grande como pocas:
–Macha, macha, nena, nena… Macha, macha, nena, nena…
El padre escuchó a su hijo contarle fielmente lo ocurrido y salieron con el ramal del burro agarrado en la mano en busca de la marrana primero y de la dueña después, para informarla del suceso. ¡Pasaron las de Caín para echar la guarra en lo alto del burro los dos solos!
Modesta, preocupada de que la guarra hubiese cambiado sus rutinas, salió nerviosa en su busca por los alrededores, llamándola, como siempre hacía, mientras chascaba los dedos y soltaba su letanía:
–Macha, macha, nena, nena… Macha, macha, nena, nena…
Pero esa tarde la guarra no volvió. Ni aquella ni ninguna otra.
El tío Ramón se estrenó con lo inimaginable y, no sabemos si por aquello o no, resultó no tener igual a la hora de registrar el campo, leyéndolo entre piedras y la dura tierra en verano, como ningún otro por aquellos contornos. Aunque también, de cuando en cuando, lograra revolcarle los jamones a algún animal… salvaje, aclaro.
Yo me levanto y me marcho a palomas, pero voy con la sensación de haber cazado todo ya.

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Ángel Luis Casado Molina ha publicado los títulos: Más allá de la caza (2012), De caza por las Cuatro Estaciones (2014), Con la caza a cuestas (2017), Naturalmente, la caza (2022), Hablando de corzos (2024) y Cuentos de Caza (2026)
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